Capítulo 17
S e quedaron inmóviles un momento, mirándose el uno al otro.
Annabelle apenas podía dar crédito a lo que acababa de hacer.
Acababa de hacerle una proposición a un hombre, y no a un hombre cualquiera, sino a Arie Hondros.
Un hombre al que una vez había odiado con todo su ser.
Pero ahora... lo conocía mejor que antes, mejor de lo que probablemente lo conocía nadie.
Y lo comprendía ahora, tanto como cualquiera podría llegar a comprenderlo jamás.
Aquel instante en que ambos cayeron en la cuenta de lo que aquello significaba, de lo que ahora podía suceder entre ellos, empezó siendo una conmoción, pero poco a poco comenzó a transformarse.
Había fricción entre los dos, una corriente submarina que aguardaba para arrastrarlos a ambos hacia las profundidades vertiginosas y aterradoras del mar.
Annabelle se moría por ello.
En un instante, algo se soltó entre ellos, quebrando las tensiones y las barreras que habían levantado, dejándolos libres.
Fue como si se movieran como un solo ser, acercándose el uno al otro.
Arie la alzó en brazos antes de dejarse caer de nuevo en su sillón, atrayéndola a su regazo de modo que quedó sentada justo encima de él con las rodillas dobladas a ambos lados de sus piernas, y maldijo sus faldas por interponerse e impedirle sentir más, porque tenía una muy buena idea de lo que le aguardaba allí, bajo todas aquellas capas.
Tal como estaban, él estaba lo bastante duro como para que pudiera notarlo contra ella, y la necesidad que la recorrió fue instantánea y avasalladora.
No pudo evitar mecer las caderas contra él antes de inclinarse y volver a besarlo, apoderándose de aquellos labios que siempre se curvaban hacia abajo en un gesto hosco pero que ahora ofrecían mucho más que su habitual sonrisa burlona.
Arie le devolvió el beso como si llevara una eternidad privado de semejante pasión y, por lo que ella sabía, quizá así fuera. No parecía un hombre que se dejara vencer por la lujuria, pero tampoco habría imaginado nunca que la estaría tomando como lo hacía en ese momento.
Se inclinó hacia él, agresora esta vez, mientras deslizaba la lengua en su boca, encontraba la suya y jugueteó con ella, saboreándolo, en un lance que le gustaría prolongar.
Él parecía completamente conforme con aquel intercambio mientras sus manos ascendían por su cintura para cubrirle los pechos con las manos, y sus pezones se endurecieron bajo su contacto.
Él gimió cuando ella se derritió contra él, deseando más.
—Deberíamos subir —susurró él, besándola suavemente entre palabra y palabra, desplazándose desde sus labios hacia arriba por la línea de la mandíbula hasta su oreja.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Podría entrar alguien —dijo él, con sorpresa en la voz, incluso mientras volvía a empujar contra ella.
—¿Acaso alguien entra en tu biblioteca sin avisar?
—No.
—Entonces, ¿por qué iban a empezar esta noche?
Miró a su alrededor como si esperase que alguien estuviera escondido en los extremos de la estancia.
—No debemos hacer demasiado ruido.
Se le dibujó una sonrisa pícara, sintiéndose toda una seductora.
—Siempre que pronuncies mi nombre en voz baja.
Él volvió a gemir y Annabelle se sintió inundada de poder al ver que podía tener a su merced a un hombre como aquel, normalmente tan intimidante.
Se movió contra él, tanteando, meciéndose de nuevo, y vio cómo una gota de sudor le brotaba en el nacimiento del pelo.
Fue suficiente.
Deslizó los dedos por su torso hasta llegar a la cinturilla y tomó aire mientras se decía que debía intentarlo una vez más para comprobar si estaría dispuesto a aceptar lo que ella tenía que ofrecerle.
Sus dedos se colaron por debajo de la cinturilla, descubriendo que estaba lo bastante holgada como para poder meter la mano y aferrar su sexo.
Esta vez él la dejó hacer. Soltó el aire al cerrar los ojos y Annabelle esperó a que la apartara.
En lugar de eso, abrió las piernas y ella se echó hacia atrás hasta arrodillarse en el suelo, haciéndose espacio suficiente para encontrar la bragueta de sus calzones y desabrocharla, dejando que él saltara libre entre ellos.
Annabelle jadeó ante la visión, preguntándose por un momento cómo iban a encajar.
No era una mujer inocente, de eso no había duda, pero nunca había estado con un hombre así —no es que fuera a decírselo a Arie, porque probablemente armaría un escándalo por ello y, en ese momento, lo único que quería era sentirlo dentro de ella.
Rodeó su miembro con la mano pero solo alcanzó a acariciarlo una vez antes de que él la levantara, claramente ya no contento con que ella hiciera de agresora.
Le dio la vuelta, le desabrochó los botones del vestido y este cayó al suelo a su alrededor.
Al parecer, estaba demasiado impaciente como para deshacerse del resto de su ropa interior, pues la atrajo de nuevo para que se sentara a horcajadas sobre él, solo que esta vez se habían librado de muchas de las capas de tela que los separaban.
A través del fino lino de su camisola, él la acarició allí donde ella ya se sentía húmeda y lista para él.
Fue mejor de lo que habría podido imaginar, incluso mejor que la noche anterior si es que eso era posible, porque esta vez sabía lo que venía y lo había estado esperando con anticipación.
Se estremeció, gimiendo ante su roce, hasta que no pudo soportarlo más.
Bajó la mano y aferró su dura erección, guiándola hacia delante, entre sus piernas.
Arie le levantó el bajo de la camisola, la alzó y luego la acomodó de modo que quedó alineado con su entrada.
A Annabelle el corazón se le subió a la garganta mientras se elevaba ligeramente antes de colocarse de forma que la punta de él quedara dentro de ella y tomó una última bocanada de aire antes de deslizarse lentamente sobre él.
La sobrecogió su grosor en su interior y alzó la vista para encontrarse con su mirada.
Su rostro estaba ensombrecido, tenso como si sintiera dolor, pero sus ojos destellaban una necesidad sin disimulo que a la vez la asustaba y la impulsaba a seguir, aunque no tuviera ni idea de lo que hacía.
Arie debió de percibir su inquietud, porque extendió sus grandes manos y le rodeó las caderas.
—¿Estás bien? —preguntó él, aunque las palabras le salieron tan bajas y guturales que casi no las oyó. Ella asintió y eso fue todo lo que él necesitó para continuar.
La levantó antes de embestirla de nuevo, encajándose aún más profundamente dentro de ella, si es que eso era posible.
La llenó por completo y Annabelle se quedó asombrada de lo plena que se sentía.
Echó la cabeza hacia atrás al notar que temblaba, estremeciéndose a su alrededor, con la necesidad de él corriéndole por las venas.
Arie, al parecer, ya no se conformaba con tener a Annabelle en ropa interior, pues rasgó hacia abajo los finos tirantes de su camisola de modo que sus pechos quedaron expuestos ante él.
Se inclinó hacia delante y se prendió de uno con la boca, lo que bastó para que Annabelle dejara de pensar y se dejara llevar por el instinto.
Empezó a moverse, arriba y abajo, cabalgándolo de una forma que le resultaba natural mientras su mano acudía a su otro pecho, jugueteando con su pezón, y Annabelle no sabía cómo no estallaba en mil pedazos allí mismo con todas las sensaciones que inundaban su cuerpo.
Se movía arriba y abajo, balanceando las caderas, y la sensación de tenerlo dentro y contra ella la empujaba hacia ese borde que ansiaba y temía alcanzar.
—Arie —gimió, sin saber si le pedía algo, si le decía lo que sentía o si simplemente se recordaba a sí misma que no estaba sola en aquello, que él estaba allí, con ella.
Él le rodeó la cintura con el brazo libre, apretándola contra sí, mientras seguía recorriéndole los pechos con la mano y con la boca hasta que Annabelle sintió que se precipitaba al abismo, a un lugar donde el placer lo invadía todo y la envolvía por completo.
—Yo… yo me estoy… —Ni siquiera sabía cómo decirlo, pero él pareció entenderlo, y entonces Annabelle contuvo el aliento porque no quería sentir nada más que las oleadas de gozo que la recorrían.
Arie echó la cabeza hacia atrás, soltándole el pecho, pero en vez de cerrar los ojos como ella esperaba, la miró fijamente, disfrutando al observarla.
Ahora que ella había encontrado su propio placer, algo pareció liberarse dentro de él, porque sus ojos brillaron con un deseo oscuro que debería haberla asustado.
Pero ella sabía que no debía asustarse. Porque, fuera quien fuera Arie, hubiera hecho lo que hubiera hecho o por mucho que intimidara a otros, Annabelle lo conocía ya.
Sabía que jamás le haría daño. Sabía que siempre se aseguraría de que estuviera bien atendida.
Sabía que podía confiar en él, aunque dos semanas atrás se habría tachado de loca o de mentirosa por pensarlo.
Era como si ya no supiera quién era él… solo que eso no era cierto, ¿verdad?
Porque ahora sí sabía quién era. Conocía sus secretos, y eso la hacía sentirse todavía más poderosa, sobre todo ahora que él le había entregado aquello, una vulnerabilidad que, suponía, jamás había permitido ver a otra persona.
Él la levantó, sosteniéndola con los brazos mientras la depositaba sobre la alfombra, delante de la chimenea. Estaba cálida y suave bajo su espalda, y ella le rodeó los hombros con los brazos mientras él hundía el rostro en el hueco de su cuello y empezaba a moverse.
Sus embestidas eran tan duras y poderosas como él, y Annabelle no pudo hacer otra cosa que agarrarse a él con todas sus fuerzas.
Fue él quien gritó su nombre al llegar al clímax, embistiendo fuerte y rápido mientras la tomaba, con los brazos ceñidos a su espalda, apretándola contra sí.
Annabelle nunca se había sentido tan cerca de otra persona, y cuando por fin terminó, apoyándose sobre los codos y mirándola con asombro, se dio cuenta de que probablemente a él le ocurría lo mismo.
Sus ojos recorrieron su rostro mientras alzaba una mano, llevándola despacio, titubeante hacia ella, como si no supiera muy bien qué hacer con ella. Al final pareció decidirse y empezó a deslizarla sobre su pelo, y Annabelle le dedicó una sonrisa cansada, alzando una comisura.
—Ha sido increíble —susurró, antes de añadir con picardía—, aunque he de decir que no has estado tan callado como me advertiste que estuviera yo.
Él soltó una risa seca antes de que sus labios se curvaran —sorprendentemente— en lo que Annabelle solo podía describir como una sonrisa.
Contuvo el aliento, con ganas de decir algo, pero se obligó a callar, sabiendo que comentarlo sería la forma más rápida de hacerla desaparecer.
Quería más. Quería que aquellas sonrisas le alzaran la boca con mucha más facilidad, saber que podía hacerlas aparecer cuando quisiera.
Pero por ahora se conformaría con aquello, con saber que él se había abierto lo suficiente para compartir algo con ella.
Ella le devolvió una sonrisa suave, hasta que la mano de él se detuvo y su sonrisa se apagó, sustituida por una expresión de preocupación.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Yo… Ay, Annabelle, lo siento.
Se incorporó y se apartó de ella, y al instante ella lo echó de menos.
—No te disculpes por eso —dijo ella, con un calor en la voz—. Yo lo deseaba tanto como tú, y bien lo sabes.
—No es por eso, yo… —Se pasó una mano por el pelo, mirando alrededor con desesperación, y estaba adorable, tan despeinado como iba, con la ropa a medio poner y a medio quitar. —No he tenido cuidado. Podría haberte…
—Lo sé —dijo ella, mordiéndose el labio—. Yo también lo he pensado después. Estábamos demasiado absortos, ¿verdad? —Consiguió alzar una comisura, lo que solo le valió una mirada fulminante, y ya echaba de menos su pequeña sonrisa.
—Esto no tiene ninguna gracia.
—Tienes razón. No la tiene —dijo—. Pero, por lo que sé, me tiene que venir la regla de un día para otro, así que creo que no habrá problema.
—¿Crees?
—Bueno, pronto lo sabremos.
Arie tomó aire antes de fijar en ella una mirada resuelta.
—Si te quedaras embarazada, yo respondería como es debido.
Annabelle alargó la mano y le acunó la mejilla.
—Sé que lo harías, Arie.
Y lo sabía. Solo que no quería tenerlo así. Quería casarse con un hombre que la amara tanto que no pudiera vivir sin ella. Sabía, muy dentro de sí, que Arie era capaz de ese amor… solo que no sabía si él se permitiría sentirlo.
—No pasa nada por perder el control de vez en cuando, Arie —dijo ella en voz baja, y él le lanzó una mirada rápida, con los ojos brillantes y duros… aunque de una forma distinta a la de unos momentos antes.
— No lo es cuando esos actos traen consecuencias —dijo él con sequedad, y ella no tuvo respuesta para eso.
Fue muy dulce al limpiarla, ayudarla a vestirse, recomponerle la ropa y acompañarla por las escaleras hasta su dormitorio.
La dejó con un beso rápido en la mejilla, aunque ella veía la agitación en sus ojos, y supo que él se debatía intentando decidir si podía separar sus sentimientos de lo que acababa de ocurrir entre ellos físicamente.
Annabelle no estaba segura de qué tendría que hacer para ayudarle a entender que no podía haber necesariamente una separación… que se habían dejado arrastrar a causa de lo que sentían el uno por el otro.
Le había mentido al decirle que podían tener una relación física sin una emocional, pero no se le había ocurrido otra forma de demostrarle lo maravilloso que podía ser permitirse abrirse al amor.
Solo esperaba que él se diera cuenta y que pronto sintiera lo mismo.