Capítulo 11
A nnabelle se giró frente al espejo, intentando ver qué aspecto tenía de espaldas.
—¿Qué te parece? —preguntó a Juliet, que estaba sentada al otro lado del espejo.
—Creo que estás absolutamente preciosa —dijo Juliet, apoyando la barbilla en el puño mientras contemplaba a Annabelle con admiración.
Annabelle supuso que Juliet intentaba ser amable, sabiendo lo nerviosa que estaba por el evento.
Pero Juliet no entendía del todo la situación.
Sí, Annabelle estaba nerviosa por intentar hacerse pasar por la esposa de Arie y por benefactora del museo.
Pero lo que más la ponía nerviosa era el propio Arie.
Arie le había hecho llegar una nota invitándola al evento benéfico del museo el mismo día en que la besó, pero ella no había vuelto a verlo desde entonces.
Ojalá supiera por qué Arie se mantenía alejado de ella.
¿Era posible que él también estuviera nervioso?
¿O era que se había sentido tan asqueado de ella, de sí mismo, que no quería volver a verla por miedo a que esperase más de él?
Annabelle suspiró y se puso las manos en las caderas, mirando su reflejo en el espejo.
No era de las que solían preocuparse demasiado por su aspecto, pero tenía que admitir que estaba bastante satisfecha con cómo había quedado el vestido.
Se lo había mandado hacer muchísimo tiempo atrás, por un impulso, con lo poco que les había quedado de lo obtenido por el robo de las joyas después de gastar el resto en la tienda.
Simplemente, nunca había tenido ocasión de ponérselo.
La tela azul pálido se ceñía al corpiño, dejando ver un escote modesto, pero generoso.
Las mangas cortas quedaban unos centímetros por encima de donde terminaban sus guantes blancos, mientras capas de muselina caían en cascada desde su cintura hasta el suelo, a su alrededor.
Juliet la había ayudado a recogerse el pelo en lo alto de la cabeza, con rizos sueltos enmarcándole el rostro.
—Me siento como una princesa —susurró, y Juliet sonrió de oreja a oreja.
—Lo pareces —dijo, acercándose para colocarse detrás de ella—. Desde luego, Arie no va a tener ninguna dificultad para mantenerse en su papel esta noche.
Annabelle levantó la cabeza de golpe al encontrarse con los ojos de Juliet en el espejo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Solo que siempre se ha sentido atraído por ti, y esto no va a ayudar precisamente.
—No es verdad —replicó Annabelle, sin creerse ni por un instante que aquello pudiera ser cierto.
—Oh, pues yo diría lo contrario —dijo Juliet—. He visto cómo te mira. Cómo te ha mirado siempre , desde el momento en que te conoció.
—¿Te refieres a cuando intentaba quitarnos el dinero después de que se lo robáramos al barón? ¿O cuando trataba de justificarse por haberos mantenido separados a Xander y a ti durante todos esos años?
—Sí —dijo Juliet, asintiendo—. Entonces.
Annabelle puso los ojos en blanco y decidió tomarse aquello como un recordatorio para mantener todas las barreras entre Arie y ella exactamente donde estaban. No era un hombre que debiera tener cabida en su vida, salvo como parte de aquel plan ridículo que nunca debería haber aceptado.
Al menos, eso era lo que se decía mientras bajaba las escaleras hasta la planta baja y esperaba a que Arie llegara.
* * *
Arie se alejó a zancadas del carruaje y cruzó el callejón para ir a buscar a Annabelle, pero la puerta trasera se abrió y ella salió antes de que él llegara.
Al verla, se detuvo en seco, allí mismo, sobre el empedrado que se extendían tras la hilera de edificios de St. Giles.
Desde luego, no pertenecía a aquel lugar, ni a St. Giles ni a él.
Debería estar en medio de un salón de baile de Mayfair, del brazo de un príncipe, pensó, mientras su mirada ascendía por su vestido hasta el suave rizo de su cabello y el leve toque de colorete sobre sus pálidas mejillas.
Parecía demasiado hermosa para tocarla, y casi no quería acercarse por miedo a mancharla con solo estar a su lado.
Y era terriblemente cierto.
—¿Arie? —dijo ella, y su voz atravesó sus pensamientos.
Él se apresuró a ponerse a su lado y le ofreció un brazo mientras ella se recogía las faldas para apartarlas del barro del callejón.
—Maldición —murmuró al darse cuenta de que no había manera de que llegara al carruaje sin ensuciar al menos los zapatos de cabritilla que llevaba, unos zapatos que probablemente no se había puesto nunca, porque no tenían cabida en aquel barrio.
Sin advertirla, le pasó un brazo por debajo de las rodillas y el otro alrededor de los hombros, y la alzó en vilo.
—¡Arie! —exclamó ella, y él tuvo que admitir que le gustaba cómo sonaba su nombre en sus labios, sobre todo cuando no iba cargado de desdén—. ¿Qué estás haciendo?
—Guardo las apariencias —respondió con aspereza, disfrutando demasiado de la sensación de sus curvas apretándose contra él—. No podemos permitir que te estropees los zapatos ni las faldas.
—Ah, ya veo —dijo ella, y él se preguntó si había detectado un punto de decepción en su voz. Pero ¿por qué demonios iba a estar decepcionada?
Después de dejarla en el carruaje, subió tras ella y volvió a ocupar el asiento frente al suyo, mientras los dedos se le crispaban por la ansia de tender la mano y comprobar si la tela de su vestido era de verdad tan suave como parecía, de acariciar el rizo que le caía junto a la mejilla, de tocar la piel justo por encima del corpiño que asomaba bajo la capa.
—¿Va todo bien? —preguntó ella, inclinándose hacia delante—. Parece que estás a punto de vomitar. ¿Te molesta ir de espaldas a la marcha? Podemos cambiarnos. O puedes sentarte a mi lado.
—No —dijo él, sabiendo que sentarse a su lado solo empeoraría sus náuseas—. Estoy bien.
Ella asintió, luego miró sus manos antes de alzar de nuevo la vista hacia él.
—Escucha, Arie—
—Esta noche habrá invitados de toda clase, incluidos algunos de la nobleza. ¿Qué tal llevas las normas de etiqueta?
Ella parpadeó, mirándolo.
—Bastante bien, espero. Puede que no conozca todos los pormenores, pero mi madre nos educó con modales.
—Bien —dijo con un asentimiento.
Debería haberse reunido con ella para repasarlo todo, pero había estado demasiado ocupado evitándola.
—Nos juzgarán por cómo actuemos, por cómo hablemos.
—Ya lo sé, Arie —dijo ella con cierta irritación—. No soy tonta, y aunque nací en el campo, me criaron bien.
—Eso es tranquilizador —dijo él, antes de inclinar ligeramente la cabeza al darse cuenta de que a ella no le agradaba aquella conversación—. No pretendía insultarte. Solo tenía que asegurarme.
—Claro —murmuró ella—. ¿Vamos a aportar algo a este evento para ayudar al museo?
—Haré una donación —dijo él, y luego esbozó una sonrisa—. Aunque recuperaré esa cantidad cuando demos el golpe a su debido tiempo.
—De algún modo, no esperaba menos —dijo ella—. ¿Hay algo más que deba saber?
—Nada —dijo él, negando con la cabeza—. Sin embargo, si alguien pregunta, sería útil que intentaras ir al museo esta semana a hacer bocetos. Observa la sala griega, mira si hay guardias haciendo ronda.
—Puedo hacerlo —dijo ella con un asentimiento—. ¿Y si nos preguntan por el artefacto?
—Les diremos que lo donaremos en las próximas semanas —dijo él, moviéndose en el asiento; el almohadón chirrió bajo su peso al hacerlo—.
Pero uno de mis objetivos esta noche es averiguar si hay algún momento en que Ellis Burns no esté presente.
Será mucho más fácil engañar a duques y duquesas que hacen esto por capricho y aburrimiento que a un hombre que presta mucha más atención a las colecciones del museo.
—Eso tiene sentido —murmuró ella—. Arie...
—Ya nos acercamos a Almack’s. No estaba lejos.
—No —dijo ella, asomándose a la ventanilla, y él tuvo que apartar la vista por cómo sus pechos tensaban el corpiño del vestido, casi suplicando su atención—. Pero hay una fila de carruajes, así que sí tenemos algo de tiempo.
Arie tuvo que contener un gruñido. Se sentía demasiado atrapado dentro del carruaje y quería abrir la puerta de un empujón y echar a correr, lejos de aquella conversación y de la tentación que era Annabelle.
—Necesito preguntarte algo sobre Xander y Juliet.
—¿Sí? —Alzó una ceja, aliviado de que ella no quisiera hablar de su beso ni de lo que pudiera haber entre los dos.
—¿Por qué los mantuviste separados todos esos años, alejando a Juliet cuando más vulnerable se encontraba? ¿Entiendes lo que les hiciste, a ella y a los dos? Tus mentiras los destrozaron, y perdieron muchísimo por tu culpa. ¡Piensa en la vida que podrían haber tenido juntos!
Respiraba con fuerza, con el pecho subiendo y bajando, y Arie comprendió hasta qué punto la había alterado lo que él había hecho.
La peor parte de todo era que ella tenía razón. Los había mantenido separados, se había asegurado de que Juliet, una mujer que había sido como de la familia, siguiera muy lejos en la mente de Xander.
Miró por la ventanilla, apartándose de sus ojos acusadores, aun mientras se decía que aquello debería ser perfecto.
Era lo que quería, ¿no? Que ella lo odiara, que no quisiera tener nada que ver con él, para poder seguir adelante con aquella vida, libre de ella y de cualquier expectativa.
Y, sin embargo, la idea de que lo considerara semejante monstruo no le agradaba.
En absoluto. Pero ese era él, el hombre que permitía que los demás pensaran esas cosas de él por el bien de todos.
—Los mantuve separados porque pensé que era lo correcto —dijo por fin, volviéndose hacia ella al soltar el aire, al decidir que la verdad era lo mejor—.
En ese momento no se hacían ningún bien el uno al otro.
Dispararon a Juliet por su relación con nosotros y por el hecho de que ella y Xander estaban demasiado distraídos el uno con el otro. Era mejor que estuviera sola.
—Pero estaba completamente sola —estalló Annabelle, alzando las manos delante de sí—. No tenía a nadie. Hasta su compañera de piso la dejó, robándole todo lo que tenía.
Arie ladeó la cabeza.
—Eso no lo preví. La habría compensado.
Annabelle soltó un resoplido y se dejó caer hacia atrás en el asiento.
—Por eso deberíamos hacer todo el bien que podamos por los demás con lo que está en nuestra mano. Tú hiciste justo lo contrario.
—Hice lo que creía mejor en aquel momento —dijo él con brusquedad—. Tuve que contarle lo que hice para que de verdad se marchara. Era la única manera, la única forma de que hubiera un corte limpio entre ellos. Tenían que creer que se habían abandonado mutuamente.
Annabelle cruzó los brazos sobre el pecho y miró por la ventanilla. Arie comprendió que estaba intentando creer lo peor de él, y no la culpaba. Se inclinó hacia delante, apoyándose en el codo, mientras una ira teñida de desesperación le subía por dentro ante el rechazo de ella.
—Puedes odiarme si quieres, Annabelle —dijo, aunque algo dentro de él clamaba, se tendía hacia ella, le pedía que creyera lo mejor en lugar de lo peor—.
Pero todo lo que hago está cuidadosamente pensado, tiene un propósito.
No confío con facilidad. Nunca lo he hecho.
No confío en que otros traten a mis hermanos con el amor y el respeto que merecen.
¿Me he equivocado? Sí. Sí que me he equivocado.
Puedo admitirlo. Pero todo lo que hago es por amor.
No había pretendido mostrarle cuánto le afectaba aquello, pero, al terminar de revelarle sus motivaciones más profundas, oyó la fiereza de su propia voz y se dio cuenta de que estaba dejando salir aquella emoción.
Se odió por ello, porque le daba a ella una pequeña dosis de control sobre él al dejarle ver esa vulnerabilidad.
Ella parpadeó con sus hermosos ojos azules, un parpadeo que otros habrían tomado por ingenuidad, pero que en realidad significaba que estaba asimilando todo lo que él le había dicho y comprendiéndolo mejor.
—Ya veo —fue todo lo que dijo—. Gracias por compartirlo conmigo.
Él guardó silencio mientras el carruaje se detenía con una sacudida.
—Hemos llegado.