El romance de un robo (Pasiones robadas 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

A nnabelle siempre había estado en la periferia.

Mientras crecía, tenía cinco hermanos mayores que acaparaban buena parte de la atención, mientras ella permanecía callada en segundo plano, ayudando donde hacía falta.

No fue hasta que empezó a ayudar a su padre en el taller cuando encontró un lugar donde sintió que encajaba de verdad.

Cuando entró como aprendiz en una joyería, siempre se quedaba en segundo plano: ella hacía el trabajo mientras otro se llevaba el mérito.

Cuando Juliet y ella planearon su ardid en la finca campestre del barón, Juliet se hizo pasar por la prometida del barón, mientras que Annabelle fue la doncella de la dama. Había visto los bailes y las fiestas en la casa, pero lo había hecho desde fuera, esperando entre bambalinas.

Incluso entonces, prefería quedarse en la trastienda de la joyería, creando joyas, mientras Juliet y Xander atendían a los clientes en la parte delantera, aunque siempre se aseguraban de reconocerle la autoría de todas las piezas.

Así que entrar en Almack’s con vestido de baile, del brazo de un hombre que, a pesar de todo lo que detestaba de él, era con diferencia el más apuesto de la sala, era una experiencia completamente nueva para ella.

Algo que al mismo tiempo la emocionaba y la aterraba.

Annabelle se había estremecido ante la forma en que Arie la había mirado cuando salió del edificio; la había arrebatado, en sentido literal y figurado, cuando la tomó en brazos.

Aquello la había asustado tanto que se obligó a no dejar que la fantasía se adueñara de sus pensamientos, así que le preguntó por su pasado, algo que también le servía para recordarse quién era y por qué lo odiaba.

Y entonces su respuesta la había sorprendido de verdad, porque en cierto modo había sido una explicación. Seguía sin aprobar sus métodos, pero al menos entendía mejor sus motivos.

Sabía que quería a sus hermanos. Lo que no había comprendido era hasta dónde sería capaz de llegar para protegerlos, aunque esa protección estuviera bastante mal encauzada.

Entraron en los salones, donde unos lacayos esperaban para recogerles las capas y hacerlos pasar por unas puertas adornadas con motivos jónicos.

—¿Disponen de invitación? —preguntó el lacayo, alargando la mano, y Annabelle alzó la vista hacia Arie, segura de que ahora los descubrirían.

Pero Arie, tan preparado como siempre, metió la mano en la chaqueta, sacó una tarjeta con el nombre falso que estaba usando y se la entregó al hombre.

—Gracias, señor —dijo este mientras los conducía al interior del salón y anunciaba sus nombres al entrar.

Annabelle se puso rígida cuando muchas cabezas de la sala se volvieron hacia ellos, interesadas en saber quiénes eran y qué hacían allí, cómo encajaban entre los demás.

Arie apretó el brazo de Annabelle contra su costado, dándole aplomo, y ella alzó la cabeza, recordándose que pertenecía allí tanto como cualquiera de ellos, al menos bajo aquella identidad fingida.

No pudo evitar volverse para contemplar aquel lugar en el que jamás había imaginado que llegaría a entrar.

Del techo colgaban arañas que inundaban la sala de luz, mientras unos cortinajes cubrían una de las paredes y la otra lucía intrincadas molduras de yeso.

Una estatua de Mercurio sosteniendo un candelabro se alzaba sobre todos ellos, mientras unos bancos —donde Annabelle habría preferido estar sentada en ese momento— se alineaban a un lado.

—Señor y señora Callas, qué alegría verlos esta noche.

Se volvieron al unísono y vieron a la duquesa de Breckenridge acercarse a ellos. Su sonrisa, a diferencia de tantas otras en aquella sala, era amplia, acogedora y sincera. Annabelle, de hecho, se sentía algo culpable por engañarla, aunque no podían evitarlo si querían que aquello saliera bien.

—Estamos encantados de estar aquí —dijo Annabelle—. Es un evento de lo más interesante.

—Lo es, ¿verdad? —dijo la duquesa, entrelazando las manos mientras miraba a su alrededor—. Mi marido y yo siempre le hemos tenido un cariño especial a Almack’s.

Como si lo hubiera invocado, el duque apareció enseguida a su lado y le tomó la mano.

—Olivia, querida, tu madre te está buscando —dijo, con una chispa divertida en la mirada, y la duquesa se estremeció casi visiblemente mientras miraba a su alrededor, claramente en busca de algún lugar donde esconderse.

—Quizá deberíamos ir a uno de los reservados —dijo, con una sonrisa que solo podía describirse como traviesa, y Annabelle se dio cuenta de que detrás de aquella historia había mucho más de lo que podría suponerse a primera vista.

El duque miró a su esposa de un modo tan seductor que Annabelle tuvo que apartar la vista, mientras la mano de Arie se cerraba con más fuerza sobre su brazo.

—Entren, por favor, y busquen dónde sentarse —dijo la duquesa, acordándose de pronto de sus deberes como anfitriona aquella noche—. Más tarde tomaremos una cena informal, pero el baile está a punto de empezar.

Annabelle asintió con rigidez y una sonrisa forzada, pero, en cuanto el duque y la duquesa se alejaron, tiró del brazo de Arie y le hizo inclinar la cabeza hacia ella.

—¿Baile? No me dijiste que esta noche habría baile.

—Se da por hecho, pero eso no significa que tengamos que participar.

—¿Y si alguien me pide bailar?

La mandíbula de Arie se endureció y un destello de algo que Annabelle no supo identificar del todo le cruzó los ojos.

—Eso no va a pasar.

—¿Y tú cómo lo sabes? En acontecimientos así, los hombres invitan a bailar a mujeres de toda clase.

—He dicho que no va a pasar, Annabelle —repuso con fiereza, y Annabelle comprendió de pronto qué emoción se había apoderado de él: la posesividad.

Parpadeó. No sabía si aquello le gustaba o no.

—Muy bien —murmuró, insegura.

Ahora que lo pensaba, tampoco le agradaba demasiado la idea de que alguien más bailara con él.

—Dijiste que ibas a enseñarme —añadió, y él asintió.

—Lo sé. Te pido disculpas.

Miraba por encima de ella, recorriendo la sala con la vista, como si buscara a alguien.

—¿A quién buscas? —preguntó ella.

—A Burns y a Montgomery —respondió él, con la mandíbula apretada—. A Burns, para evitarlo; a Montgomery, para tenerlo cerca. Es quien nos dará las respuestas que buscamos. Y cuanto más crea en nosotros, mejor. Ahí está.

Arie la tomó del brazo y la condujo por la sala hacia donde se veía la cabeza de Montgomery, reluciente bajo la araña que colgaba sobre él.

—Señor Montgomery —saludó Arie—. Qué alegría verlo.

—Ah, señor y señora Callas. Me alegro muchísimo de que hayan podido acompañarnos —dijo Montgomery, con una amplia sonrisa—. Aún no la he visto por el museo haciendo sus bocetos, señora Callas.

—Espero pasarme esta semana —respondió Annabelle con amabilidad—, si le parece bien.

—Por supuesto —dijo él—. Y, señor Callas, nuestra junta directiva está cada vez más impaciente por ver la pieza con la que lleva tanto tiempo tentándonos.

—Muy pronto la tendré de nuevo en mi poder —dijo él con soltura, adoptando una vez más el acento que tanto gustaba a Annabelle—. Agradezco su paciencia.

—No es nada —dijo el señor Montgomery—. Estamos agradecidos por la donación.

Estaban a punto de apartarse cuando Annabelle vio que Ellis Burns reparaba en ellos y empezaba a acercarse. Intentó darle un codazo a Arie en el costado para avisarlo, pero era demasiado tarde.

—Señor Callas —dijo.

El tic en el ojo de Arie fue la única señal de que no le interesaba hablar con aquel hombre.

—Es un placer verlo. El museo necesita amigos de toda clase y condición.

Annabelle reconoció al instante el sutil insulto y se tensó, esperando la reacción de Arie, pero parecía que él sabía cuándo debía contenerse.

—Mi esposa y yo estaremos encantados de conocerlo mejor, si vamos a ser amigos del museo —dijo.

El señor Burns tendió la mano hacia Annabelle y la sorprendió al tomar la de ella y llevársela a los labios. Los ojos de Annabelle se abrieron de par en par. Nadie le había besado nunca la mano.

—Está usted encantadora esta noche, querida.

—Gracias —consiguió decir, mientras se preguntaba en qué mundo había ido a parar para verse vestida como una gran dama y que un hombre le besara la mano.

Un grupo de músicos empezó a tocar, y las primeras notas hicieron que Annabelle alzara la cabeza hacia donde estaban sentados, sobre una repisa sostenida por una columna.

Descubrió que no podía impedir que su pie siguiera el compás.

Por desgracia, el señor Burns debió de darse cuenta, porque le sonrió sin soltarle la mano.

—Parece que tiene buen oído para la música, señora Callas. ¿Le apetecería bailar?

El pánico empezó a latirle con fuerza en el pecho, y alzó la vista hacia Arie, esperando que la salvara… solo para quedarse atónita ante lo que vio. Porque la expresión de Arie no era de irritación. Era casi… homicida.

Cuando habló, su voz fue baja, áspera y ronca.

—Por desgracia, señor Burns, este baile ya está comprometido.

* * *

Arie sabía que había cometido un error a muchos niveles. Se suponía que estaban allí para acercarse al Patronato, para ganarse su confianza, y en lugar de eso estaba provocando hostilidad.

Pero no podía evitarlo.

Porque pensar en Annabelle en brazos de otro hombre le hacía querer perder todo el control y golpear algo.

Annabelle se volvió hacia él con la boca abierta en un gesto de sorpresa.

—Cariño —dijo, con una pizca de advertencia acompañando la palabra—, ¿no pretendías decir que aún me molesta el tobillo, así que me resultará difícil bailar?

Era más inteligente de lo que le había concedido, y desde luego mucho más sociable. Por eso la había elegido.

—Tienes razón, claro que será difícil —dijo él, aunque no consiguió que sus palabras sonaran ni remotamente a disculpa—. A menos, por supuesto, que bailes con tu marido, que puede escoltarte como es debido. Le tendió la mano. —¿Vamos?

Ella miró la mano como si fuera un perro callejero, de los que lo mismo son demasiado afectuosos que capaces de hincarle los dientes. Al fin, se arriesgó y enroscó los dedos alrededor de los de él.