El romance de un robo (Pasiones robadas 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

A nnabelle se quedó inmóvil, pero solo un instante.

Porque al momento siguiente la invadió una oleada de fuego y no pudo hacer otra cosa que permitir que su cuerpo despertara y siguiera a Arie adondequiera que él la llevara.

En cuanto superó la impresión inicial de que los labios de Arie Hondros estaban sobre los suyos, su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera alcanzarlo.

Echó la cabeza hacia atrás para dar mejor acceso a aquellos labios firmes y exigentes que caían sobre los suyos con una ferocidad que, lo sabía, ningún otro hombre podría igualar jamás.

Toda la emoción que él pudiera haber estado sintiendo mientras ella lo acorralaba se derramó en aquel beso; sus labios se deslizaban una y otra vez sobre los de ella en un asalto que debería haberla asustado.

Pero, en lugar de eso, se descubrió devolviéndole todo cuanto él le daba. Porque aquel beso despertó algo en su interior, una pasión que no sabía que albergaba.

Abrió la boca para decirle exactamente eso, pero, antes de que pudiera apartarse y hablar, él aprovechó la ocasión para deslizar la lengua en su interior, y entonces, mientras la acariciaba dentro, Annabelle sintió que las rodillas empezaban a flaquearle; le rodeó el cuello con las manos y se aferró a él con todas sus fuerzas mientras sus lenguas se encontraban en una caricia íntima que le dejó muy claro lo que podía esperar si llegaban más lejos.

Estaba aplastada contra él, los pezones le hormigueaban allí donde se clavaban contra su pecho firme, y lo sintió duro y excitado para ella, un hecho que le hizo olvidar de repente por qué había llegado a odiar a Arie Hondros.

Se frotó ligeramente contra él sin darse siquiera cuenta de que lo hacía, dispuesta a lo que él quisiera hacerle.

Sin embargo, en el momento en que ella se movió, él la soltó con tal brusquedad que a punto estuvo de caer al suelo, y habría caído de no haberla sujetado él por la cintura, reteniéndola solo lo justo para asegurarse de que recuperaba el equilibrio.

Annabelle alzó la vista hacia él, con la boca abierta, seguramente parecida a un pez.

Pero ¿cómo no iba a hacerlo? Porque no tenía ni idea de cómo reaccionar, ni idea en absoluto.

—Arie —logró articular mientras lo miraba, y, salvo por el movimiento agitado de su pecho, él no mostraba la menor señal de emoción—. Yo…

Pero, antes de que pudiera decir nada, él cogió la capa de la silla donde había estado sentado, se la echó sobre los hombros, le hizo una inclinación de cabeza y salió por la puerta a zancadas.

Y Annabelle se dejó caer de golpe en la silla, preguntándose qué demonios acababa de ocurrir.

* * *

Arie no tenía ni idea de lo que acababa de ocurrirle. Ni a Annabelle. Ni a los dos juntos.

Se había prometido a sí mismo no sucumbir jamás a instintos tan bajos, con ninguna mujer, y muy especialmente con una mujer como ella.

Porque lo único que conseguía era darle poder sobre él, mientras él perdía una parte de sí mismo por su culpa.

Pero lo había consumido una emoción tan turbulenta que no sabía qué hacer consigo mismo. Y entonces apareció Annabelle, allí de pie, en aquellas habitaciones que daban vida a todo lo que ella era, que olían a ella y le hacían sentir como si estuviera inmerso en su propia esencia.

Cuando sus labios aparecieron ante los suyos, nada habría podido impedirle inclinarse hacia delante y tomarlos.

Solo podía imaginar las consecuencias que tendría que pagar ahora por haberlo hecho.

Porque aquel día había demostrado una cosa: Annabelle no era una mujer que pasara por alto la intensidad emocional que él prefería evitar.

Por qué se había empeñado en que le contara lo que sentía por aquella maldita sala griega, por su pasado, no tenía ni idea. ¿Qué más le daba a ella? Estaba allí para hacer un trabajo, y nada más.

Incluso si aquel trabajo lo había llevado a disfrutar de la farsa mucho más de lo que jamás debería.

Pero supuso que aquella era la única oportunidad que tendría en la vida de disfrutar de estar casado. Porque no volvería a ocurrir.

Avanzó calle abajo, con el sombrero encajado hasta los ojos, sin hacer caso a los transeúntes que lo saludaban.

Estaba de un humor de perros y no tenía ganas de saludar a nadie.

Sabía que no debería haberse marchado sin más, sin decir nada, pero no había nada más que pudiera decir, nada que explicara lo que había sentido en aquel momento ni lo que estaba por venir entre ellos.

Porque ¿lo peor de todo? Que iba a volver a verla. Y pronto.

* * *

Cuando Annabelle por fin se recompuso lo suficiente para reconocer todo lo que acababa de pasar con Arie, descubrió que ya no quería estar sola, y bajó las escaleras hasta la joyería de abajo.

Entró por la puerta trasera y se aclaró la garganta antes de pasar a la sala.

Xander y Juliet tenían la costumbre de acercarse bastante…

demasiado cuando no había otros clientes en la tienda.

Pero ese día no. Estaban juntos, por supuesto, pero hablaban con una pareja que tenían delante y que parecía muy interesada en la disposición de las pulseras expuestas ante ellos.

Annabelle los dejó con los clientes mientras iba a la trastienda para decidir en qué pieza trabajaría a continuación.

Cuando la campanilla tintineó, anunciando su marcha, volvió a la tienda y encontró a Juliet y a Xander junto al mostrador, los dos con aquellas sonrisas tontas mientras la miraban.

—¿Pasa algo? —preguntó, mirando de uno a otro.

—No —dijo Xander, negando con la cabeza, mientras Juliet enarcaba una ceja.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Juliet, y Annabelle se mordió el labio.

—¿Qué quieres decir? —dijo, fingiendo inocencia.

—Acabamos de ver a Arie alejándose calle abajo como si lo persiguieran los demonios —dijo Xander—.

Iba con tanta prisa que debía de haberse olvidado de que había traído el carruaje.

He tenido que salir a la parte de atrás para decirle a Chester que llevara los caballos a casa y que no se preocupara por Arie.

—Ah —acertó a decir Annabelle, mientras el calor le subía a las mejillas—. Qué curioso. Debe de habérsele olvidado.

Pero Xander ya estaba negando con la cabeza.

—Arie nunca olvida nada. Nunca . Ese hombre lo tiene todo tan calculado y se controla tanto que jamás le he visto pasar por alto un solo detalle. ¿Qué ha ocurrido entre vosotros?

—¡Nada! —exclamó Annabelle, alzando las manos ante sí en un gesto de inocencia—. Solo estaba intentando… comprenderlo mejor.

Juliet y Xander se quedaron mirándola en silencio un instante antes de volverse el uno hacia el otro, cruzar una mirada y echarse a reír.

—¿Comprender a Arie? —dijo Juliet entre risas.

—Sí —replicó Annabelle con sequedad—. ¿Qué tiene eso de raro?

—Es solo que… —empezó Xander, posando la mano en el hombro de su esposa mientras, evidentemente, trataba de contener la risa—. Nadie puede entender a Arie. Ninguno de nosotros, ni siquiera Diana, que es la persona que más cerca ha estado jamás de él.

—Pero es tu hermano —dijo Annabelle con torpeza—. Y estaba sufriendo. Se le notaba. Yo solo intentaba…

—Eso es muy amable por tu parte, de verdad que sí —dijo Juliet, ya con más suavidad, al leer la confusión dolida en el rostro de Annabelle—.

Pero sabes lo bastante de Arie como para darte cuenta de que ese hombre no tiene emociones.

Se limita a aguantarlo todo y a aceptarlo tal cual es.

Lo que lleve escondido dentro seguirá escondido…

para siempre. Déjalo estar, porque nunca llegarás de verdad al fondo de nada de eso. Y desde luego no preguntándole.

Annabelle suspiró, sabiendo que había algo de verdad en lo que decía Juliet, pero también reacia a dejarlo correr.

—Todo el mundo tiene emociones —replicó—, aunque las oculte muy en el fondo.

—Puede que sea cierto —dijo Xander, con más compasión—, pero Arie nunca dejará entrar a nadie. Nunca. Si lo hiciera… bueno, sentiría que estaba entregando demasiado de sí mismo. Ya ha perdido antes, y no quiere volver a hacerlo.

—Pero os tiene a todos vosotros —argumentó Annabelle.

—Sí —reconoció Xander—. Pero aun así nos mantiene a todos a distancia. Sabemos que nos quiere, a su manera, pero siempre desde cierta distancia.

Annabelle frunció los labios.

—Es bastante triste.

—Lo es —dijo Xander con un suspiro—. Pero así es Arie.

—¿Cuándo vas a verlo otra vez? —preguntó Juliet, y Annabelle se encogió de hombros.

—No estoy segura —murmuró—. Supongo que enviará una nota.

—Ya veo —dijo Juliet, antes de darle unas palmaditas en la mano como si fuera una niña—. No dejes que Arie te afecte. Limítate a mantenerte de su lado bueno y todo irá bien.

—Claro —dijo Annabelle mientras se alejaba, de vuelta a su taller—. Tiene que ser fácil, ¿no?

Aunque sabía que sería de todo menos fácil.

* * *

Arie entró por la puerta trasera del Aphrodite’s y se dejó envolver por los olores familiares y masculinos a alcohol, humo de cigarro y almizcle de colonia. Era un contraste radical con la casa de Annabelle, y se alegró por ello: necesitaba distancia de ella y de cualquier cosa que se la recordara.

Porque era un hombre perdido, rendido a los instintos más bajos que normalmente dominaba.

¿Qué le pasaba para permitirse ceder y besarla así? Se había entrenado para ser mejor, para no dejarse arrastrar por esos impulsos.

Para empezar, una mujer como Annabelle no aceptaría la pasión sin explicaciones. No estaba seguro de que ella siguiera despreciándolo —ni de si él quería que lo hiciera—, pero Annabelle exigía un sentido para todo, un sentido que él no tenía ningún deseo de explorar.

Y luego estaba el otro hecho. El mucho más aterrador, el que Arie no quería admitir pero que no lograba acallar.

Que lo había disfrutado. Que quería más.

Y que eso tal vez significara que su relación con Annabelle iba más allá de simplemente llevar a cabo aquel matrimonio fingido para aplacar al consejo de administración de un museo.

Se pasó una mano por la cara justo cuando Damien apareció en el pasillo, delante de él.

Damien ya no se ocupaba del Aphrodite's como antes —le había dicho a Arie que esas tareas ya no le interesaban, que era más que sus puños—, pero seguía usando su despacho del local en su nuevo cargo.

También pasaba temporadas en el almacén de su suegro.

Ejercía de intermediario entre el negocio de contrabando de los Mulberry y la colocación de la mercancía que gestionaba Arie.

El Aphrodite's, aunque era un negocio legítimo, disponía de unas cuantas habitaciones bien ocultas, sótano incluido, que les permitían ocuparse de la cara menos presentable de sus negocios.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Damien con el ceño fruncido.

Arie intentó esquivarlo, pero Damien le bloqueó el camino.

—Nada. ¿Por qué lo preguntas?

—Tienes una cara… —dijo Damien, y la preocupación le cruzó el rostro—. Parece que acabas de morder un limón. O de recibir un puñetazo en el estómago. —Se inclinó para observarlo mejor—. O las dos cosas —añadió.

Dicho así por Damien, era exactamente como se sentía Arie, pero no pensaba admitirlo.

—No me vengas con sensiblerías —farfulló Arie mientras pasaba junto a él rozándolo para meterse en su despacho.

—¡Como te oiga Diana! —le gritó Damien.

Arie puso los ojos en blanco. Sabía que era cierto, pero necesitaba distraer a Damien para que no siguiera importunándolo.

—¡Tienes una nota en la mesa! —le gritó Damien.

Arie encontró la nota que lo esperaba, con una caligrafía recargada en el anverso que le indicó que no tenía nada que ver con sus operaciones habituales.

Había dado la dirección de Damien para que el museo se comunicara con él, ya que quedaba mucho más cerca del barrio donde cabía esperar que residiera un hombre como el señor Callas.

Encontró el abrecartas en el primer cajón de su escritorio y cortó el sello para ver qué contenía.

Del interior cayó una invitación del duque y la duquesa de Breckenridge, que los invitaban a un acto benéfico en los salones de Almack's, con el fin de recaudar fondos para que el museo adquiriera nuevas colecciones.

Arie esbozó una sonrisa sombría mientras se preguntaba a quién le estarían comprando las piezas esa vez. Sabía que comprar significaba, con toda probabilidad, financiar una expedición británica para robar en su propio imperio.

Pero difícilmente podía rechazar la invitación. No cuando necesitaba estrechar lazos con el museo, conseguir que confiaran en él para ejecutar su plan.

Cogió la pluma, la mojó en tinta y sacó dos hojas de papel. Tenía una invitación que aceptar… y otra que cursar.