El romance de un robo (Pasiones robadas 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

A nnabelle no tenía ni idea de cómo se suponía que debía responder a aquella pregunta. ¿Cómo hacer creíble que de verdad estaban casados?

Se pasó la lengua por los labios.

—Aprecio lo que haces por tu familia y por aquellos que te importan —dijo, repitiendo las palabras que le había dicho a Juliet, intentando llevarlas al frente de su mente para apartar los pensamientos más salaces que la ocupaban—. Solo necesitas encontrar algo de mí que puedas admirar.

—¿Por qué ibas a pensar que no admiro nada de ti? —preguntó él, alzando las cejas con sorpresa.

Annabelle soltó un bufido desdeñoso.

—Por cómo me miras, como si no mereciera tu tiempo —dijo, pensando que, con un hombre como él, lo mejor era decir la verdad, porque acabaría descubriéndola de todos modos.

—No es así —dijo con brusquedad—. Come un poco de ternera.

Ella bajó la vista, pues ni siquiera se había dado cuenta de que tenía el plato delante, y dio un bocado; cerró los ojos al saborearlo.

—Está… exquisita.

—Lo está, ¿verdad? —dijo él sin emoción.

—¿Qué… qué admiras? —preguntó, con la mirada fija en el plato, incapaz de mirarlo y aun así necesitando saber qué pensaba.

—Admiro que quieras ayudar a los demás —dijo Arie—. Nunca dije que no fuera así.

Ella alzó la vista hacia él de golpe.

—Pero dijiste…

—¿Que tú también sacabas algo de ello? Sí, lo dije. Pero eso no significa que no aprecie esa cualidad aun así. El mundo necesita gente como tú. Si todo el mundo mirara solo por sí mismo, sería un lugar terrible para vivir.

Annabelle tragó saliva, sin querer que él viera cuánto significaban para ella aquellas palabras, porque sabía que un hombre como Arie no decía algo así a la ligera.

—Escucha —dijo él con bastante brusquedad, claramente incómodo hablando de esas cosas—, nadie dijo nunca que este tipo de planes fueran a ser fáciles.

Pero puedo prometerte que al final habrá merecido la pena.

Solo tienes que soportarme durante unos cuantos compromisos en el museo, reunir información y luego todo esto habrá terminado, serás mucho más rica y no tendrás que volver a pasar tiempo conmigo. ¿Puedes hacerlo?

Annabelle tragó saliva mientras lo miraba a los ojos y, por primera vez, consideró que quizá no fuera tan imposible tratar con él como había creído al principio.

—Claro que sí.

—Bien —dijo él, dando otro sorbo cuidadoso y medido a su vino.

Annabelle reparó en que nunca se excedía, nunca tomaba más de una o dos copas. Evidentemente, no era más que otro aspecto de su control.

—Porque mañana nos reunimos con el museo.

* * *

Arie era consciente de que, si se preguntara a cualquiera que lo conociera, dirían que no era un hombre dado a los nervios, que se enfrentaba a todo sin emoción, sin miedo.

Lo que nadie sabía era hasta qué punto se equivocaban.

Porque, aunque Arie se aseguraba de que nadie supiera realmente lo que pensaba o sentía, cuando se trataba de situaciones que significaban mucho para él, las entrañas se le retorcían y tenía la columna tan rígida como si alguien lo hubiera tensado demasiado y ya no pudiera moverse.

Le había dicho a Annabelle que pasaría a recogerla por el pequeño apartamento en el que vivía, encima de la joyería.

Ella había parecido sorprendida de que supiera dónde vivía, pero él le había explicado que se ocupaba de saber todo lo posible sobre cualquiera que formara parte de la vida de sus hermanos.

Con Juliet y Xander viviendo tan cerca de ella, por supuesto tenía toda la información que necesitaba sobre Annabelle.

Se dijo a sí mismo que esa era también la razón por la que había investigado tanto sobre ella, aunque sabía que había algo más: que se había interesado por ella, asegurándose de que estuviera a salvo.

Arie seguía sin estar del todo satisfecho con su situación.

Aunque Xander y Juliet vivieran cerca de ella, si alguna vez alguien entraba por la fuerza…

bueno, no quería pensar en lo que podría pasarle.

Pero ella insistía una y otra vez en que estaba bien y en que no deseaba ser una carga para nadie.

¿Quién era él para decirle lo que tenía que hacer?

Tenía padres, hermanas, amigos, si los necesitaba.

Xander le había dicho a Arie que tanto él como Juliet habían tratado de convencer a Annabelle de que viviera con ellos, pero ella se había negado, alegando que los recién casados necesitaban su espacio.

Y ese era precisamente el problema del romanticismo.

Arie bajó del carruaje para ayudarla, pues Annabelle lo esperaba en los escalones de la entrada de su tienda cuando él apareció.

Arie, siempre atento al aspecto de cualquiera con quien se cruzaba, pensó que estaba perfecta para el papel que iba a interpretar aquel día.

Un vestido de muselina rosa pálido asomaba bajo la capa que ondulaba a su alrededor, mientras un sombrerito blanco, nuevo, con flores rosas bordadas, descansaba sobre su cabello rubio, recogido en un moño en la nuca.

Una delicada perla sencilla pendía de una cadena que se acomodaba entre sus pechos.

—Estás preciosa —dijo mientras le ofrecía el brazo, y ella alzó la vista hacia él con tal sorpresa que Arie soltó un resoplido—. ¿Qué? ¿De verdad te sorprende tanto que diga algo así?

—Pues sí, la verdad, sí —dijo ella, con los ojos azules muy abiertos—. No eres precisamente conocido por prodigarte en cumplidos.

—No lo llamaría tanto un cumplido como una verdad —dijo él, encogiéndose de hombros—. No diría algo así si no lo creyera.

Ella pareció a punto de echarse a reír, pero en lugar de eso asintió con rapidez.

—Ya veo. Bueno, supongo que eso hace que tus elogios resulten aún más atractivos.

—Es una forma de verlo.

La ayudó a subir al carruaje, y ella se sentó en el asiento corrido mirando hacia delante, mientras él ocupaba el de enfrente, girando las piernas hacia un lado para que no rozaran las de ella.

—Tiene un carruaje bastante lujoso —observó ella, con los dedos entrelazados con fuerza sobre el regazo.

El golpeteo del pie y las manos apretadas demostraban que estaba tan nerviosa como él; sus señales eran obvias para Arie. Esperaba que los responsables del museo no las advirtieran.

—Gracias —dijo él con una inclinación de cabeza—. Lo compré el año pasado. Lo guardamos en unas caballerizas cercanas, junto con los caballos.

—Son una pareja preciosa —dijo, refiriéndose a los dos castaños a juego.

Las mejillas, que él había creído sonrosadas por el frío, se le tiñeron de un rojo aún más intenso, y eso le hizo comprender que allí había más emoción de la que había imaginado.

—Se los compré a un noble que se arruinó —dijo con satisfacción.

Había algo profundamente satisfactorio en que un hombre como él estuviera por encima de un lord que había nacido en ese mundo sin haber movido un dedo.

No tardaron en llegar al museo, y Arie ayudó de nuevo a Annabelle a bajar, disfrutando al sostenerle la mano entre las suyas y reteniéndola unos instantes más de lo necesario.

—¿Hoy vamos a enseñarles el collar? —murmuró Annabelle junto a su oído, haciéndole cosquillas en la nuca y provocándole un escalofrío.

—No —dijo él, negando con la cabeza—. He pensado que sería mejor dejar eso para otro día, despertar un poco su interés. Pero sí he traído el dibujo que hiciste.

Cuando entraron en el museo, Arie se acercó al mostrador de entrada y dijo al portero que iban a ver al señor Montgomery.

El portero los examinó de arriba abajo y, al parecer, decidió que eran de fiar, porque asintió y abandonó su puesto un momento para hablar con un empleado que estaba cerca.

El hombre desapareció y regresó unos minutos después.

—Por aquí. Pueden seguir al lacayo. Los conducirá hasta donde los esperan el señor Montgomery y los patronos.

—Muy bien —dijo Arie, sujetando con firmeza el brazo de Annabelle contra su costado.

Solo podía esperar que nadie allí lo reconociera.

Por fortuna, la mayoría de la gente de St. Giles no tenía motivo alguno para estar en el Museo Británico, e incluso los nobles que frecuentaban su establecimiento rara vez trataban con él en persona.

Damien y Xander habían sido los rostros que más a menudo se veían en Aphrodite’s, mientras Arie se mantenía en las sombras.

Si en alguna ocasión tenía que reunirse con uno de aquellos caballeros, normalmente era en una habitación en penumbra, con el sombrero siempre bien calado sobre la frente.

Dudaba que ninguno de ellos relacionara a aquel hombre con el que él aparentaba ser ese día.

Los hombres no solían fijarse bien en quienes consideraban inferiores.

Arie había pensado que una de las dificultades de hacerse pasar por marido y mujer sería que no estaba acostumbrado a tener a otra persona tan cerca.

Claro que estaba a menudo con sus hermanos, pero se habían reunido ya bastante tarde en la vida y no habían pasado mucho tiempo tan cerca unos de otros.

Las pocas veces que estaba con una mujer, siempre se apresuraba a tomar lo que necesitaba, darle lo que ella necesitaba y zanjar el asunto.

Nunca, jamás, pasaba ni un instante más con ella, y desde luego nunca la estrechaba contra sí.

Prefería no tocarla ni siquiera con los labios.

Y, sin embargo, de algún modo, la presión del brazo de Annabelle contra su costado, el aroma que ascendía de ella —a lo que él imaginaba que olería un huerto de cerezos silvestres—, resultaban reconfortantes.

Tranquilizadores. Sentía que de verdad tenía a alguien de su parte al enfrentarse a la junta de patronos del museo. Casi parecía que ella… le pertenecía.

Los condujeron entre hileras de estanterías casi tan altas como el techo, llenas de libros de un extremo a otro, hasta que llegaron a una puerta anodina y los hicieron pasar.

Dentro había una mesa redonda en el centro de la sala, rodeada de sillas de madera a juego que no parecían especialmente cómodas.

Seis estaban ocupadas: cuatro caballeros y dos damas.

A uno de los hombres, el señor Montgomery, lo conocía como el bibliotecario principal del museo.

—Bienvenido, señor Callas —dijo, poniéndose en pie, con la cabeza casi calva cubierta por unos cuantos mechones con los que valientemente había intentado tapar el resto—. Le agradecemos que haya acudido.

—Gracias —respondió Arie, permitiendo que su acento griego, del que se había deshecho por completo en los años transcurridos desde su llegada a Inglaterra, volviera a teñir su voz.

Annabelle alzó la vista hacia él con rapidez, y él prosiguió, dándole la información que necesitaría para sostener aquella impostura.

—Y permítanme presentarles a mi esposa, la señora Callas. Tuve la fortuna de conocerla cuando llegué a Inglaterra, y fue también ella quien sugirió que acudiéramos a ustedes con lo que tenemos, pues es una gran admiradora de su museo y además es artista.

—Por supuesto, por supuesto —dijo el señor Montgomery, indicándoles las dos sillas que quedaban libres—. Antes debo presentarles a algunos de nuestros patronos, que nos acompañan hoy movidos por el interés que suscita su trabajo. Tenemos al duque de Breckenridge y a su esposa, la duquesa.

La pareja, que parecía afable y exactamente lo que cabría esperar de un duque y una duquesa, asintió en su dirección.

—Y también tenemos a lord y lady Merryweather.

La mujer rubia, con una cicatriz que le cruzaba la frente, esbozó una amplia sonrisa mientras su marido asentía con rigidez.

—Y, por último, al señor Ellis Burns.

—Es un placer conocerles a todos —dijo Arie con cuidado—. Les agradezco mucho su tiempo.

—Ahora, señor Callas —dijo el señor Montgomery, juntando las manos con una palmada—. Todos hemos sentido una enorme curiosidad por el artefacto que ha traído consigo desde Grecia y estamos deseando verlo en nuestra colección.

A Arie se le revolvió el estómago al imaginar que el museo aceptaría tan fácilmente algo sobre lo que no tenía ningún derecho. Aunque, al fin y al cabo, eso era lo que hacían, ¿no?

—Tenemos muchísimas ganas de verlo —dijo el señor Burns, inclinándose hacia delante en su silla.

Arie obligó a sus labios a curvarse en una sonrisa que le resultaba totalmente antinatural, y solo pudo esperar que no pareciera la mueca que Diana había descrito cuando habían practicado antes.

—Lo entiendo, señor Montgomery —dijo, antes de dejar que los labios volvieran a su posición habitual—. Por desgracia, eso no va a ser posible.