Capítulo 4
A rie podría haber gritado de triunfo.
Pero nunca mostraba sus emociones y nunca se regodeaba. Eran dos reglas que habían ayudado a dar forma a su vida. Si mantenía a los demás en la incertidumbre, podía seguir yendo un paso por delante.
—Muy bien —dijo con indiferencia—. Si quieres empezar a practicar, hazlo.
—Pero... yo... —balbuceó ella, obviamente esperando más gratitud por su parte—. ¿Eso es todo? ¿Ni un «oh, gracias, Annabelle, estás haciendo realidad todos mis sueños»?
Si supiera de verdad el papel que desempeñaba en sus sueños, saldría huyendo de allí y de él tan deprisa como pudiera.
—Si haces esto por un simple agradecimiento, te vas a llevar una buena decepción —dijo, alzando la cabeza y disfrutando de la vista que tenía delante.
Sabía que debería haberle ofrecido asiento, pero estaba demasiado tentadora allí de pie, ardiendo de furia.
Era una suerte que la irritara, porque eso significaba que ella nunca se acercaría demasiado.
Metió la mano en la ordenada pila de papeles de su escritorio y sacó varias imágenes pintadas.
—Aquí tienes unas cuantas opciones que había pensado para el artefacto. Puedes estudiarlas y ver si eres capaz de reproducir alguna.
Era demasiado curiosa para su propio bien, porque alargó la mano y las cogió. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de él, y Arie perdió el hilo de sus pensamientos durante un instante por la sacudida que lo atravesó.
Annabelle pareció haberse recuperado mucho más deprisa —si es que le había afectado en absoluto— mientras repasaba las imágenes.
—Podría hacer cualquiera de ellas —dijo con una seguridad que lo atrajo todavía más.
—¿Pero...?
—Pero esta sería la más fácil de hacer pasar por una antigüedad —dijo, devolviéndole una hoja—. Es sencilla, pero llamativa. Además, podría fabricarla más rápido.
—Bien —dijo él con un leve asentimiento—. Hazlo. Y dime cuánto costará. Te pagaré todos los materiales.
—¿Quieres gemas auténticas o falsas?
—Hazla tan auténtica como puedas —dijo, sabiendo que le costaría mucho dinero, pero que al final merecería la pena.
—Muy bien —murmuró ella, examinándola más de cerca, y él pudo ver la luz en sus ojos mientras estos recorrían la hoja como si sus dedos acariciaran a un amante.
Se detuvo un momento, mirando no hacia él, sino hacia la mesa donde había dejado el cuaderno de dibujo, el carboncillo y las herramientas de escultura.
—No dejes que tu orgullo te detenga —gruñó Arie al advertir la mirada entornada que ella le lanzó, apreciando su carácter combativo, aunque jamás permitiría que lo supiera.
Empezó a caminar hacia la puerta, pero vaciló en el umbral, y Arie no pudo ocultar su sonrisa triunfal cuando ella se volvió y dio unos cuantos pasos lentos hacia la mesa.
Se inclinó y cogió un trozo de carboncillo; era evidente que estaba deseando ponerlo sobre el papel.
Sacó la silla de modo que él solo pudiera verle la espalda, se sentó, colocó el cuaderno ante sí y se inclinó sobre su trabajo.
Arie habría dado lo que fuera por saber qué estaba dibujando, pero estaba claro que ella quería impedir que viera lo que hacía.
Lo que no podía impedir, sin embargo, era el espectáculo que le brindaba.
Tenía la cabeza inclinada sobre la hoja y unos mechones de su cabello rubio le rozaban el costado del cuello.
Sus hombros descendían con elegancia, y Arie ansiaba acercarse a ella, alargar la mano y acariciar aquella piel suave iluminada por la tenue luz de la estancia.
Arie intentó volver a los libros de cuentas que tenía delante, pero descubrió que no podía apartar los ojos de Annabelle. La mujer que lo odiaba... y con razón. No es que lo quisiera de otra manera.
Al final, no pudo aguantarlo más, y echó la silla hacia atrás; sus pasos resonaron por toda la habitación mientras se acercaba a ella.
Se detuvo detrás de ella, contemplando la suave línea de su cuello.
Supo que había notado su presencia por la forma en que se le tensaron los hombros, aunque no dejó de trabajar.
—¿Qué estás dibujando? —preguntó, inclinando la cabeza mientras examinaba su trabajo.
—Me has dicho que esculpa —murmuró ella, sin alzar la cabeza—. Si trabajo en ello como hago con mi joyería, primero lo dibujo, me aseguro de tenerlo todo exactamente como lo quiero. Después me pongo a ello.
Arie hizo una pausa.
—No creo que así funcione la escultura.
Eso sí consiguió captar su atención, y levantó la cabeza para mirarlo.
—¿Perdón?
Se encogió de hombros.
—Simplemente no creo que funcione así. Creo que deberías poner las manos sobre la arcilla y dejar que la forma surja. Eso sí sería verdadero arte.
Apretó los labios mientras lo miraba, con la cabeza echada hacia atrás.
—¿Y eso cómo lo sabrías? ¿Eres algún tipo de artista secreto?
Él bufó.
—No tengo tiempo para eso.
—Porque el arte no es práctico, ¿es eso?
Se apartó de ella y fue hacia la pared, para que no tuviera que echar tanto la cabeza atrás para mirarlo a los ojos.
—Nunca he dicho eso.
Negó con la cabeza.
—Está claro que lo aprecio, si estoy haciendo todo esto para conseguir que lo devuelvan.
—Pero no lo harías tú mismo.
—No —dijo, cruzándose de brazos—. Tengo cosas más importantes que hacer.
Ella puso los ojos en blanco.
—Como quitarles a otros lo que se han ganado con esfuerzo.
—¿No dice el refrán «quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra»? —preguntó Arie, enarcando una ceja.
—Yo solo robé a un hombre que merecía que lo robaran.
—Entonces pensamos igual —dijo Arie, y ella se volvió de nuevo, ocultándole una vez más el azul brillante de sus ojos.
—No nos parecemos en nada —murmuró.
—Ahí es donde creo que te equivocas —dijo Arie—. Porque nos parecemos más de lo que imaginas. Pero no importa. Llévate los materiales si quieres practicar.
—¿Y después qué? —preguntó mientras seguía dibujando, fascinando a Arie con el roce de sus dedos sobre el papel.
—Después, cuando hayas creado las joyas, me pondré en contacto con el museo y les diré que tengo un artefacto que me gustaría donar. Pero también les diré que antes me gustaría conocer mejor el museo y asegurarme de que allí estará a salvo. Cuando nos inviten, iremos a visitarlo.
—¿Juntos?
—Sí. Fingirás ser mi esposa.
Se tragó la absurda oleada de entusiasmo que acompañó sus palabras. Nunca tendría esposa; ni ahora ni nunca, y desde luego no Annabelle.
Ella dejó el carboncillo y se recostó en la silla.
—Debo ser sincera contigo, Arie.
—No esperaría menos.
—No estoy segura de poder hacer de esposa complaciente contigo.
La sonrisa torcida de Arie no se correspondía con la punzada que le atravesó el corazón.
—Hacer de mi esposa forma parte del trabajo, Annabelle. Nadie ha dicho que tengas que ser una esposa solícita. Más de una esposa desprecia a su marido.
—Supongo que es verdad —dijo despacio, aunque él se dio cuenta de que la idea no le agradaba.
—Recoge tus cosas. Te mandaré aviso cuando llegue el momento —dijo, alejándose y regresando al escritorio mientras empezaba a preguntarse si aquella era la peor idea que había tenido en su vida.
Tal vez debería decirle sencillamente que lo olvidara.
Porque no estaba seguro de poder seguir adelante con todo aquello sabiendo que, hiciera lo que hiciera ella, no sería más que una actuación.
Cogió la bolsa blanda que él había dejado sobre la mesa y empezó a meterlo todo dentro, sin decir nada mientras lo hacía, hasta que alzó la vista y lo atravesó con la mirada.
—Tengo que preguntarte una cosa.
—Pues pregúntala —dijo, odiando que la gente anunciara que tenía una pregunta. Era una pérdida de palabras.
—¿Por qué significa esto tanto para ti?
Hizo una pausa antes de responder, sopesando cuánto compartir con ella. Al final, decidió que daba igual decirle la verdad.
—Porque hace casi treinta años, mi padre murió protegiendo precisamente estas estatuas de los intrusos.
Pero no importó lo que hiciera, porque se las llevaron de todos modos.
Después, mi madre murió de pena, consumida por la tristeza, y yo me quedé solo.
Grecia ya estaba a merced de los otomanos.
No necesitaba que además vinieran los ingleses a empeorarlo todo.
Ella abrió la boca, atónita, tal como él esperaba. Pero había pedido la verdad, y ahí la tenía.
—Cuánto lo siento —dijo en voz baja, pero él apartó su compasión con un gesto.
—No me tengas lástima —dijo, y las palabras le salieron más secas de lo que había pretendido—.
Mi pasado me ha convertido en el hombre que soy hoy.
Fue lo que me llevó a Inglaterra, lo que me impulsó a triunfar aquí.
Lo que necesito de ti es que hagas bien este trabajo, que me permitas obtener la reparación que busco, para mí, para mi familia y para toda Grecia. ¿Puedes hacerlo?
Ella le sostuvo la mirada un momento y, por fin, asintió. Él no se había dado cuenta de cuánto había estado esperando oír esas palabras.
—Puedo.
—Bien. Ahora vete. Tengo trabajo que hacer.
Y era verdad, pero había algo más. No creía poder soportar ni un momento más a solas con ella en la habitación, mirándolo con aquella combinación de odio y compasión, dos cosas que aborrecía.
—Muy bien. Adiós, entonces.
Él no respondió, sino que inclinó la cabeza y volvió a su trabajo, decidido a desterrar a Annabelle Kennedy de sus pensamientos.