Capítulo 3
A nnabelle contemplaba el engaste del broche que tenía delante. Era una pieza por encargo, destinada a ser un regalo para la condesa de Wanfield. Pero parecía haber perdido esa chispa creativa que solía impulsarla.
Todo por culpa de Arie Hondros.
Apartó la silla y empezó a recorrer la pequeña habitación de un lado a otro, como si moverse pudiera convencer a su inspiración para que regresara.
Así fue como Juliet la encontró media hora después.
—Annabelle, ¿qué te pasa? —preguntó desde donde estaba, enmarcada en la puerta—. Creía que había un rebaño de cabras desfilando detrás de esta puerta.
Annabelle resopló.
—Ojalá. Seguro que harían mejor trabajo con esta pieza que yo.
—¿Quieres contarme qué va mal? —preguntó Juliet, deslizándose dentro del cuarto y apoyándose contra la puerta, que se cerró a su espalda—.
—¿Que qué va mal? —repitió Annabelle, girándose hacia Juliet con las manos en las caderas—. Sabes perfectamente qué va mal. Es Arie Hondros y su ridículo plan. ¿Por qué tiene que involucrarme, Juliet? Tiene que saber cuánto lo odio.
Juliet se mordió el labio mientras entrelazaba las manos en un gesto de nerviosismo.
—Pues… La idea de que participaras no fue de Arie.
—¿Ah, no?
—No —dijo Juliet, negando con la cabeza y alzando la vista hacia Annabelle como disculpándose con la mirada—. Fue sugerencia mía.
—¡Juliet! —exclamó Annabelle—. Sabes lo que siento por él. Después de todo lo que te hizo hace años, cuando intentó separaros a Xander y a ti, y luego cómo intentó quitárnoslo todo hace bien poco… No sé cómo voy a poder perdonarlo nunca.
—Eres una amiga leal, Annabelle, y me considero más afortunada de lo que jamás podría imaginar solo por tenerte en mi vida y saber que estás de mi lado —dijo Juliet con una pequeña sonrisa—.
Y entiendo lo que dices. Arie… bueno, Arie es como un cardo borriquero: pincha y araña, a veces hace daño, pero al final da buena flor.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Solo significa que Arie tiene mejores intenciones de lo que creemos —dijo Juliet—. Aunque sea difícil entender sus motivaciones.
—Eres demasiado indulgente, Juliet; al menos cuando se trata de Xander y su familia —dijo Annabelle, cruzándose de brazos y negando con la cabeza—.
Cuando supe los motivos de Xander para abandonarte todos esos años atrás, así como sus intenciones de cara al futuro, eso sí cambió mi forma de ver quién era y lo que significaba para ti, pero en cuanto a Arie…
Juliet, de ese hombre no sale nada bueno.
Juliet ladeó la cabeza, con un rizo oscuro rozándole la frente mientras observaba a Annabelle, los ojos entrecerrados.
—Entiendo lo que sientes, aunque tengo algo que decir en contra.
—¿Ah, sí?
—Crió a Xander y a sus hermanos cuando él mismo era prácticamente un niño. Eso vale algo.
—Supongo —concedió Annabelle a regañadientes—.
—No pretendo obligarte a hacer nada que te resulte incómodo —dijo Juliet, acercándose y posando una mano en el hombro de Annabelle—. —Eres muy libre de decir que no si la idea no te gusta. —Solo quiero que tu antipatía por Arie no te impida ver la oportunidad.
Annabelle enarcó una ceja.
—¿La oportunidad de colarnos en uno de los mejores museos del mundo?
—Exacto —dijo Juliet con una risa—.
Annabelle tamborileó con el pie un momento, dándole vueltas una vez más.
—Tengo una pregunta —dijo, y Juliet alzó la mirada mientras esperaba—. ¿Qué quiere Arie exactamente que diseñe?
Juliet sonrió, sabiendo que había captado la atención de Annabelle. Porque si había algo a lo que Annabelle no podía resistirse, era al reto de crear algo nuevo.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo, encogiéndose de hombros con una inocencia que Annabelle sabía fingida—. Tendrás que preguntárselo al propio Arie.
* * *
Annabelle llamó a la puerta de la estrecha casa de ladrillo gris una hora después.
Estaba totalmente fuera de lugar en pleno St. Giles.
Se veía bien cuidada, con el exterior obviamente renovado hacía poco, e incluso la aldaba, sorprendentemente una cabeza de delfín, relucía ante Annabelle.
Entornó los ojos hacia ella, como si fuera una extensión del propio Arie, hasta que la puerta se abrió y Annabelle soltó un suspiro de alivio al ver que era Diana quien estaba al otro lado.
Diana y Wade, junto con dos niños a su cargo, se alojaban con Arie hasta que pudieran instalarse en su nuevo hogar, muy a pesar de Wade.
—Annabelle —dijo Diana, con la sorpresa evidente en la voz—. ¿Cómo estás? Pasa, por favor.
Annabelle asintió y entró, accediendo al vestíbulo de la casa en la que se había alojado una vez hacía unos años.
Desde entonces, había hecho todo lo posible por evitar el lugar y al hombre que lo poseía.
El vestíbulo era sencillo, pero elegante, no lo que habría esperado encontrar en St. Giles, con su papel pintado verde cazador y sus ribetes dorados.
—Estás aquí por el plan de Arie, ¿verdad? —preguntó Diana con su habitual perspicacia, y Annabelle asintió—.
—Tengo algunas preguntas. —Le entró un gran alivio al pensar que hablaría con Diana y no con Arie. —A lo mejor tú puedes ayudarme.
—Si tiene algo que ver con tu papel en el plan, me temo que no sé mucho —dijo Diana.
Le indicó a Annabelle con un gesto que la siguiera y se giró para recorrer el pasillo hacia la parte trasera de la casa.
—Arie ha sido muy reservado esta vez. Está en su despacho —dijo, señalando una puerta cerrada—. Puedes pasar.
—¿Quizá deberías ver si tiene tiempo para recibirme?
—preguntó Annabelle, notando el temblor en su voz y sintiéndose cobarde—.
Ahora que estaba aquí, empezaba a dudar de su decisión de ir, de siquiera plantearse tener algo que ver con un plan que no solo incluía a Arie Hondros, sino que él mismo había ideado.
Diana asintió con brusquedad y luego abrió la puerta, asomando la cabeza.
—¿Arie? —llamó—. Annabelle ha venido a verte.
Annabelle solo oyó un murmullo ronco desde dentro antes de que Diana abriera la puerta del todo.
—Adelante —dijo, y entonces, cuando Annabelle se obligó a dar un paso al frente, Diana le puso una mano en el antebrazo y le dio un breve y suave apretón. —Irá bien —susurró—. No dejes que note que estás nerviosa.
Annabelle asintió, deseando poder alargar la mano y aferrarse a la de Diana para obligarla a entrar con ella, pero sabía que era una idea insensata. En lugar de eso, dio un paso al frente, hacia la guarida de la bestia.
Sus ojos tardaron un momento en adaptarse. Las cortinas estaban corridas sobre la única ventana del despacho. Los colores de la estancia eran azul marino y verde oscuro, y la mayoría de los muebles, negros.
Annabelle estaba tan absorta estudiando el interior que no vio al hombre a quien pertenecía todo aquello hasta que fue demasiado tarde, y dio un respingo cuando su voz la sobresaltó más que darle la bienvenida.
—Señorita Kennedy —retumbó la voz desde la oscuridad que envolvía la silla tras el escritorio—, qué amable de su parte visitarme.
Su voz era grave, oscura y áspera, y provocó toda clase de estremecimientos cálidos y densos que recorrieron a Annabelle desde el pecho hasta su centro, un lugar donde Arie no tenía por qué afectarla.
Era un ser humano terrible, se recordó, lo que también planteaba la pregunta: ¿por qué estaba siquiera considerando la idea de trabajar con él?
Debería decir que no a su proposición y salir corriendo tan rápido como pudiera de aquel hombre.
—¿Qué puedo hacer por usted?
Annabelle salió de su ensimismamiento, recordándose a sí misma que debía mostrarse fuerte ante él.
—He venido a hacerle una pregunta —dijo, orgullosa de la claridad de su voz.
—¿Sí?
—Cuando dijo que me necesitaría para crear algo… ¿qué es exactamente lo que necesitaría?
—Es joyera, señorita Kennedy, ¿no es así?
—Sí. Y más vale que me llame Annabelle.
—Muy bien, Annabelle.
Oh, ¿por qué su nombre sonaba tan sensual saliendo de su lengua? Lo estaba haciendo a propósito. Tenía que ser así.
—Necesito una pieza con la que fingir que deseo hacer una donación al museo. Algo que, a simple vista, pudiera tomarse por un artefacto digno de incluir en su colección.
—Una pieza nueva nunca se consideraría un artefacto.
—No, yo nunca sugerí que lo fuera —dijo, claramente descontento de que ella lo desafiara.
Annabelle sabía que no eran muchos los que lo hacían—.
Jamás superaría, por supuesto, el examen de un auténtico experto.
Bastaría con que fuera una réplica lo bastante buena para resultar creíble a cierta distancia o en un vistazo rápido.
—Ya veo —dijo ella, mordiéndose el labio. Odiaba cuánto le gustaba la idea de un reto como el que él sugería.
—Así que… —dijo, y ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, podía ver el contorno de su rostro.
Tenía una mandíbula fuerte, cejas marcadas y unos ojos que atravesaban a una persona como si pudieran ver hasta su misma alma…
un alma que intentaría robar para el mismísimo diablo, Annabelle estaba segura—. …¿Puede hacerlo?
Annabelle soltó un bufido.
—Por supuesto que puedo hacerlo —dijo, cruzándose de brazos sobre el pecho—. La cuestión es si quiero.
—Además de crear la pieza —algo que habría que hacer más bien pronto— —continuó él como si ella no hubiera dicho nada —, necesitaría que fingiera que le gusta visitar el museo con otros fines. Quizá le apetece estudiar los mármoles en persona porque es escultora…
—Nunca he esculpido —dijo ella, aunque tenía que admitir que la idea de intentarlo no le parecía mal.
—¿Podría aprender lo básico?
—Sí.
—Entonces eso es lo único que importa. Si finge ser una dama de sociedad, solo necesita ser una aficionada. Si quiere probar, ya le he preparado material.
Señaló al otro lado de la vasta estancia, hacia una mesa situada en el extremo opuesto.
Annabelle se dio cuenta de que aquella habitación nunca había sido concebida como despacho: probablemente hubiera sido en origen una salita, un dormitorio o algo por el estilo.
Arie, sin embargo, había decidido a todas luces que necesitaba algo mucho más grandioso que el escritorio y las estanterías habituales para la base de sus operaciones.
Se preguntó dónde se llevarían a cabo todos los aspectos ilegales del negocio.
Era un hombre demasiado inteligente para guardarlo todo aquí.
Miró la arcilla y las herramientas metálicas que había al lado, y los dedos le pedían crear, aunque fuera con un material que no conocía. Sin embargo, de algún modo, la idea de hacer lo que él decía le dejó un sabor a derrota.
—No debería —dijo, negando con la cabeza—. Además, nunca acepté ayudarle.
—No ha dicho que haya aceptado, no —dijo él, con las cejas oscuras inclinadas sobre los ojos—. Pero lo hará.
—No pienso hacerlo —dijo ella, llevándose las manos a las caderas, y se dio cuenta de que debía de haber tensado el corpiño del vestido sobre los pechos, porque la mirada de Arie descendió desde su rostro y sintió un cosquilleo en la piel bajo su escrutinio.
Esperó que la invadiera el rechazo, pero en lugar de eso la recorrió un extraño calor. ¿Qué le pasaba?
—No pienso hacerlo —repitió, solo que esta vez supo que lo decía más por ella misma que por Arie… y su negativa no tenía que ver con el plan, sino con el hombre en sí.
Él echó la silla hacia atrás, y esta raspó contra el suelo, con un sonido que resonó en el silencio de la habitación.
Sus pasos fueron como el tictac de un reloj, avanzando hacia un desenlace —o un comienzo— incierto mientras se aproximaba a ella.
Annabelle se negó a retroceder, incluso cuando él se detuvo a un palmo de distancia.
Arie intimidaba a todo el que conocía, lo sabía, pero había algo más presente allí, en la habitación con ellos. Una vibración que parecía irradiar de él y enviar ondas de choque bajo su piel.
—Annabelle —dijo en un tono grave—, será mejor que lo acepte. Lo desea, aunque su mente le diga que no.
—No lo deseo —dijo ella, casi atragantándose con las palabras, pues era muy consciente de que, por desgracia, él tenía razón.
—Muy bien —dijo él, apartándose de ella tan bruscamente que Annabelle casi se queda sin aliento—. Váyase, pues.
—¿Perdón? —logró decir con un hilo de voz, desconcertada por el repentino cambio en él.
—Jamás, jamás obligaría a una mujer a hacer algo que no deseara —dijo—. Así que váyase. Lárguese. Ya encontraré a otra persona.
La exasperación invadió a Annabelle y le hizo apretar los puños. ¿De verdad era tan prescindible?
—Juliet dijo que su plan jamás funcionaría sin mí.
—No es cierto —dijo él, volviendo a ocupar su asiento y mojando la pluma en el tintero como si hubiera dado por terminada la conversación y hubiera pasado a otra cosa—. Jamás funcionará sin una mujer en el papel que necesito cubrir. Puedo encontrar a otra.
Sabía que la estaba manipulando, pero no pudo evitar que su desprecio la irritara.
—Pero…
—O lo toma o lo deja, señorita Kennedy.
Así que había vuelto a ser la señorita Kennedy. Annabelle estuvo a punto de dar una patada en el suelo de pura frustración. Se giró para marcharse y estaba ya a punto de salir cuando las palabras se le escaparon.
—Está bien. Lo haré.