Capítulo 30
Bittor y Joaquín coincidieron una tarde de finales de verano en la terraza del bar.
Miren había quedado con Bittor para despedirse antes de regresar definitivamente a Pamplona. Cuando Joaquín apareció al otro lado de la calle, redujo el paso al verlos y estuvo a punto de continuar.
Bittor levantó una mano.
—Siéntate. Ya hemos pasado demasiados años cada uno en su mesa.
Joaquín obedeció.
Al principio hablaron de la cosecha, de una helada temprana y de la salud de varias personas que Miren no conocía. Bittor se quejó de que los tomates ya no sabían como antes. Joaquín respondió que los plantaba demasiado juntos.
La conversación podía haber ocurrido en cualquier verano.
Solo el esfuerzo con que ambos evitaban Basaldea revelaba que estaban allí por otra cosa.
Bittor dejó la cucharilla junto a la taza.
—Yo los vi discutir.
Joaquín asintió.
—Yo oí la frase.
—Y ninguno creyó tener bastante.
Joaquín miró el fondo del vaso.
—No lo teníamos.
—Teníamos algo.
—No sabíamos qué era.
Bittor aceptó la corrección con un movimiento leve de cabeza.
Durante décadas habían habitado extremos distintos del mismo recuerdo. Uno conservó los gestos sin palabras. El otro, unas palabras sin rostros.
Miren había pensado muchas veces en aquella estructura desde que empezó a comprenderla. No la mencionó. Nombrarla habría convertido el dolor de ambos en un mecanismo demasiado limpio.
Bittor habló de la tormenta del 17 de julio, de la rama caída y del rosal enfermo. Joaquín describió la ventana entreabierta y el ruido de las herramientas dentro del cobertizo.
Compararon por fin sus recuerdos.
Descubrieron que aquella noche y aquella mañana habían estado separados por unos cientos de metros y por diferentes formas de no saber suficiente. Después los separaron casi cuarenta años de no preguntar al otro.
—Fernando vino a verme —dijo Joaquín—. Quería que siguiera dudando de mí mismo.
Bittor pasó un dedo por el borde de la taza.
—A mí no me hizo falta que viniera nadie. Ya lo hacía yo solo.
Se quedó callado.
Miren lo vio, porque llevaba semanas esperándolo sin saber si llegaría.
—Yo segué aquel prado quince veranos más —dijo el anciano.
Joaquín levantó la cabeza.
—Cada verano subía con la máquina y hacía las franjas desde la linde hasta el árbol. Y al llegar al tronco apagaba el motor y dejaba un metro sin tocar. Metro y medio, a veces. Por las raíces, que salen a flor de tierra y se secan si las descubres.
Movió la mano despacio sobre el hule de la mesa, dibujando el anillo.
—Es lo que se hace. Cualquiera que sepa del oficio te dirá que es lo que se hace.
Nadie contestó.
—Y me pagaban todos los meses —continuó—. En una finca donde no se plantaba nada, donde nadie bajaba a ver el jardín, donde el hotel no se hizo nunca. Quince años. Primero don Severino y después el hijo.
Dejó la mano quieta.
—Nunca me pregunté por qué.
La terraza siguió sonando igual. Alguien arrastró una silla dentro del bar y un coche pasó por la calle sin prisa.
Joaquín no dijo que no había sido culpa suya. No dijo que no podía haberlo sabido. No dijo ninguna de las cosas razonables y falsas que se dicen en esos momentos.
Estiró el brazo por encima de la mesa y le puso la mano en el antebrazo.
Bittor la miró un rato.
Después la dejó donde estaba.
—¿Crees que podríamos haber cambiado algo? —preguntó Joaquín al cabo.
El anciano miró el fondo de la taza.
—No sé qué habríamos cambiado entonces.
Lo miró.
—Sé lo que no cambiamos después.
No era una acusación. Los incluía a ambos.
Miren guardó silencio.
Cuando terminaron el café, Bittor intentó levantarse y tuvo que apoyarse con las dos manos en la mesa. Joaquín le ofreció el brazo sin hacer comentario alguno.
El anciano lo aceptó.
Caminaron juntos hasta la esquina donde sus caminos se separaban.
—¿Y ahora qué? —preguntó Bittor.
Joaquín miró hacia la calle que llevaba a su huerta.
—Ahora intentaremos no perder el tiempo que quede.
Bittor sonrió.
Al verlos alejarse, Miren pensó que la verdad no reparaba nada de lo que había ocurrido.
Después se fijó en que Joaquín seguía dándole el brazo cuando ya habían pasado el bordillo y no hacía ninguna falta.