El roble de Basaldea Capítulo 31
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Capítulo 31

La prima de Tomás se llamaba Ane Zubizarreta.

Tenía setenta y dos años y pidió visitar Basaldea antes de que la finca cambiara de manos. Leire trasladó la petición a Imanol, e Imanol llamó a Miren porque no quería recibirla solo.

—No sé qué se le dice a alguien que viene a ver dónde enterraron a su primo —admitió.

—No creo que espere que digamos lo correcto.

Ane llegó una mañana de septiembre con una carpeta azul bajo el brazo.

Era más baja de lo que Miren había imaginado y caminaba con una determinación que hacía innecesario ofrecerle ayuda. Saludó a Imanol primero. Después a Miren.

No miró hacia el roble hasta que las presentaciones terminaron.

Dentro de la carpeta llevaba tres fotografías.

En la primera, Tomás tenía doce años y sostenía un pez demasiado pequeño para justificar su orgullo. En la segunda, él y Ane estaban sentados en una playa de Bizkaia, cubiertos de arena hasta las rodillas. La última había sido tomada poco antes de su viaje a Navarra.

Tomás aparecía sonriendo, con el reloj junto al rostro.

—Se lo regalaron mis tíos cuando terminó la carrera —explicó Ane—. No tenía muchas cosas buenas. Ese reloj sí lo era.

Miren observó la fotografía.

El objeto que había encontrado deformado por la tierra volvía a estar entero sobre la muñeca de alguien. No era una prueba. Era un regalo.

—La policía encontró a la mujer que llamó en noviembre —dijo Ane—. La que preguntó por él y dejó un teléfono.

—¿Sigue viva?

—Vive en Getxo. Tiene setenta y cuatro años, dos hijos y un marido enfermo.

Ane cerró la carpeta.

—Le dijeron dónde estaba enterrado y quién lo había enterrado. Preguntó si le habían hecho daño. Le dijeron que fue rápido. Después dio las gracias y dijo que no iba a venir.

—¿Le pareció mal?

—Me pareció justo. Treinta y ocho años son treinta y ocho años. Ella hizo la única llamada que hizo alguien en el ochenta y ocho. Con eso ya cumplió más que todo este valle.

Caminaron hacia el prado norte.

Las cintas policiales habían desaparecido, sustituidas por balizas discretas de Patrimonio. El cromlech permanecía protegido hasta que terminara su documentación. Bajo el roble, la hierba nueva empezaba a cubrir la cicatriz de la excavación.

Ane se detuvo antes de alcanzar el árbol.

—Durante años me enfadé con él —dijo—. Pensé que se había marchado sin querer que lo encontráramos.

Mantuvo la vista en el prado.

—Después me sentí culpable por haberlo pensado. Luego volví a enfadarme. No se puede conservar una sola emoción tanto tiempo. Se estropea. Cambia de forma.

—No —dijo Imanol.

Ella se volvió hacia él.

Sabía ya quién era, la edad que tenía en 1988 y el papel de Fernando en su silencio.

—Usted era el niño.

—Sí.

—No voy a decirle que no tuvo ninguna culpa. No lo conozco lo suficiente y no me corresponde absolverlo.

Imanol bajó la mirada.

—Lo entiendo.

Ane se acercó un paso.

—Pero tenía catorce años. Los adultos de esta casa fueron quienes decidieron qué hacer con su miedo. Después usted tuvo que decidir qué hacía con él cuando dejó de ser un niño.

—Y tardé demasiado.

—Sí.

No hubo crueldad en la respuesta.

Tampoco consuelo.

Ane abrió la carpeta y entregó a Miren una copia de la fotografía del reloj.

—Quédese con esta.

—Debería conservarla usted.

—Tengo otra. Usted fue quien lo sacó de la tierra.

Miren aceptó la imagen.

Ane caminó hasta el roble y apoyó la palma en la corteza. Cerró los ojos.

No lloró.

Permaneció allí durante varios minutos mientras el viento movía las hojas por encima de su cabeza. Imanol se mantuvo a distancia. Miren miró hacia las piedras protegidas y pensó que incluso la intimidad necesitaba a veces testigos que supieran no acercarse.

Cuando Ane regresó, llevaba una pequeña astilla de corteza adherida a la palma. La retiró con cuidado y la dejó caer.

—No quiero un monumento —dijo—. Ni una placa grande. Solo quiero que el nombre de Tomás figure en el expediente del yacimiento. Que dentro de cincuenta años, si alguien consulta quién encontró estas piedras, no aparezca como un técnico anónimo.

Patrimonio aceptó la petición semanas después.

La ficha del conjunto funerario incorporó el nombre de Tomás Illarramendi , autor de la primera documentación conocida, realizada en julio de 1988.

Era una reparación pequeña.

No devolvía su vida, no castigaba a Severino y no borraba el silencio de nadie.

Precisamente por eso resultaba verdadera.

Miren abandonó Basaldea aquella tarde.

Antes de subir al coche, Ane la abrazó. Fue un gesto breve, sin palabras. Imanol permaneció junto al camino hasta que ella arrancó.

En el retrovisor, la casa se redujo entre los árboles y desapareció después de una curva.

Miren no sintió que dejara atrás un caso resuelto.

Había demasiadas cosas que ninguna investigación podía devolver. Demasiadas respuestas que llegaban cuando quienes más las necesitaban ya habían muerto o envejecido esperando.

Sintió otra cosa.

El lugar ya no dependía de ella para seguir hablando.

Tomás tenía un nombre en el expediente.

Ane tenía un lugar al que dirigir su duelo.

Imanol había pronunciado por fin lo que sabía.

La tierra podía volver a ser tierra sin convertirse otra vez en silencio.

Miren guardó la fotografía de Tomás en la guantera y continuó hacia Pamplona.

Por primera vez desde que había llegado a Basaldea, no miró hacia atrás.