El roble de Basaldea Capítulo 29
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Capítulo 29

El comprador se retiró once días después de la declaración de Fernando.

La comunicación llegó a través de los abogados, en un correo de tres párrafos que evitaba cuidadosamente cualquier palabra emocional. Las nuevas circunstancias afectaban a la viabilidad económica, a la reputación del proyecto y a la superficie disponible.

Patrimonio había iniciado el procedimiento de protección del cromlech y el depósito de cremación.

Miren leyó la carta en el despacho de Basaldea. Imanol permanecía de pie al otro lado de la mesa que durante décadas había servido para convertir decisiones familiares en hechos inevitables.

—Al final Tomás tenía razón en todo —dijo—. Ni siquiera muerto pudieron construir encima.

No había satisfacción en su voz.

Solo el cansancio de comprobar que un crimen cometido para proteger el futuro no había protegido nada.

La familia decidió vender la finca sin proyecto hotelero. Imanol aceptó encargarse de lo imprescindible hasta encontrar comprador: mantener cerrada la casa, coordinar las visitas y evitar que el abandono terminara de destruir lo que los Valderas no habían conseguido salvar.

Miren concluyó el estudio esa semana.

El pago que Fernando había intentado retener quedó cubierto por la cuenta de la operación, después de que los abogados aceptaran que el trabajo estaba realizado, documentado y entregado.

Le importó menos de lo que habría imaginado al llegar, aunque sabía que aquel dinero les daría margen a Unai y a Peio al comenzar el invierno.

Aquello también formaba parte de su responsabilidad.

No todo lo que importaba en Basaldea estaba relacionado con el muerto.

Entregó a Imanol dos documentos.

El primero era el estudio técnico: pendientes, drenajes, patologías del suelo, especies recuperables y costes aproximados. El trabajo para el que había sido contratada, terminado con el mismo rigor que si no hubiera encontrado nada bajo el roble.

El segundo ocupaba una sola página.

Recomendaba excluir de cualquier intervención paisajística el entorno inmediato del árbol y coordinar cualquier actuación con Patrimonio. No proponía flores conmemorativas, senderos interpretativos ni bancos desde los que contemplar el lugar.

Después de todo lo ocurrido, añadir significado le parecía otra manera de apropiarse de él.

Imanol leyó la página.

—¿Nada? —preguntó—. ¿Ni una placa?

—Eso debe decidirlo la familia de Tomás.

—¿Y nosotros?

Miren observó el roble a través de la ventana.

—Nosotros ya hemos decidido demasiado sobre ese lugar.

Imanol volvió a mirar el informe.

—¿Qué necesita la tierra?

—Que dejemos de exigirle que nos sirva para algo.

Doblaron la página dentro del documento principal.

Antes de marcharse, Miren recorrió una última vez los jardines.

Marcó los tejos que podían salvarse. Fotografió el rosal silvestre junto al muro y anotó que uno de los manzanos del lado sur necesitaría una poda severa antes del invierno. Cerró la caseta de herramientas y entregó la llave a Imanol.

En el prado norte, las protecciones de Patrimonio cubrían las piedras. El hueco donde había permanecido Tomás ya no estaba abierto. La tierra había sido repuesta por capas y nivelada con cuidado, aunque el color tardaría meses en igualarse.

Miren se agachó y tocó la superficie sin presionar.

Pensó en el primer día, cuando todo terreno desconocido le parecía a punto de transformarse en cotas, pendientes y tipos de suelo.

Basaldea no había desmentido aquella mirada profesional.

La había ampliado.

Un lugar estaba hecho de agua, raíces, piedras y materia orgánica.

También de aquello que las personas habían decidido no decir sobre él.

Se levantó.

Imanol la esperaba junto al sendero.

Regresaron hacia la casa sin hablar hasta que él se detuvo a mitad de camino.

—El manzano del lado sur. Lo de la poda severa. ¿Antes o después de la primera helada?

—Antes. Y no espere a que caiga toda la hoja.

Imanol asintió.

Después dio la vuelta al informe y lo apuntó en el dorso, apoyando el papel contra la palma de la mano.