Capítulo 28
Elena regresó dos días después para ampliar y ratificar su declaración.
Acudió a Aoiz con un abogado y una lista de fechas escrita con su propia letra. No quería que el miedo, la edad o la vergüenza le permitieran transformar la historia mientras la contaba.
Repitió el hallazgo del cajón atascado, el cuaderno, el informe y la carta inacabada. Explicó las contradicciones entre las fechas. Enumeró las ocasiones en que estuvo a punto de entregar los documentos y las razones que utilizó para no hacerlo.
No pidió que aquellas razones parecieran mejores de lo que eran.
Leire la escuchó sin tratarla como cómplice del homicidio ni como una mujer redimida por haber hablado al final. Consignó cada dato y le explicó que la fiscalía tendría que valorar las consecuencias jurídicas de su ocultación.
—La entrega voluntaria quedará reflejada —añadió—. También el tiempo durante el que conservó las pruebas.
Elena agradeció que no la consolara.
Lo que más temía no estaba en la comisaría.
Esa noche esperó a su hija en la cocina.
Había preparado café y colocado dos tazas sobre la mesa. Cuando oyó la llave en la puerta, las retiró. No quería esconderse detrás del gesto de servir, recoger o endulzar algo mientras contaba lo que había hecho.
—Necesito hablarte de Tomás Illarramendi.
Su hija no se quitó el abrigo.
Se sentó despacio.
Elena comenzó en el verano de 1988. No omitió el dinero invertido en el hotel, ni el miedo a perderlo, ni la utilidad que durante años atribuyó a aquellos documentos como protección frente a Fernando. Tampoco presentó el silencio como una forma de cuidar a su familia.
Había sido miedo.
Había sido conveniencia.
Había sido cobardía.
Con el tiempo, las tres cosas se mezclaron tanto que ya no podía separarlas.
Su hija escuchó sin interrumpir. Solo cambió de postura cuando Elena mencionó la caja transportada durante las mudanzas y las veces que Mikel durmió en la misma casa sin saber lo que había detrás de las mantas.
—¿Papá sospechaba algo?
—No se lo conté. Creo que sabía que había asuntos de los que su familia no hablaba. Mikel era muy bueno apartándose de todo lo que pudiera obligarlo a elegir.
—¿Y tú?
Elena aceptó la pregunta.
—Yo elegí todos los días.
—Elegiste callar.
—Sí.
Su hija se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, Errein estaba oscuro. En el cristal se reflejaba la cocina y, dentro de ella, las dos mujeres separadas por una mesa vacía.
—Podrías haber evitado casi cuarenta años de incertidumbre para su familia.
—Sí.
—Podrías haber impedido que Fernando siguiera controlándoos a todos.
—Tal vez.
—Podrías habérmelo contado cuando murió papá.
Elena bajó la mirada.
—También.
Su hija se volvió.
Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba. La rabia le daba una quietud más difícil de soportar que los gritos.
—¿Y por qué ahora?
Elena tardó en responder, porque la respuesta verdadera era la peor de todas.
—Porque en marzo pedí la división de la finca. Quería sacar el dinero de tu abuelo y dejártelo a ti. Por eso hubo un comprador, y por eso hubo un estudio del terreno, y por eso apareció ese hombre.
—Mamá.
—Y porque Fernando me llamó por teléfono y me dijo que si hubiera esperado un año más nada de esto habría pasado. Y añadió que no lo decía por reprochármelo. Que lo decía porque era así.
Su hija se quedó muy quieta junto a la ventana.
—¿Y tú te lo creíste?
—Llevaba media vida esperando que alguien de esa familia me lo dijera.
—Entonces te voy a decir una cosa, y no es para consolarte.
Volvió a la mesa, pero no se sentó.
—Que apareciera no fue culpa tuya. Eso lo hizo el hombre que lo enterró. Lo que es culpa tuya es que tardara treinta y ocho años.
Elena sintió que algo se le acomodaba dentro del pecho, en un sitio que había estado torcido mucho tiempo.
—Sí —dijo—. Eso es exactamente así.
—No sé cómo perdonarte esto.
—No te lo he contado para que me perdones hoy.
—¿Entonces para qué?
—Porque no quiero que lo que ocurra entre nosotras a partir de ahora dependa de otra mentira.
No hubo abrazo.
Tampoco una ruptura definitiva.
Su hija se marchó después de decir que llamaría al día siguiente. No lo formuló como una promesa solemne, sino como quien todavía no sabe qué hará con el dolor pero se niega a convertirlo también en silencio.
Elena permaneció en la cocina.
Durante décadas había imaginado que entregar la caja dejaría un vacío peligroso en su vida. Un hueco por el que entrarían el miedo, las consecuencias y la pérdida de su familia.
Ahora comprendía que el vacío ya estaba allí.
Lo habían ocupado los documentos.
Lo había ocupado Fernando.
Lo había ocupado una decisión que ella repetía cada día sin volver a tomarla.
Aquel espacio vacío dejó de parecerle una amenaza.
Le pareció el lugar exacto que dejaba una mentira cuando por fin era retirada.