Capítulo 27
Leire llegó con dos agentes.
No entró deprisa ni levantó la voz. Antes de cruzar el umbral observó la posición de cada uno: Fernando detrás de la mesa, Miren junto a la puerta e Imanol de pie frente a la ventana.
La declaración mecanografiada permanecía en el centro del escritorio, con la pluma a un lado y el espacio de la firma todavía vacío.
—Nadie toca nada —dijo.
Uno de los agentes fotografió la habitación. El otro pidió a Fernando que se apartara de la mesa.
Leire separó a los tres.
Escuchó primero a Miren en el pasillo. Después a Imanol, en la biblioteca. No les permitió hablar entre ellos hasta que ambos hubieron repetido, con las mismas palabras, las dos frases que acababan de romper aquel silencio.
Leire regresó al despacho.
Introdujo la declaración falsa y la pluma en bolsas de pruebas distintas. Anotó la hora y cerró ambas.
Fernando seguía sentado. Había recuperado la compostura suficiente para mantener las manos quietas, pero no para mirar a Imanol.
—Va a acompañarnos a comisaría —dijo Leire—. Las presiones sobre una testigo y el intento de obtener una declaración falsa han ocurrido ahora. Allí, con asistencia letrada, decidirá si quiere declarar sobre los hechos de 1988.
Fernando no preguntó si estaba detenido.
Miró por fin a Imanol.
Durante un instante pareció buscar al muchacho descalzo que obedecía porque aún no sabía que podía negarse. Encontró a un hombre de cincuenta y dos años que no apartó la vista.
—Mi padre lo mató —dijo Fernando.
Leire levantó una mano.
—No siga hablando sin abogado.
—Lo golpeó en el despacho. Una sola vez.
Su voz no temblaba. Había cruzado el punto en que el miedo sirve todavía para contener las palabras.
—En comisaría —repitió Leire.
Al salir pidió detenerse un momento junto al roble.
—Solo un minuto.
Leire negó con la cabeza.
No hubo dureza en su voz, únicamente una frontera.
—Ha tenido treinta y ocho años para mirar ese lugar.
Fernando no insistió.
En Aoiz esperaron a que llegara su abogado. La primera declaración formal empezó pasada la una y terminó casi tres horas después.
Fernando contó que Severino golpeó a Tomás en la sien con el pisapapeles de bronce cuando el arqueólogo anunció que retiraría su firma y denunciaría la falsedad del informe. Que el impacto lo hizo caer contra el borde de la chimenea. Que durante unos segundos ambos creyeron que se levantaría.
No lo hizo.
Leire dejó que llegara hasta el final antes de volver atrás.
—¿Quién cerró la puerta del despacho?
—Mi padre.
Ella lo anotó sin comentar nada.
—¿En qué momento?
—Después. Cuando le buscó el pulso.
—¿Quién decidió no pedir ayuda?
—Mi padre. Dijo que nadie creería que había sido un accidente. Que el informe, la discusión y el dinero convertirían cualquier explicación en homicidio.
—¿Y usted qué dijo?
Fernando miró a su abogado y después la mesa.
—Nada. Me mandó limpiar el suelo y esperar a la noche.
—¿Quién avisó al encargado de que mandara a la cuadrilla a casa a las seis?
Fernando levantó la cabeza.
Era la primera pregunta de la tarde que no había previsto.
—No lo recuerdo.
—En una obra de aquel tamaño había un encargado —dijo Leire—, y los encargados llevan libretas de jornales. Estamos buscándolo.
Fernando sabía cómo se llamaba, dónde vivía y que las guardaba todas.
No lo dijo.
El abogado apoyó una mano en la mesa y pidió unos minutos.
Fernando dijo que no eran necesarios.
Leire pasó una hoja.
—Una última cosa de administración. Después del ochenta y ocho no se invirtió nada en Basaldea. Ni obra, ni licencia, ni proyecto. Pero usted y su padre siguieron pagando quince años a un jardinero.
—Bittor llevaba toda la vida allí.
—¿Y qué hacía?
—Segar. Limpiar. Lo de siempre.
—¿Segar qué?
Fernando tardó un segundo.
—El prado.
Leire lo anotó.
—¿Y por qué dejaron de pagarlo?
—Se retiró. Tenía sesenta años y no podía con la máquina.
—¿Por qué no lo sustituyeron?
—Porque no había nada que mantener.
—Durante quince años sí lo hubo.
Fernando no respondió.
Continuó. Trasladaron el cuerpo hasta el prado norte aquella noche, en la furgoneta de la finca, envuelto en la alfombra del despacho.
Cavaron entre las raíces, al norte del tronco.
Quemaron después la ropa, la mochila y los papeles que encontraron en la habitación.
La cámara y las herramientas fueron abandonadas en lugares distintos, fuera del valle.
No recordaba haber visto el reloj.
Durante décadas había preferido creer que el cuaderno y la copia del informe se habían destruido con todo lo demás.
—¿Por qué ayudó a Severino? —preguntó Leire.
Fernando permaneció un largo rato mirando sus manos.
—Porque era mi padre.
Leire esperó.
—Porque tenía veintiocho años y llevaba toda la vida haciendo lo que él conseguía presentar como inevitable.
Porque, cuando me dijo que limpiara, limpié.
Cuando me dijo que esperara a la noche, esperé.
Y cuando terminé de cavar, ya era demasiado tarde para convertirme en la persona que habría dicho que no.
Lo dijo bien.
Lo dijo con la cadencia exacta de un hombre que llevaba décadas ensayando esas palabras, y que las había encontrado.
—Después tuvo treinta y ocho años —dijo Leire.
Fernando cerró los ojos.
—Sí.
Aquella palabra no lo justificaba.
Precisamente por eso fue la parte más sincera de su declaración.
Leire le explicó, en presencia de su abogado, que la fiscalía tendría que estudiar por separado los delitos antiguos, la posible prescripción y las conductas cometidas durante la investigación de 2026. Fernando escuchó sin discutir.
Había imaginado muchas veces una detención, un juicio y una condena.
Nunca había imaginado algo más incómodo: que la ley pudiera llegar tarde y la verdad, en cambio, no.
Cuando el abogado salió a hacer una llamada, Leire se quedó sola con él unos segundos y guardó el bolígrafo.
—Una cosa más, y no consta en la declaración —dijo—. Su sobrino tenía la puerta cerrada con llave. Eso no lo ordena nadie desde el suelo de un despacho.
Fernando no contestó.
Volvió a colocar bien, con dos dedos, el borde de la carpeta que tenía delante.
Cuando Miren terminó de ratificar su declaración, encontró a Imanol en un banco del aparcamiento.
La noche empezaba a caer sobre Aoiz. Los coches entraban y salían, ajenos a ellos.
—¿Está bien? —preguntó.
—No.
Imanol respondió sin pensarlo.
Después se inclinó hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas.
—Pero creo que algún día podré estarlo.
Miren se sentó a su lado.
—Durante años pensé que callar era no hacer nada —continuó él—. Como si el silencio fuera un hueco. Algo sin peso.
—Tenía catorce años cuando empezó.
—Y cincuenta y dos cuando terminó.
No buscaron una frase capaz de absolverlo ni de devolver el tiempo perdido.
A veces, pensó Miren, decir la verdad no aligera de inmediato lo que uno lleva encima.
Solo impide seguir añadiéndole años.