Capítulo 26
Fernando citó a Miren a primera hora con el pretexto de revisar el cierre económico del encargo.
El mensaje llegó antes de las siete:
Necesito las mediciones finales y hablar del pago pendiente. A las nueve en el despacho.
Miren respondió que acudiría.
Después avisó a Leire.
La investigadora le indicó que no firmara ni aceptara ningún documento relacionado con el hallazgo, que no discutiera con Fernando sobre el contenido de su declaración y que la llamara de inmediato si intentaba presionarla o impedirle marcharse.
No le pidió que grabara ni que provocara ninguna conversación.
Cuando Miren entró en el despacho, Imanol ya estaba allí.
Fernando lo había llamado como responsable de la gestión ordinaria de la finca y testigo del estado de los trabajos. Permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos pegados al cuerpo y la vista fija en una hoja situada sobre la mesa.
Había también una carpeta, el talonario de pagos y una pluma.
Miren no se sentó.
—Leire me pidió que no hablara con usted del caso sin avisarla.
—Esto no es una conversación sobre el caso —respondió Fernando—. Es una aclaración profesional necesaria para cerrar su trabajo.
Empujó la hoja hacia ella.
El título estaba centrado y escrito en mayúsculas:
DECLARACIÓN ACLARATORIA SObrE LOS TRABAJOS DE SONDEO
Miren leyó.
El texto afirmaba que la cuadrilla había ampliado la cata antes de que ella comprobara personalmente la ubicación del reloj; que cualquiera de los trabajadores podía haber desplazado el objeto al retirar tierra; que las fotografías no garantizaban su posición original y que la zona había sufrido una alteración mayor de la consignada antes de la llegada de la Policía Foral.
Cada frase estaba construida alrededor de una posibilidad.
Juntas formaban una mentira.
Miren dejó la hoja sobre la mesa.
—No voy a firmar esto.
—No le estoy pidiendo que mienta —dijo Fernando—. Le pido que reconozca los límites de lo que observó.
—Vi aparecer el reloj. Lo fotografié antes de moverlo. Unai y Peio declararon lo mismo.
—Sus trabajadores dependen de usted.
—Y yo dependo de que mi firma signifique algo.
Fernando señaló el talonario.
—Queda pendiente casi la mitad de sus honorarios. La venta se ha paralizado por un hallazgo cuya cadena de custodia comenzó bajo su responsabilidad. Si el comprador reclama daños, tendrá que demostrar que su actuación fue impecable.
—Lo está intentando por segunda vez.
La frase lo detuvo.
—¿Qué?
—Primero quiso que introdujera una duda al hablar. Ahora quiere mi firma al pie de esa duda.
Fernando miró a Imanol.
—Esto es una reunión profesional. Necesito que conste que estuvo presente.
Imanol no respondió de inmediato.
Miró la hoja, la pluma y el espacio en blanco.
—¿Que conste? —dijo.
—Que había un testigo. Nada más.
Imanol tomó la declaración. Leyó el último párrafo y pasó el pulgar por la línea destinada a la firma.
—Esto es lo mismo.
—No sabes de qué hablas.
—Sí lo sé. Conseguir una firma y esconderse después detrás del papel. Lo mismo que hicisteis con Tomás.
Fernando dio un paso hacia él.
—No compares asuntos que no entiendes.
—Me has llamado para que conste que estuve presente.
Imanol dejó la hoja sobre la mesa, muy despacio, como si pesara.
—Soy dueño de un tercio de esta finca, Fernando. Si ella firma ese papel delante de mí, yo dejo de ser un crío de catorce años que vio tierra removida.
Levantó la vista.
—Me convierto en un hombre de cincuenta y dos que estaba en la habitación.
El color desapareció del rostro de Fernando.
—Nadie te está pidiendo eso.
—Me lo estás pidiendo desde las nueve de la mañana. Igual que me lo pediste con un perro que nunca existió.
—Eras un crío.
—Lo era.
Imanol no levantó la voz.
—Y llevo desde entonces permitiendo que me hables como si todavía lo fuera.
Miren mantuvo el teléfono en la mano. No marcó todavía. Leire había dicho que no provocara nada; no que interrumpiera a quien por fin había decidido hablar.
—Yo no vi el cuerpo —continuó Imanol—. Esa ha sido siempre tu defensa. Que no vi nada.
Fernando respiraba deprisa.
—No viste nada.
—Dímelo otra vez.
—Imanol.
—Dime qué no vi.
Fernando golpeó la mesa con la palma.
—Tú no viste nada. Cuando lo llevamos al roble, estabas encerrado en tu cuarto.
El silencio llegó antes de que la frase terminara.
Fernando se quedó inmóvil.
Imanol tampoco se movió.
Miren sintió el pulso en la mano que sujetaba el teléfono.
—Has dicho «lo llevamos» —dijo Imanol.
Después, en voz más baja:
—Y has dicho «encerrado».
Fernando miró la declaración falsa.
Después la pluma.
Después el roble, visible a través de la ventana.
Había dedicado casi cuarenta años a vigilar las palabras de todos los demás: las de Bittor, las de Joaquín, las de Elena, las de Imanol.
Al final no lo destruyó ninguna de ellas.
Lo destruyeron dos propias.
Miren marcó el número de Leire.
Fernando no volvió a bloquearle el paso.