Capítulo 25
Su padre seguía con el pisapapeles en la mano.
Fue lo primero que Fernando pensó, y lo pensó con una claridad administrativa que más tarde le daría más vergüenza que ninguna otra cosa de aquel día: que había que quitárselo.
Se lo quitó. Lo dejó en el ángulo de la mesa, encima de las facturas del banco, donde había estado siempre.
Tomás estaba en el suelo, entre el borde de la chimenea y la pata izquierda del escritorio.
Severino se sentó. No en su silla, sino en la de las visitas, que era la que tenía más cerca.
—Ha sido un accidente.
—Sí.
—Le he dado una vez. Una sola. Se ha caído contra la piedra.
—Sí.
—Voy a llamar a Aoiz. Que venga el médico y que venga la Guardia Civil, y que vean cómo está la chimenea.
Se levantó.
Y Fernando, que tenía veintiocho años, dijo una palabra.
—Espera.
Después dijo el resto, y lo dijo bien, porque explicar cosas se le había dado bien toda la vida y porque nunca en veintiocho años había tenido delante a alguien que necesitara tanto que se las explicaran.
Que había un informe firmado el día anterior.
Que ese informe era falso y que el cuaderno del hombre que estaba en el suelo lo demostraba con fechas.
Que la mañana anterior media finca había podido ver desde el jardín cómo discutían junto al roble.
Que tres noches antes él le había ofrecido dinero en la cocina, y que aunque no hubiera pronunciado ninguna cifra en voz alta, había escrito una en un papel.
Que el hombre había entrado en el despacho a decir que se retractaba.
—Es la verdad —dijo Severino—. Ha sido un accidente. Yo lo he visto.
—Tú y yo lo hemos visto. Nadie más.
—Es la verdad.
—Papá, tú no vas a contar esto en esta habitación. Lo vas a contar delante de un juez que va a tener ese informe encima de la mesa. Ordena esos hechos en cualquier orden que se te ocurra y dime en cuál de ellos sale la palabra accidente.
Severino no contestó.
Fernando esperó. Le habría bastado con que su padre insistiera una vez más, con que diera un puñetazo en la mesa o le ordenara callarse. Estaba acostumbrado a que se lo ordenaran.
Su padre lo miró como no lo había mirado nunca.
Fue la única vez en su vida que Fernando vio a Severino Valderas esperar a que decidiera otro.
Y decidió.
Durante el resto de su vida se contaría que aquella tarde él solo había estado explicando. Que había expuesto una situación, no propuesto una salida. Que su padre era quien mandaba y quien había levantado la mano, y que a él le había tocado limpiar.
La distinción era falsa y la sostuvo con esmero, porque era lo único que consiguió salvar de aquel día.
A las cinco llamó por teléfono al encargado y le dijo que mandara a la cuadrilla a casa a las seis. No dio ningún motivo y no se lo pidieron.
Después limpió.
Lo que había ido a los ladrillos del hueco de la chimenea no salía con agua. La alfombra, en cambio, había retenido casi todo, y aquello le pareció una suerte durante el tiempo exacto que tardó en entender para qué iba a servirle.
Vació el cubo dos veces en el desagüe del patio, mirando el agua pasar de rosa a marrón, y después fregó otra vez el mismo metro cuadrado porque no se le ocurría qué otra cosa hacer con las manos.
Aprendió aquella tarde que limpiar no es hacer desaparecer.
Es trasladar.
Mientras fregaba, construyó el viaje.
Un autobús temprano. Pamplona. La prisa del hombre. La conversación escasa durante el trayecto. Guardó para más adelante lo de la mujer de Bilbao, que le pareció demasiado bueno para gastarlo el primer día.
Durante la cena dijo, sin que nadie preguntara, que llevaría al arqueólogo a Pamplona.
Elena levantó la vista del plato.
Mikel no.
Su padre se retiró antes del café alegando dolor de cabeza. A las diez la casa estaba a oscuras; nunca lo había estado tan pronto. Nadie recogió la cocina. Fernando esperó sentado, sin luz, oyendo cómo el edificio se quedaba quieto piso por piso.
A las once subió.
La puerta del cuarto de Imanol estaba entornada y dentro se oía la respiración densa de un chico de catorce años que llevaba desde el amanecer cargando cubos con Bittor. La llave estaba puesta por fuera, como en todas las habitaciones de la casa.
Fernando la giró.
No le costó nada.
Bajó las escaleras diciéndose que abriría antes de que el chico despertara.
Cumplió esa parte.
Registraron la habitación de Tomás antes de mover el cuerpo. Fue idea de Severino y Fernando aceptó el orden, aunque significaba que Tomás iba a esperar un rato más donde estaba.
Encontraron la ropa, las herramientas, los carretes sin revelar y los papeles de la mesa. No encontraron el cuaderno.
—Me ha dicho que estaba fuera de mi alcance.
Su padre repitió aquella frase tres veces a lo largo de la noche, cada vez con menos furia y más miedo. Levantaron el colchón. Miraron detrás del armario y debajo de la cama. Volcaron el contenido de los cajones sobre el somier y los dejaron abiertos.
A ninguno de los dos se le ocurrió sacarlos de las guías.
Sacaron el cuerpo por la puerta de servicio, envuelto en la alfombra del despacho.
La furgoneta estaba aparcada detrás de la casa, con el morro hacia el prado. Fernando había dejado las llaves puestas para no tener que buscarlas. Discutieron en voz baja, junto a la puerta abierta, si llevar dos palas o una. Su padre dijo que dos hacían el doble de ruido.
Se equivocaba, pero Fernando no lo corrigió.
El peso fue lo primero que no se pareció a nada.
No era el peso de un hombre. Era el peso de un hombre que no colabora, que no se agarra, que se desplaza entero cada vez que uno de los dos cambia la mano.
Tuvieron que pararse dos veces en veinte metros.
La segunda, Fernando se quedó mirando el monte con los brazos cargados y comprendió que si soltaba aquello y echaba a andar hacia Errein, todavía era posible.
Lo pensó durante lo que tarda una respiración.
Después dijo «vamos», y fue su propia voz la que lo dijo.
Eligieron el sitio por las raíces. Al norte del tronco, donde el tronco tapaba el terreno desde el camino y donde el suelo cedía entre dos brazos gruesos que salían casi a flor de hierba.
Fernando cortó los que estorbaban con el filo de la pala.
El olor que subió de allí era distinto del de la tierra: más ácido, más vivo.
Cavaron por turnos.
La pala golpeó algo a media profundidad.
No fue raíz. El sonido llegó seco hasta el hombro.
Fernando apartó la tierra con la mano y encontró un canto hincado de arriba abajo, ancho como su antebrazo, con la cara superior plana y limpia de raíces. Al lado había otro. Le pareció, aunque no podía verlo, que la línea continuaba bajo la hierba en dirección al prado.
Se quedó de rodillas más tiempo del necesario.
Sabía perfectamente lo que era. Llevaba cinco días oyendo hablar de aquello.
—¿Qué pasa? —dijo su padre.
Podían cerrar aquel hoyo y abrir otro tres metros más allá. Dos horas más. Y dos rectángulos de tierra removida en el prado en lugar de uno.
—Nada.
Fernando cambió de mano la pala.
—Sigue.
Cavó al lado.
A partir de cierta profundidad fue su padre quien se detuvo. Se apoyó en el mango, dijo que ya estaba bien y que a nadie se le ocurriría mirar allí.
—Un palmo más —respondió Fernando.
Severino cavó un palmo más.
Cerca del final se enderezó y dijo:
—Respiras demasiado fuerte.
No había miedo a que los oyeran. La casa dormía, el valle estaba a tres kilómetros y el viento iba hacia el monte. Fernando entendió que a su padre simplemente le molestaba oírlo.
Repusieron la tierra por capas y la pisaron.
Sobraba. Siempre sobra. Fernando la repartió por el prado con el canto de la pala, a oscuras, sin poder comprobar si el resultado se parecía a un prado o a un rectángulo mal cerrado.
Cuando se enderezó vio, en el borde, una esquina de la alfombra asomando entre la tierra suelta.
Pensó en agacharse.
Calculó lo que costaría abrir otra vez, hundirla y volver a cerrar.
Su padre ya caminaba hacia la casa.
Fernando tenía veintiocho años y llevaba desde media mañana siendo la persona más despierta de aquella familia. Se le había terminado.
Apoyó la pala contra el tronco para no tener que cargarla.
Iría a buscarla en cuanto abriera la puerta del chico.
A las siete de la mañana giró la llave del cuarto de Imanol y se sentó en el borde de su propia cama, vestido, con barro seco en los bajos del pantalón, para descansar el minuto que faltaba antes de bajar por la pala.
Media hora después, un chico de catorce años se despertó antes de la hora, encontró su puerta abierta como todas las noches de su vida y bajó descalzo a la cocina a buscar agua.
Fernando lo oyó pasar por el pasillo.
Se levantó, se puso los zapatos y salió detrás de él con la ropa del día anterior, sabiendo ya lo que iba a decirle.
Le salió en la primera palabra.