Capítulo 24
La confirmación que terminó de explicar el motivo del crimen no llegó de un interrogatorio ni de un laboratorio forense.
Llegó de la tierra.
Dos días después de que Elena entregara el cuaderno y el informe, un equipo de Patrimonio de Navarra llegó a Basaldea.
La excavación del cuerpo había dejado visible parte del perfil del suelo, y las anotaciones de Tomás permitían localizar las zonas que él había documentado sin abrir más superficie de la necesaria.
La intervención la dirigía Nerea Sola, una arqueóloga de voz baja y movimientos precisos. Pidió que Miren estuviera presente para explicar las alteraciones recientes: las catas de la cuadrilla, las raíces cortadas accidentalmente y la forma en que había cambiado el terreno durante la exhumación.
Antes de empezar, Nerea leyó las páginas del cuaderno dentro de una funda transparente.
—Trabajaba bien —dijo.
No añadió que había muerto por ello.
A media mañana localizaron la primera piedra en posición. No parecía distinta de los afloramientos que salpicaban el prado, pero su base, orientación y relación con las siguientes eliminaban la casualidad.
Después apareció otra.
Y otra.
El arco incompleto del cromlech emergió poco a poco, no como una revelación espectacular, sino con la obstinación de algo que llevaba siglos ocupando el mismo lugar.
A poca distancia encontraron el depósito de cremación descrito por Tomás.
Nerea se incorporó y comparó el terreno con el croquis.
—Tenía razón.
Miren observó las piedras.
Treinta y ocho años antes, Tomás se había sentado probablemente en aquel mismo punto con tierra en las manos y la certeza de haber encontrado algo que debía protegerse. Todo lo que había escrito seguía allí.
No solo el cuerpo había esperado bajo el roble.
También la prueba de que el informe era falso.
Nerea señaló una de las piedras del extremo, la más próxima al lugar donde habían estado los restos.
—Esta la han golpeado.
Miren se acercó.
—La cara superior tiene una marca de filo metálico —dijo la arqueóloga—. No es reciente. Y no es de maquinaria: es un impacto único, en ángulo, del tipo que deja una pala cuando alguien cava a oscuras y no sabe que hay una piedra debajo.
Miren miró el hueco vacío que quedaba a un metro.
No hizo ningún comentario.
Leire permanecía unos metros atrás. Esperó a que Nerea terminara de fotografiar, medir y registrar antes de acercarse.
—¿Puede afirmarlo formalmente? —preguntó.
—Puedo afirmar que existe un conjunto funerario compatible con la descripción de Illarramendi. Sus notas contienen datos que solo pudo obtener al examinar la zona. El informe que niega esos indicios contradice el terreno y su propio trabajo de campo.
—¿Y la fecha?
—El documento favorable está fechado cuatro días después de las anotaciones que describen el hallazgo con detalle.
Leire asintió.
—Los forenses han recuperado restos textiles del relleno —dijo—. Lana, tejido grueso, teñido. No es ropa. Están comparándolo con muestras de alfombra de la época.
Nerea la miró.
—Entonces lo envolvieron en algo de la casa.
—Eso parece.
Miren sintió entonces una rabia que no había aparecido ante los huesos.
No era solo que Tomás hubiera muerto. Era la inutilidad de la razón por la que lo mataron. El hotel no llegó a abrir. El aparcamiento nunca se construyó. El yacimiento sobrevivió intacto y la mentira que debía salvar el proyecto no consiguió salvar nada.
Tomás había perdido la vida por un futuro que no ocurrió.
Leire la llamó aparte.
—No comente esta confirmación con Fernando.
—¿Va a citarlo?
—Sí.
—¿Cree que hablará?
La investigadora guardó la libreta.
—Creo que lleva media vida hablando sin decir la verdad. Veremos si los documentos y el terreno le dejan suficiente espacio para seguir haciéndolo.
Aquella tarde, en la comisaría de Aoiz, Leire colocó delante de Fernando tres elementos: el informe fechado el 24 de julio de 1988, las páginas del cuaderno escritas cuatro días antes y las primeras conclusiones de Patrimonio.
Fernando no tocó ninguno.
—El yacimiento existe —dijo Leire—. Illarramendi lo documentó y el terreno confirma sus notas. El informe favorable niega algo que estaba allí y que sigue allí.
—Yo no redacté ese documento.
—No. Pero estuvo presente en las conversaciones sobre lo que debía contener.
—Eso lo afirma usted.
—Lo afirman un testigo que vio la discusión, otro que oyó una frase sobre alguien que iba a dar marcha atrás, un informe imposible y un cuaderno que demuestra por qué lo era.
Leire separó una de las fotografías y la giró hacia él.
—Y lo afirma esta piedra.
Fernando miró la imagen.
Durante un instante, la cortesía desapareció. No hubo sorpresa en su cara, sino reconocimiento: el de alguien que no veía aquellas piedras por primera vez.
Leire lo advirtió.
—¿Había estado antes en esa zona durante el trabajo de Tomás?
Fernando apartó la fotografía.
—Quiero un abogado.
—Es su derecho.
Leire recogió la imagen sin prisa.
—Antes de que lo llame, quiero leerle una línea del cuaderno. No tiene que responder.
Buscó la página y leyó despacio:
El padre grita. El hijo ordena la habitación mientras el padre grita.
Fernando no movió las manos ni cambió de postura.
Pero enderezó, con dos dedos, el borde de la carpeta que tenía delante.
Regresó a Basaldea de noche.
Dejó el coche frente a la casa y caminó hasta el prado norte sin encender la linterna. Conocía cada desnivel del sendero.
Las protecciones de Patrimonio cubrían las piedras. La cinta se movía alrededor del roble y, entre dos nubes, la luna iluminaba la parte removida del terreno.
Su padre había querido borrar aquel lugar del informe, del proyecto y de la memoria de todos.
Seguía allí.
Fernando comprendió que no era solo el cadáver lo que había vuelto a la superficie.
Había vuelto el motivo.
Y la tierra, a diferencia de las personas, no podía ser persuadida para cambiar su versión.