El roble de Basaldea Capítulo 23
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Capítulo 23

Elena tomó la decisión un domingo por la mañana.

Durante décadas había imaginado que, si alguna vez llegaba aquel momento, ocurriría después de una noche definitiva: una llamada, una amenaza, una enfermedad o un miedo tan grande que hiciera imposible seguir posponiéndolo.

No ocurrió nada de eso.

Estaba sola en la cocina. Preparó café, se sentó frente a la ventana y dejó que la taza se enfriara entre las manos. La casa permanecía en silencio. En la calle, alguien arrastró un contenedor y una persiana subió con estrépito.

La decisión llegó con una claridad casi doméstica:

ya no quería seguir siendo la única persona que conocía la existencia de aquellos documentos.

Subió al dormitorio.

La caja no estaba en el desván desde la llamada de Fernando. Dormía con ella guardada en el fondo del armario, detrás de la ropa. Durante las últimas noches se despertó varias veces y comprobó que seguía allí.

La sacó.

No abrió la tapa.

Ya no necesitaba volver a leer las palabras de Tomás para saber lo que contenían.

Introdujo la caja en una bolsa, tomó las llaves y condujo hasta Aoiz.

En el aparcamiento de la comisaría permaneció varios minutos dentro del coche. Tenía las manos tan tensas alrededor del volante que tuvo que separar los dedos uno a uno.

Pensó en su hija.

En Mikel.

En el dinero que había invertido.

En todas las ocasiones en que pudo haber llegado hasta aquel mismo edificio y eligió no hacerlo.

Después llamó.

Leire la recibió en persona. No mostró sorpresa al oír su nombre, pero su mirada se detuvo en la bolsa que Elena sujetaba contra el cuerpo.

La hizo pasar a una sala pequeña.

—Elena Ardanaz —dijo ella, aunque Leire ya lo sabía—. Estuve casada con Mikel Valderas. El hermano de Fernando.

—La escucho.

Elena colocó la caja sobre la mesa.

La tapa se resistió un poco. El cartón se había deformado con los años. Cuando consiguió abrirla, extrajo el cuaderno y el sobre envueltos en la funda de plástico amarillenta.

—Esto pertenecía a Tomás Illarramendi.

Leire se puso guantes.

—¿Cómo llegó a usted?

—Lo encontré en la habitación donde se alojaba. Once días después de que dijeran que se había marchado.

—¿Quién sabía que lo tenía?

—Nadie.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Elena corrigió:

—Que yo sepa, nadie.

Leire examinó primero la funda sin abrirla.

—¿Por qué lo conservó?

Elena había preparado muchas respuestas durante el trayecto. Ninguna sobrevivió a la pregunta.

—Al principio porque mi dinero estaba invertido en el hotel y temía perderlo. Después porque pensé que podría protegerme si Fernando o Severino intentaban culparme de algo. Más tarde… —Miró la caja—. Más tarde ya no supe distinguir el miedo de la costumbre.

—¿Y por qué lo entrega ahora?

Elena se quedó mirando la mesa.

—En marzo pedí la división de la finca.

Leire levantó la vista.

—Tengo sesenta y siete años. Puse el dinero de mi padre en ese hotel en el ochenta y siete y llevo treinta y nueve años sin verlo. Solo quería sacarlo antes de morirme y dejárselo a mi hija.

—Continúe.

—Fernando lo retrasó tres veces. Cuando entendió que no iba a cansarme, buscó comprador. Y el comprador pidió un estudio del terreno.

Dejó las manos sobre la mesa, una junto a la otra.

—Ese hombre ha estado ahí abajo desde el ochenta y ocho y ha salido porque yo pedí mi dinero. Eso lo hice yo. No con una pala, pero lo hice yo.

Leire no dijo nada.

—Y hace unas semanas Fernando me llamó por teléfono.

Fue amable. Me explicó lo que la policía iba a preguntarme y lo que convenía que yo no recordara.

Después me dijo que si hubiera esperado un año más, nada de esto habría pasado.

Y añadió que no lo decía por reprochármelo, que lo decía porque era así.

—¿Recuerda esa frase con exactitud?

—La recuerdo entera. La he tenido dentro desde entonces.

Leire cambió de hoja en el bloc.

—Repítamela. Y dígame la fecha y la hora de esa llamada, si las tiene.

Elena la repitió.

Y comprendió, mientras la investigadora escribía, que aquella llamada era la única razón de que estuviera allí. Había guardado la caja media vida por miedo a que Fernando la culpara de algo algún día.

Fernando la había culpado.

—Yo estuve treinta y ocho años callada —dijo—. Eso es mío y lo asumo. Pero que él me dijera que era culpa mía… —Se detuvo—. Guardé esos papeles para protegerme de eso exactamente. No los guardé para nada más.

Leire abrió la funda y extrajo el informe mecanografiado. Comprobó la firma, el número de páginas y la fecha de la portada.

—Veinticuatro de julio de 1988.

—Sí.

Después abrió el cuaderno.

Elena señaló las páginas sin tocarlas.

—El informe está fechado el veinticuatro y afirma que el prado norte ya había sido examinado sin indicios relevantes. Las anotaciones del día veinte, cuatro jornadas antes, ya describen el cromlech y el depósito de cremación.

Leire pasó las hojas despacio.

Encontró la última anotación.

Encontró la carta inacabada dirigida a Patrimonio.

Su expresión apenas cambió, pero volvió al principio del cuaderno y empezó a revisar todas las fechas.

Se detuvo en una página anterior.

En el margen, con letra más pequeña que el resto, había una sola línea.

El padre grita. El hijo ordena la habitación mientras el padre grita.

Leire la leyó dos veces.

—¿Sabe a qué se refiere?

—Lo leí en el ochenta y ocho —dijo Elena—. Entonces pensé que era una tontería, una manera de desahogarse. Tardé años en entender que era una descripción.

—¿De quién?

Elena la miró.

—Usted ha hablado con Fernando. Dígame si le sonó a otra persona.

Leire no respondió. Anotó el número de página y siguió adelante.

—La tormenta que recuerda Bittor fue el diecisiete de julio —dijo—. Sitúa la discusión aproximadamente una semana después.

—Entonces pudo ser el mismo día del informe.

—O muy cerca.

Leire colocó el cuaderno y el sobre en bolsas de pruebas separadas. Después etiquetó también la caja de zapatos y la funda de plástico.

—Esto se queda todo. La caja también.

Elena asintió.

—Necesito tomarle declaración formal. Tendrá que explicar por qué conservó esta documentación y por qué no la entregó cuando aparecieron los restos. No puedo asegurarle que no tenga consecuencias.

—Lo entiendo.

El miedo que había esperado sentir no llegó.

En su lugar apareció un cansancio profundo, como si hubiera mantenido los brazos levantados durante casi cuarenta años y por fin le permitieran bajarlos.

Leire encendió la grabadora.

—Empecemos por el verano de 1988.

Elena miró la mesa, donde ya no había nada suyo.

—Me casé con Mikel Valderas tres años antes —dijo—. Y durante esos tres años aprendí que en aquella familia el silencio nunca era solo ausencia de palabras.

Cuando salió de la comisaría ya había anochecido.

Regresó al coche con la bolsa vacía.

Nunca había salido de un lugar llevando menos peso del que había traído.