Capítulo 22
Miren llamó a Leire desde el coche.
No quiso hacerlo en la finca. Condujo hasta una explanada situada después del primer cruce, apagó el motor y relató la conversación con el cuaderno abierto sobre las rodillas.
No la llamó amenaza.
No la llamó coacción.
Se limitó a repetir lo ocurrido en el mismo orden en que Fernando lo había dicho.
Leire guardó silencio al otro lado de la línea.
—No hable de esto con nadie más —dijo cuando Miren terminó—. Venga mañana a primera hora.
Leire subió a Errein a la mañana siguiente. La recibió en el comedor de la fonda, antes de que abriera, entre las mesas todavía sin poner y el olor a café de la máquina recién encendida. Dejó una carpeta vacía junto a la ventana.
—Cuéntemelo otra vez desde el principio.
Miren lo hizo.
Leire no la interrumpió hasta que llegó a la frase sobre el margen de incertidumbre.
—¿Le pidió que modificara su declaración?
—No de forma directa. Quería que admitiera una duda sobre la ubicación del reloj y el control de la cata.
—¿Existe esa duda?
—No.
—¿Le ofreció dinero?
—No.
—¿La amenazó con perder el encargo, el pago o con emprender acciones contra usted?
—Dijo que una frase mal elegida podía perjudicar a mucha gente.
Leire dejó el bolígrafo.
—Por sí sola, esa frase no demuestra una coacción. Pero la conversación sí muestra que intenta influir en la forma en que usted cuenta un hallazgo incorporado a una investigación penal.
Giró el cuaderno hacia Miren.
—Lea su anotación en voz alta.
Miren leyó cada línea. Al terminar, Leire le pidió que firmara la página fotocopiada y la declaración formal.
—A partir de ahora no mantenga ninguna conversación con Fernando sobre el reloj, los restos ni el procedimiento sin avisarme.
—Sigo trabajando en su finca.
—Puede hablar con él de árboles, drenajes, facturas y plazos. Si menciona cualquiera de esos tres asuntos, corte la conversación.
—¿Y si insiste?
—Se marcha y me llama.
Miren firmó.
Después dejó el bolígrafo en la mesa y se quedó mirando la carpeta.
—¿Debería dejar el encargo?
Leire tardó en responder, y aquella tardanza le pareció a Miren lo más honesto que había hecho en toda la mañana.
—No puedo decirle que lo deje. Tampoco puedo decirle que se quede. Lo único que puedo decirle es que no tengo a nadie dentro de esa casa, y que si un día se encuentra usted sola en una habitación con él, no me va a servir de nada haber firmado este papel.
—Me quedan tres semanas de trabajo y la mitad de los honorarios sin cobrar.
—Lo sé. Y él también.
Miren asintió.
—¿Cree que volverá a intentarlo?
Leire cerró la carpeta.
—Creo que ya lo ha intentado. La pregunta es si esto era todo lo que se atrevía a pedir o solo una prueba para comprobar su reacción.
Al salir de la comisaría, Miren sintió alivio por haber dejado constancia. La sensación duró hasta que recordó la forma en que Fernando había observado los caminos antes de hablar.
Durante los días siguientes se cruzaron en Basaldea con una cortesía nueva, más fría que la hostilidad abierta. Fernando preguntaba por los tejos, los presupuestos y la fecha de entrega del estudio. Miren respondía con precisión.
Ninguno mencionó el reloj.
La tregua no la tranquilizó.
Aquella semana empezó a aparcar la furgoneta de cara a la salida.