El roble de Basaldea Capítulo 21
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Capítulo 21

Fernando no durmió aquella noche.

Tampoco la siguiente.

Durante el día se obligaba a mantener las rutinas: respondía correos de los abogados, atendía llamadas del comprador y recorría la casa comprobando reparaciones que ya había comprobado.

Por la noche, cada ruido adquiría la forma de una llegada.

Un coche en la carretera. Un golpe en la madera. El teléfono vibrando sobre la mesilla.

Bittor había hablado.

Joaquín había hablado.

Imanol ya no había prometido callar.

Y en aquellas dos noches, tumbado con los ojos abiertos, Fernando hizo lo que llevaba meses evitando: repasó, una por una, las ocasiones en que podría haberlo detenido.

La primera fue en marzo, cuando Elena firmó la solicitud de división.

Podía haberse negado. Tenía derecho a negarse durante exactamente el tiempo que ella tardara en poner un abogado, y después ninguno: cuando uno de tres quiere salir, la ley no pregunta por qué los otros dos prefieren quedarse.

Durante los dos años en que ella se lo pidió por las buenas la había toreado tres veces: una reunión aplazada, una tasación que había que rehacer, un verano entero sin contestar al teléfono.

Cada largo le compró unos meses y cada largo quedó escrito en algún expediente, con fecha, a nombre de un hombre que no tenía ninguna razón para retrasar la venta de una finca en la que no invertía desde 1988.

La segunda fue el pliego. Podía haber excluido el prado norte.

Lo pensó tres noches. Y descubrió que no había ninguna forma de dejar fuera aquel anexo sin firmar personalmente un documento explicando por qué, y que ese documento sería, él solo, la única prueba que la Policía Foral necesitaría décadas después.

La tercera fue la elección de la paisajista, y aquella sí la había hecho bien. Una mujer sola, sin empresa detrás, con dos empleados y una hipoteca. Lo mismo que su padre había hecho en el ochenta y ocho, mejorado.

La cuarta fue el primer día de las catas.

Fernando recordaba con precisión insoportable el momento: la furgoneta abierta, las bolsas de muestras, y él preguntando, ya de espaldas, por dónde pensaban empezar.

Por el cuadrante este. Y luego cerrando hacia el tronco.

Tuvo dos días.

Dos días en los que habría bastado con inventarse una avería, un problema con el seguro, una llamada del comprador. Cualquier excusa habría servido para apartarlos de allí una semana.

Y ninguna habría servido para nada, porque el comprador seguiría queriendo el estudio, la paisajista seguiría teniendo el terreno delante y él habría dejado constancia, por primera vez en su vida, de que quería mantener a alguien alejado de un metro de hierba.

Ahí estaba lo que Fernando llevaba treinta y ocho años sin formular.

Cualquier cosa que hiciera para evitarlo sería, por sí sola, la prueba.

Había construido su impunidad sobre ser el hombre que no tenía nada que esconder, y aquella impunidad se había convertido en una celda con las paredes hechas de su propia coartada.

No podía negarse a vender. No podía excluir el prado.

No podía parar una cata. No podía pedirle a nadie que no mirase.

Lo único que le quedaba era exactamente lo que estaba haciendo: mirar cómo excavaban su tierra y comportarse como un propietario molesto por los plazos.

Pensó también, aquella segunda noche, en lo otro. En lo que sí podría haber hecho durante casi cuatro décadas y no hizo nunca.

Un hombre solo, una noche, una pala.

Al principio fue su padre quien lo prohibió: volver a abrir era duplicar el riesgo.

Después, cuando Severino murió y ya no había nadie que prohibiera nada, Fernando calculó una sola vez lo que costaría hacer solo lo que dos hombres habían hecho juntos, y decidió que la tierra ya se había cerrado y que abrirla era la única manera de que se abriese.

Y después, y esto era lo que no podría explicarle a nadie, pasaron años enteros en los que simplemente no pensó en él.

Meses de facturas, ferias de ganado, un viaje a Zaragoza, la enfermedad de Mikel. La vida completa de un hombre por encima de un rectángulo de tierra al que dejó de mirar porque el prado, cada verano, estaba igual que el año anterior.

Y estaba igual porque él pagaba a alguien para que lo estuviera.

Fernando había firmado durante quince años la nómina de un jardinero en una finca donde no se plantaba nada.

Se había repetido que era por lealtad, porque Bittor llevaba toda la vida allí, porque despedirlo habría sido una miseria.

Y en algún nivel al que nunca bajó del todo sabía perfectamente para qué servía aquel dinero: para que un hombre subiera cada verano con la máquina y dejase el prado norte tan uniforme como el resto del monte.

En el dos mil tres, Bittor se retiró.

Fernando no lo sustituyó. No había obra, no había hotel, no había nada que justificara un jardinero, y aquella decisión le pareció entonces la más razonable de su vida.

Veintitrés años sin segar. Veintitrés años de hierba creciendo a su antojo sobre tierra que alguien había removido, asentándose, hundiéndose un poco, dejando que unas raíces torcieran donde no debían y que la vegetación cambiara de color en una franja de metro y medio por dos.

Ninguna de las cosas que Fernando hizo para esconder a Tomás Illarramendi lo delató.

Lo delató la única que dejó de hacer.

Al tercer día encontró a Miren en la zona sur del jardín. Estaba tomando medidas de humedad junto a los tejos, con las rodillas manchadas de tierra y el cuaderno abierto sobre un banco de piedra.

—Tenemos que hablar.

Miren terminó de anotar la lectura antes de mirarlo.

Llevaba semanas distinguiendo los diferentes registros de Fernando Valderas. La cortesía, la condescendencia, la falsa confianza. Aquel tono conservaba algo de los tres, pero la prisa empezaba a abrir grietas entre ellos.

—¿Sobre el trabajo? —preguntó.

—Sobre una cuestión relacionada con él.

Fernando miró hacia la casa y después hacia el sendero, comprobando que estuvieran solos.

—La investigación está avanzando y necesito aclarar una cosa sobre el reloj.

Miren dejó el medidor sobre el banco.

—La Policía Foral tiene mis fotografías, mis notas y las declaraciones de Unai y Peio.

—Precisamente.

Fernando apoyó una mano en el respaldo del banco, sin sentarse.

—En sus anotaciones reconoce que no estuvo observando a sus trabajadores cada segundo.

—Porque nadie redacta un parte fingiendo que posee cuatro pares de ojos.

—Entonces existe un margen.

—¿Para qué?

—Para que uno de ellos moviera tierra sin que usted lo viera. Para que el reloj apareciera fuera de su posición original. No digo que ocurriera. Digo que no puede afirmar que fuera imposible.

Miren comprendió que no estaba improvisando. Fernando había escogido las palabras, probablemente durante las dos noches sin sueño que delataban sus ojos.

—Sé en qué cata apareció —dijo—. Peio dejó de trabajar en cuanto vio el metal. Yo fotografié el reloj antes de levantarlo. Unai estaba presente.

—Sus trabajadores dependen de usted.

—Eso no convierte sus declaraciones en falsas.

Fernando respiró hondo.

—No le estoy pidiendo que cambie lo ocurrido. Solo que, si vuelven a preguntarle, distinga entre lo que vio y lo que supone.

—Ya lo hice.

—¿Está segura?

Miren cerró el cuaderno.

—Sí.

La respuesta, pronunciada sin elevar la voz, pareció irritarlo más que una discusión.

—Una investigación como esta puede destruir una operación económica, empleos y reputaciones por una cadena de interpretaciones. Una frase mal elegida puede perjudicar a mucha gente.

—Y una duda introducida a propósito puede beneficiar a una sola.

Fernando retiró la mano del banco.

Durante unos segundos solo se oyó el agua que caía de las hojas sobre la piedra.

—Piénselo antes de responder tan deprisa —dijo él.

—Lo he pensado desde el día en que encontré el reloj.

—Entonces olvide que hemos hablado.

Se alejó por el sendero sin despedirse.

Miren esperó hasta que desapareció detrás de los setos.

Después abrió el cuaderno y escribió la fecha, la hora, el lugar y las palabras que recordaba con exactitud.

No añadió que Fernando parecía asustado.

No añadió que había mirado tres veces hacia la casa ni que, al marcharse, se había equivocado de sendero y tuvo que corregir el rumbo.

Escribió únicamente hechos.

Al terminar fotografió la página con el teléfono y se la envió a su propio correo.

Después volvió a los tejos y terminó las lecturas de humedad que le faltaban.