El roble de Basaldea Capítulo 20
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Capítulo 20

Fernando llegó a casa de Imanol pasadas las diez de la noche.

No llamó antes.

En los años que llevaban trabajando juntos nunca se había presentado a aquella hora, y esa ruptura de costumbre bastó para que Imanol supiera, al verlo bajo la luz del porche, que algo había cambiado.

Fernando parecía haber envejecido durante el trayecto desde Aoiz. Llevaba la chaqueta desabrochada, el cabello revuelto y una mancha de sudor en el cuello de la camisa.

—Necesito hablar contigo.

Entró antes de que Imanol terminara de apartarse.

La mujer de Imanol apareció en el pasillo.

—¿Pasa algo?

—Cosas de Basaldea —respondió Fernando—. No tardaremos.

Ella miró a su marido. Imanol evitó sus ojos.

—Estaré en el salón —dijo.

No era una retirada discreta. Era una advertencia de que seguía en la casa.

Fernando esperó a oír cerrarse la puerta y caminó hasta la cocina. No se sentó. Se movió entre la mesa y la encimera, tocando objetos que no necesitaba tocar.

—La policía me ha citado hoy.

—¿Qué querían?

—Tienen la fecha casi exacta. Bittor ha contado lo que vio. Joaquín ha declarado con grabadora y todo.

Imanol apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—¿Qué dijo Joaquín?

—Una frase. La de siempre.

Imanol lo miró.

—¿La de siempre?

Fernando no respondió.

Se apoyó en la encimera.

—Necesito saber que puedo contar contigo. Como siempre.

—¿Para qué?

—La policía va a hablar con todos los que estuvimos en Basaldea aquel verano.

—Yo era un crío.

—Precisamente.

Fernando se acercó.

—Tu memoria no puede ser fiable. Tenías catorce años, acababas de llegar y no sabías nada del proyecto.

Imanol sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Recuerdo la tierra.

—Viste tierra removida.

—Y una pala.

—En una finca había palas por todas partes.

—Tú llevabas barro en el pantalón.

Fernando dejó de moverse.

—Habíamos enterrado un animal.

La mentira apareció con la misma forma exacta de aquella mañana.

Imanol volvió a oler la tierra húmeda.

—No había ningún perro.

—Eso no lo sabes.

—Llevaba dos semanas allí. Habría visto un perro.

Fernando respiró por la nariz, despacio.

—Y me pusiste la mano en el hombro —dijo Imanol.

Su tío se quedó quieto.

—Eso también lo recuerdo. Me dijiste que no se lo contara a nadie, ni a mi madre, y después me diste la misma palmada que me dabas cuando me daba una moneda para bajar al pueblo.

Fernando abrió la boca.

Imanol esperó, y en ese momento entendió algo que llevaba toda la vida a su alcance sin haberlo tocado: que para la tierra removida había una explicación, y para la pala, y para el barro. Para aquello no había ninguna.

Nadie puede alegar que un niño recordó mal un gesto de cariño.

—Tu madre no habría podido sacarte adelante sin esta familia —dijo Fernando—. Pagamos parte de tus estudios. Te dimos tu primer trabajo. Cuando tuviste problemas con la hipoteca, ¿quién habló con el banco?

Cada ayuda regresaba convertida en una factura.

Imanol conocía la lista. La había repetido para sí mismo durante años, cada vez que la memoria del roble amenazaba con ocupar demasiado espacio.

—Lo sé —dijo.

Y después, por primera vez en veintisiete años:

—Un tercio de Basaldea es mío, Fernando.

El aire de la cocina se quedó parado.

—Lo firmó un notario en el noventa y nueve, con mi nombre debajo del de mi padre. Tú estabas en la sala. Yo tenía veinticinco años y no dije nada, y llevo desde entonces dándote las gracias cada vez que me adelantas un dinero que ya era mío.

Fernando tardó en contestar. Cuando lo hizo, no lo negó.

—Nunca te lo he ocultado.

—No. Nunca me lo dijiste, que es distinto. Y funcionó igual de bien.

—Podías haberlo reclamado cuando quisieras.

—Sí —dijo Imanol—. Eso es lo peor de todo.

Fernando se pasó una mano por la cara.

—Entonces sabes lo que te estoy pidiendo.

—No. Dímelo.

La voz de Imanol salió más firme de lo que se sentía.

Fernando lo miró con cansancio.

—Que no conviertas una impresión infantil en una acusación. Que digas únicamente lo que sabes con certeza.

—¿Y qué sé con certeza?

—Que viste tierra removida. Nada más.

—Sé que soy dueño de una tercera parte del sitio donde estaba enterrado ese hombre. Eso también es certeza, y es la única parte de todo esto que puede acabar conmigo.

Fernando bajó la voz.

—Nadie va a ir contra ti.

—Nadie ha ido contra mí en toda mi vida. Y mírame.

Imanol soltó una risa seca.

—Eso mismo le has dicho a Joaquín, ¿verdad? Que los recuerdos cambian.

—Los recuerdos cambian.

—La deuda también. Primero parecía ayuda. Ahora resulta que era el precio de mi silencio, pagado a plazos y con mi propio dinero.

La cara de Fernando se endureció.

—No te permito que digas eso.

—Ya no tengo catorce años.

Desde el salón llegó el ruido leve de una taza apoyándose sobre una mesa. La mujer de Imanol seguía despierta.

Fernando miró hacia la puerta y recuperó parte del control.

—No te estoy pidiendo que mientas.

—Llevo treinta y ocho años mintiendo sin abrir la boca.

La frase quedó entre ellos.

Imanol no había sabido que iba a pronunciarla.

Fernando tampoco pareció preparado para oírla.

Durante un instante el miedo apareció en su rostro sin disimulo: no el temor abstracto a la policía, sino el de un hombre que descubre que una obediencia que creía permanente puede terminar.

—No sabes lo que pasó —dijo.

—No.

—No viste a Tomás.

—No.

—No viste ningún cuerpo.

—No.

Fernando asintió, aferrándose a cada respuesta.

—Eso es todo lo que tienes que decir.

Imanol lo observó.

La frase era técnicamente cierta.

Durante décadas había utilizado precisamente esa verdad parcial para sostener la mentira entera.

—No sé qué diré —respondió.

Fernando palideció.

—Imanol.

—No lo sé.

Su tío dio un paso hacia él y abrió los brazos. El abrazo fue torpe, repentino. Imanol no levantó los suyos.

—Somos familia —murmuró Fernando.

Imanol sintió su respiración acelerada junto al oído. Y sintió, en el omóplato, el peso de una mano abierta.

—Eso es lo que más miedo me da.

Fernando se apartó.

No dijo nada más antes de marcharse.

Cuando la puerta de la calle se cerró, la mujer de Imanol apareció en la cocina. Miró la silla desplazada, el vaso de agua intacto y la cara de su marido.

—¿Qué pasó en Basaldea aquel verano?

Imanol abrió la boca.

La respuesta que llevaba preparada media vida ya no le sirvió.

—Todavía no puedo contártelo —dijo.

Ella tardó unos segundos en asentir.

—Entonces no me digas que no pasa nada.

Volvió al salón.

Imanol permaneció solo en la cocina.

Desde los catorce años siempre había sabido qué debía callar. Ahora no sabía qué respondería cuando la policía le preguntara qué había visto.

Fue al fregadero, tiró el agua del vaso que Fernando no había tocado y lo dejó boca abajo en el escurridor.