El roble de Basaldea Capítulo 19
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Capítulo 19

El registro meteorológico tardó una semana en ofrecer algo útil.

Leire imprimió el parte y lo colocó junto a la declaración de Bittor.

El roble había perdido una rama la semana anterior.

Después añadió la referencia de la primera siega, la fructificación de los serbales y el periodo en el que Tomás había trabajado en Basaldea.

Las piezas no producían una fecha exacta por sí solas.

Juntas estrechaban el margen. La discusión observada por Bittor había ocurrido, con gran probabilidad, alrededor del 24 de julio de 1988.

Tomás desapareció poco después de aquella discusión y de la conversación en la que Joaquín oyó que alguien pensaba dar marcha atrás.

La cronología no probaba quién lo había matado.

Pero empezaba a excluir las explicaciones inocentes.

Leire citó a Fernando para una entrevista formal. Aclaró por teléfono que no estaba detenido y que podía acudir con abogado si lo deseaba.

Fernando llegó solo.

Vestía una chaqueta oscura pese al calor y saludó al agente de recepción por su nombre después de leerlo en la placa. Leire había visto muchas veces aquel tipo de cortesía: una forma de recordar a todos, también a uno mismo, que se seguía teniendo control.

Activó la grabadora.

—Quiero revisar con usted los últimos días de Tomás Illarramendi en Basaldea.

—Ya les he contado lo que recuerdo.

—Y yo necesito comprobarlo a la luz de la información nueva.

Leire colocó sobre la mesa una copia del informe meteorológico.

—Hubo una tormenta importante la noche del 17 de julio. ¿La recuerda?

Fernando examinó el papel sin tocarlo.

—Hubo muchas tormentas.

—Esta derribó una rama grande del roble y parte de una valla.

Un músculo se tensó junto a su boca.

—Puede ser.

—Bittor Larumbe sitúa una discusión entre su padre y Tomás aproximadamente una semana después. Los serbales ya tenían fruto, la primera siega había terminado y él estaba podando un rosal concreto.

Fernando sonrió sin humor.

—Bittor tiene ochenta y tres años.

—Por eso no le he preguntado qué desayunó aquel día. Le he preguntado por un jardín que cuidó durante cuatro décadas.

—La memoria no mejora con la edad.

—No. Pero algunos recuerdos se conservan unidos a rutinas muy precisas.

Leire dejó el parte a un lado.

—¿Sobre qué discutían?

—No sé si discutían.

—Usted estaba en la finca.

—No estaba junto a ellos.

Era una respuesta más precisa que un simple no lo recuerdo .

Leire tomó nota.

—Joaquín Etxeberria también ha declarado.

Fernando no cambió de postura. Solo dejó de parpadear durante un instante.

—Trabajaba en la obra —continuó Leire—. Ha declarado sobre una conversación en la que alguien hablaba de dar marcha atrás y de un papel que dejaría de servir.

—Una frase sin voces reconocidas, oída desde otra parte de la casa en el ochenta y ocho.

Leire dejó el bolígrafo sobre la mesa.

No se apresuró. Colocó las manos una sobre otra y esperó tres segundos completos antes de hablar, y en aquellos tres segundos Fernando repasó lo que acababa de decir.

—Yo no le he dicho que fuera una sola frase —dijo ella—. Ni que la oyera desde otra parte de la casa.

El aire del cuarto no cambió. Fue Fernando quien cambió dentro de él.

—Es lo que se deduce.

—Se deduce que hubo una conversación. Usted sabe cuánto se oyó de ella y desde dónde.

—Errein es pequeño.

—La declaración se tomó ayer por la tarde.

Fernando apoyó ambas manos sobre las rodillas.

Leire no necesitaba acusarlo de haber hablado con Joaquín. El silencio hizo el trabajo. Y no era eso lo que estaba escribiendo.

Estaba escribiendo que un hombre que llevaba décadas sin hablar del asunto conocía la acústica exacta de una noche de julio de 1988.

—¿Presionó usted a Tomás para que mantuviera un informe favorable?

—No.

—¿Lo hizo su padre?

—Mi padre discutía cada factura y cada retraso. Eso no lo convierte en asesino.

Ninguno de los dos había pronunciado hasta entonces aquella palabra.

Leire lo observó.

Fernando pareció darse cuenta un segundo después.

—Yo no he dicho que lo convierta en nada —respondió ella.

Él miró hacia la grabadora.

—Han encontrado un cadáver en nuestra finca. No hace falta mucha imaginación para entender qué están insinuando.

—No trabajo con insinuaciones.

Leire abrió otra carpeta, sin mostrarle el contenido.

—Tenemos a un hombre enterrado en la finca donde realizó su último trabajo, una discusión presenciada, una conversación oída y una versión de viaje que nadie pudo confirmar. Quiero darle la oportunidad de explicar cómo encaja todo de otra manera.

Fernando guardó silencio.

Dejó de parecer un hombre que calculaba una respuesta. Durante un instante fue alguien que buscaba una salida dentro de una habitación que conocía demasiado bien.

—No puedo explicar recuerdos ajenos —dijo al fin.

—Hábleme de los suyos.

—Ya lo he hecho.

Leire cerró la carpeta.

—Entonces hemos terminado por hoy.

Fernando se levantó.

—¿Por hoy?

—La investigación sigue abierta.

Salió con la misma compostura con que había entrado. Saludó al agente de recepción y caminó hasta el coche sin apresurarse.

Solo al cerrar la puerta apoyó la frente contra el volante.

Bittor había visto más de lo que Fernando creyó.

Joaquín había conservado una frase, y él acababa de demostrar en una grabadora que sabía desde qué ventana se había oído.

Elena no recordaba nada. Se lo había asegurado por teléfono, y Fernando había querido creerla porque le convenía.

E Imanol era el único al que no podía reducir a una memoria envejecida o a unas palabras ambiguas.

Fernando encendió el motor.

Condujo hacia Errein sin pasar por Basaldea.