Capítulo 18
Joaquín tardó cinco días en llamar.
Durante ese tiempo evitó el bar, dejó sonar dos veces el teléfono cuando reconoció el número de Fernando y encontró tareas innecesarias en la huerta para no sentarse a pensar.
No era solo miedo.
Era vergüenza.
La visita de Fernando había devuelto a su silencio la forma que Joaquín llevaba décadas intentando no ver. Durante años lo llamó prudencia. Después, lealtad hacia una familia que había dado trabajo a la suya. Más tarde se convenció de que una frase aislada no podía ayudar a nadie.
Fernando acababa de recordarle que alguien sí temía aquella frase.
Su hija terminó de empujarlo sin saberlo.
Fue a comer el domingo, como hacía cada dos semanas. No sacó el móvil ni leyó nada en voz alta: llevaba días con aquello en la cabeza y esperó hasta que estuvieron los dos de pie junto al fregadero, ella secando y él lavando, que era como habían hablado siempre de lo que importaba.
—Treinta y ocho años tenía el hombre del roble. Los mismos que lleva ahí abajo.
Joaquín siguió frotando un plato.
—Hay gente que se marcha y no quiere que la encuentren.
—Este no se marchó.
Lo dijo con la contundencia de quien no imagina que está discutiendo una versión sostenida dentro de la familia de su padre.
—Espero que quien sepa algo tenga el valor de contarlo ahora. Aunque sea tarde.
Joaquín dejó el plato en el escurridor.
—A veces la gente no sabe si lo que recuerda sirve.
—Entonces que lo cuente y decida la policía.
Su hija cambió de tema. Habló del colegio de la niña, de las vacaciones y de un compañero de trabajo insoportable.
Él la escuchó pensando que aquella mujer de cuarenta años, que acababa de decirle que hay que tener el valor de hablar, no sabía de dónde había salido su primera nómina.
Dos días después sacó el papel donde había anotado el número de la comisaría. Marcó una vez y colgó antes de que respondieran. La segunda llamada duró lo suficiente.
Leire lo recibió aquella misma tarde en una sala pequeña de la comisaría de Aoiz. Había una mesa, tres sillas y una grabadora. Nada en la habitación parecía diseñado para intimidar, pero Joaquín se sentó en el borde de la silla.
—Antes de empezar —dijo Leire—, necesito que distinga entre lo que recuerda y lo que ha deducido después. Ambas cosas pueden ser útiles, pero no son lo mismo.
Joaquín asintió.
La grabadora se encendió con un clic.
—En el verano del ochenta y ocho trabajaba en las obras de Basaldea —empezó—. Una noche terminamos tarde. Fui a la parte trasera de la casa a guardar herramientas y oí una conversación a través de una ventana entreabierta.
—¿Qué parte trasera? Descríbamela.
—El almacén de aperos está pegado a la casa. Al lado hay dos ventanas pequeñas, casi a la altura de la cara.
Leire dibujó algo que Joaquín no alcanzó a ver.
—El arqueólogo dormía en aquella parte de la casa —dijo ella—. ¿Lo sabía?
Joaquín se frotó una palma con la otra.
—No lo había pensado nunca.
—¿Vio a quienes hablaban?
—No.
—¿Reconoció las voces?
Joaquín se frotó una palma con la otra.
—En aquel momento pensé que podían ser Severino y Fernando. Eran quienes más hablaban del hotel. Pero no puedo asegurarlo.
Leire anotó.
—¿Qué oyó exactamente?
Joaquín había ensayado la respuesta muchas veces. Al pronunciarla, sin embargo, las palabras volvieron a parecerle ajenas.
—«Si da marcha atrás ahora, ese papel no nos sirve».
Leire no levantó la vista.
—¿Es una cita literal?
—Es lo más cercano que puedo darle. Recuerdo «da marcha atrás» y recuerdo «ese papel no nos sirve». Puede que hubiera alguna palabra distinta entre medias.
—¿Escuchó algo más?
—Una voz respondió, pero no entendí qué decía. Después alguien cerró la ventana.
—¿En qué fecha ocurrió?
—No lo sé. Hacía calor y todavía estábamos trabajando en la finca. Fue poco antes de que el arqueólogo dejara de aparecer.
—¿Sabía entonces que existía un arqueólogo?
—Sí. Lo veíamos por el terreno con sus papeles y herramientas. Algunos le decían el de las piedras.
Leire dejó el bolígrafo.
—¿Por qué no contó esta conversación cuando dejó de verlo?
La pregunta no fue acusatoria. Joaquín habría preferido que lo fuera.
—Nos dijeron que había terminado y que Fernando lo llevó a Pamplona. La frase podía referirse a dinero, al banco, a cualquier contrato.
—¿Cuándo empezó a pensar que podía significar otra cosa?
—Años después. Cuando el hotel nunca se hizo y alguien mencionó que el arqueólogo no había vuelto. Pero para entonces solo tenía una frase de una noche que nadie más parecía recordar.
—¿Y por qué habla ahora?
Joaquín pensó en la visita a la huerta.
—Fernando vino a verme.
Leire alzó la mirada.
Joaquín relató la conversación sin adornarla: los favores antiguos, los recuerdos que se mezclan, la advertencia sobre lo que podía ocurrir si la policía cuestionaba por qué había callado.
—¿Lo amenazó?
—No con palabras que pueda repetir como una amenaza.
—Cuéntemelas igualmente.
Lo hizo. Y al llegar al final se detuvo, porque aquello no lo había ensayado y no sabía cómo sonaría dicho en una comisaría.
—Me habló de mi hija. Me recordó que su empresa le dio el primer contrato, con veinte años. Dijo que eso no se devuelve, que no existe la cifra. Y después dijo que yo no tengo nada en esa finca, pero que tengo una hija con contrato y una nieta en el colegio de Errein.
Leire dejó de escribir.
—Repítame esa última frase. Despacio.
Joaquín la repitió.
Ella la escribió entera, y Joaquín comprendió, por la manera en que lo hizo, que acababa de entregarle algo distinto de todo lo anterior: no un recuerdo de hace casi cuarenta años, sino una cosa ocurrida el martes pasado.
Cuando terminó, Leire mantuvo la grabadora encendida.
—¿Hay algo más que no me haya dicho porque cree que no sirve?
Joaquín pensó.
—No.
—¿Porque no existe o porque todavía no está preparado?
La precisión lo obligó a mirarla.
—Porque no existe.
Leire asintió y apagó la grabadora.
Joaquín leyó la transcripción antes de firmarla. Corrigió una palabra. Donde decía que reconoció las voces, pidió que constara que solo creyó reconocerlas.
Al salir era de noche.
No sintió alivio. El cuerpo le temblaba y tenía la certeza de haber puesto en movimiento algo que ya no podría detener.
Pero al respirar el aire frío comprendió que, por primera vez desde aquel verano, la frase ya no estaba únicamente dentro de él.