Capítulo 17
Miren regresó a casa de Bittor un domingo por la mañana.
Llevaba la misma bolsa de bollos de la primera visita, aunque esta vez no era una estrategia aprendida en años de trabajo rural. Era costumbre. Una forma pequeña de reconocer que ya no acudía únicamente a consultar al antiguo jardinero de Basaldea.
Lo encontró junto al serbal del extremo del huerto. Tenía una cesta a los pies y examinaba uno de los frutos sin arrancarlo.
—Todavía le falta —dijo, antes de saludarla—. La gente cree que el color basta, pero hay que mirar cómo cede la piel.
Miren dejó la bolsa sobre la mesa del emparrado.
—No he venido a preguntar por la cosecha.
—Ya lo sé.
Bittor no pareció sorprendido. Caminó hasta el banco más despacio que en la primera visita. A mitad de camino se detuvo para recuperar el aliento y fingió estar observando una hoja.
Miren fingió creerlo.
—Han dicho el nombre en la radio —dijo él cuando se sentaron—. Tomás Illarramendi.
—Sí.
—Me acordaba de Tomás. No del apellido.
Pronunció el nombre una segunda vez, probando quizá el peso de devolverlo al presente.
—Lo vi discutir con Severino.
No hubo preámbulo.
Miren abrió el cuaderno, pero no escribió todavía.
—¿Cuándo?
—La víspera de que dejáramos de verlo. Yo estaba podando los rosales del otro lado del prado.
—¿Oyó algo?
—Nada. El viento iba hacia el monte.
Bittor apoyó las manos sobre el bastón.
—Severino tenía los brazos cruzados. Tomás llevaba papeles. Señalaba las hojas y después el terreno. Negó varias veces con la cabeza. Severino se acercó mucho, demasiado para una conversación tranquila.
Miren dejó que el silencio continuara después de la frase.
—¿Por qué no lo contó entonces?
—Porque al día siguiente dijeron que se había marchado.
—¿Lo creyó?
Bittor miró el huerto.
—No tuve motivos para no creerlo.
La respuesta era cierta y, al mismo tiempo, no bastaba.
—Después sí tuvo motivos —dijo Miren.
El anciano acarició con el pulgar la madera del bastón.
—Después pasó tanto tiempo que hablar parecía más difícil que seguir callado.
No se justificó. Aquello hizo que Miren confiara más en el resto de su relato.
—¿Recuerda el día exacto?
Bittor sonrió con cierta vergüenza.
—Nunca he sabido guardar bien los números.
—Guarda otras cosas.
El anciano levantó la vista.
—Los serbales ya tenían fruto. Acabábamos de hacer la primera siega y todavía olía a hierba seca en todo el prado. El roble había perdido una rama grande durante una tormenta, quizá una semana antes. Cayó sobre la valla del huerto sur y tardamos dos días en repararla.
Miren anotó cada referencia sin traducirla todavía.
—¿Algo más?
Bittor cerró los ojos.
—El rosal francés estaba enfermo.
—¿Qué significa eso para la fecha?
—Lo podé aquella mañana. Tres ramas. Severino lo había traído de un vivero de Bayona y nunca soportó bien los veranos húmedos. Al año siguiente murió.
Miren conocía la variedad por las antiguas fotografías del jardín. Sabía cuándo aparecían normalmente sus síntomas y cuándo fructificaban los serbales de aquella altitud. No era una fecha exacta, pero sí un intervalo mucho más estrecho de lo que Bittor creía.
—Se lo contaré a Leire —dijo—. Ella podrá cruzarlo con los registros meteorológicos y las fechas del trabajo de Tomás.
Bittor observó el cuaderno.
—¿De verdad sirve?
—Sí.
El anciano respiró hondo. No parecía aliviado. Parecía desorientado ante la idea de que algo guardado durante décadas pudiera adquirir de pronto valor fuera de su memoria.
—Siempre pensé que era solo una escena vieja.
—La escena estaba fechada —dijo Miren—. Solo que usted la recordaba en el idioma del jardín.
Bittor dejó escapar una risa breve.
—Mi mujer decía que yo entendía mejor a los árboles que a la gente.
—Los árboles suelen cambiar menos su versión.
El anciano la miró.
Entonces sonrió de verdad.
Miren cerró el cuaderno y, al hacerlo, comprendió una cosa que había tenido delante desde la primera visita.
Aquel hombre había seguido cobrando quince años en una finca donde nadie plantaba nada. Había subido cada verano con la máquina al prado norte. Había segado en franjas paralelas hasta el árbol y había dejado, con todo el cuidado del mundo, un metro sin tocar alrededor del tronco.
Alguien había necesitado durante quince años que aquel trozo de hierba se pareciese al resto.
Miren miró al anciano, que había vuelto a colocar las manos sobre el bastón y esperaba, tranquilo, la siguiente pregunta.
No se la hizo.
Había cosas que un hombre de ochenta y tres años tenía derecho a averiguar por su cuenta, si alguna vez llegaba a hacerlo, y no un domingo por la mañana, delante de su huerto, por boca de una desconocida con un cuaderno.
—Leire tendrá que tomarle declaración directamente —dijo.
—Lo sé.
—Puede acompañarlo alguien de su familia.
Bittor negó con la cabeza.
—He necesitado treinta y ocho años para decirlo. No quiero que nadie lo diga por mí.
Antes de marcharse, Miren lo vio regresar al serbal. Bittor tocó uno de los frutos y volvió a dejarlo en la rama.
Todavía no estaba listo.
Esta vez, pensó ella, él sí.