Capítulo 16
El hombre llegó en marzo del año siguiente.
Su coche, con matrícula de Bilbao, avanzó por la pista de tierra con la cautela de quien no conocía sus baches. Fernando lo vio desde una ventana del piso superior y supo, antes de que el vehículo se detuviera, que no era un proveedor ni alguien del banco.
Durante meses había esperado aquella visita.
Esperarla no lo preparó para recibirla.
El hombre se llamaba Andoni Zubiaurre. Mostró una tarjeta y explicó que era secretario de la asociación profesional a la que pertenecía Tomás Illarramendi. Hablaba con una cortesía formal, más cercana a la preocupación que a la sospecha.
Severino lo hizo pasar al despacho.
Era la misma habitación donde había recibido a Tomás el verano anterior, pero habían cambiado la alfombra y retirado el pisapapeles de bronce del escritorio. Fernando nunca preguntó qué había hecho su padre con él. No volvió a verlo.
Evitó mirar hacia el lugar vacío.
Severino, en cambio, se colocó de pie junto a la chimenea.
Fernando había reparado en aquello durante los ensayos: su padre elegía siempre el mismo sitio. Podía apoyar el codo en la repisa, cruzar los tobillos y hablar de plazos bancarios a medio metro del borde de piedra.
Él llevaba ocho meses sin pisar aquella parte de la habitación.
—Llevamos varios meses intentando localizarlo —dijo Andoni—. No ha renovado su inscripción y tiene dos encargos pendientes. Los clientes han llamado preguntando por él. No es propio de Tomás desaparecer sin avisar.
Fernando ocupó el sillón frente al visitante.
Los ensayos habían durado tres tardes de aquel otoño, en la cocina, con la puerta cerrada. Fernando había establecido tres reglas y su padre había discutido las tres.
La primera: nada de fechas. La segunda: nada de destinos. La tercera, la que a Severino le pareció una cobardía, era la única que de verdad importaba.
No añadir nunca nada que no te hayan preguntado.
—Vino, realizó el estudio, cobró y se marchó —dijo Fernando—. Lo llevé personalmente a Pamplona. Tenía que tomar un autobús temprano.
—¿Hacia dónde?
—No lo recuerdo. Hacia Bilbao, supongo. Quizá después pensaba continuar viaje.
Al principio Severino había querido fijar un destino. Fernando lo convenció de que un recuerdo impreciso era más difícil de contradecir que un detalle inventado.
Andoni abrió un cuaderno.
—¿Qué día lo llevó?
—A finales de julio. No sabría decirle la fecha exacta.
—¿Viajaba con su equipo?
—Sí.
Fernando pronunció la mentira sin vacilar.
Habían quemado la mochila, la ropa y los papeles que encontraron. La cámara y las herramientas terminaron en distintos vertederos, lejos del valle. Durante semanas temió que apareciera algún objeto olvidado bajo una cama o detrás de un armario.
No sabía que Elena ya había encontrado los únicos documentos que sobrevivieron.
—¿Y el informe? —preguntó Andoni.
—Favorable. Mi padre lo conserva con la documentación del hotel.
Severino asintió desde la chimenea.
—La licencia no llegó a solicitarse —añadió—. La financiación se vino abajo poco después.
Andoni anotó ambas respuestas.
—Tomás no entregó ninguna copia en la asociación.
—Trabajaba por cuenta propia —dijo Severino—. No tenía que informarles de cada papel que firmaba.
La frase contenía más irritación de la necesaria.
Tercera regla, pensó Fernando.
Tomó la palabra antes de que Andoni pudiera responder.
—¿Ha ocurrido algo que haga pensar que está en peligro?
—No lo sabemos. Ese es el problema.
Andoni cerró el bolígrafo, pero no el cuaderno.
—¿Notaron algún comportamiento extraño? ¿Preocupación, miedo, intención de desaparecer?
—Nos habló de una relación que acababa de terminar —dijo Fernando—. Quizá necesitaba alejarse. Empezar de nuevo.
Aquella mentira estaba construida sobre una verdad pequeña. Tomás había mencionado a una mujer en Bilbao durante una cena. Había dicho que la relación había terminado y que trabajar lejos le vendría bien.
Fernando lo había utilizado por primera vez la mañana siguiente, en la cocina, delante de su cuñada, para escuchar cómo sonaba dicho en voz alta.
Después lo había guardado ocho meses, hasta convertirlo en una explicación.
Andoni consultó una página anterior del cuaderno.
—En noviembre llamó una mujer a la asociación. Dejó un teléfono de Bilbao.
Fernando no movió las manos.
—Preguntaba si nos constaba que Tomás hubiera aceptado un trabajo nuevo —continuó Andoni—. Dijo que no sabía nada de él desde julio y que no tenía forma de localizarlo.
Levantó la vista.
—Si se marchó a Bilbao para empezar de nuevo, no fue con ella.
El despacho se quedó en silencio.
Severino se separó medio paso de la chimenea. Fernando lo detuvo sin mirarlo, apoyando la mano en el brazo del sillón con una lentitud deliberada.
—No he dicho que se marchara a Bilbao —respondió—. He dicho que lo supongo. Fue lo único que se me ocurrió cuando usted me ha preguntado hacia dónde iba aquel autobús.
Y ahí, exactamente ahí, la regla que su padre había considerado una cobardía le salvó la tarde.
Andoni lo observó unos segundos.
Después escribió algo breve.
—Tomás era meticuloso —dijo—. Hasta resultar pesado. No dejaba trabajos a medias ni desaparecía debiendo dinero. Tampoco se habría marchado sin llevarse sus cosas.
—Se las llevó —respondió Fernando.
Andoni levantó los ojos.
—Claro.
No había acusación en aquella palabra.
A Fernando le pareció oírla.
El hombre se levantó y guardó el cuaderno dentro de su cartera.
—Voy a comunicar que la última información conocida lo sitúa saliendo de Basaldea con destino a Pamplona. Quizá la familia quiera presentar una denuncia.
Severino se apartó de la chimenea.
—¿Qué familia?
—Una prima. No eran especialmente cercanos, pero es la única pariente que hemos localizado.
—No parece razonable alarmar a nadie porque un hombre adulto decida cambiar de vida —dijo Severino.
Andoni lo miró con una calma que hizo parecer más brusca la intervención.
—Tampoco parece razonable asumir que la ha cambiado sin comprobarlo.
En la puerta, antes de marcharse, entregó a Fernando una tarjeta.
—Si recuerdan cualquier detalle, aunque parezca pequeño, llámenme.
—Por supuesto.
Vieron el coche descender por la pista, levantando una nube de polvo que tardó en asentarse.
Fernando mantuvo la tarjeta entre los dedos.
—¿Presentará una denuncia? —preguntó.
—No tiene nada —dijo Severino.
—Tiene la última persona que lo vio. Y tiene una mujer en Bilbao que lleva ocho meses esperando una llamada.
Su padre le quitó la tarjeta y la partió por la mitad.
—La última persona que lo vio dejó a Tomás en Pamplona.
Fernando contempló los dos pedazos sobre la mesa.
Habían repetido aquella historia tantas veces que empezaba a recordar el viaje que nunca ocurrió: la carretera aún oscura, el arqueólogo a su lado, la estación vacía.
Durante muchos años nadie volvió a preguntar.
La mentira tuvo tiempo suficiente para empezar a parecer un recuerdo.