El roble de Basaldea Capítulo 15
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Capítulo 15

Elena Ardanaz conoció la identidad del muerto por su hija.

Tomaban café en la cocina de la casa que Elena había comprado tras la muerte de Mikel, lejos de Basaldea aunque no lo suficiente para dejar de ver el monte en los días claros. Su hija leía noticias en el móvil mientras hablaba del colegio de los niños y de una avería en el coche.

De pronto se quedó quieta.

—Ya saben quién era el hombre del roble.

Elena sostuvo la taza con ambas manos.

—¿Quién?

Conocía la respuesta antes de oírla.

—Tomás Illarramendi. Un arqueólogo. Tenía treinta y cuatro años. —Su hija siguió leyendo—. Dicen que trabajó en Basaldea en 1988, antes de que yo naciera.

—Sí —dijo Elena—. Me acuerdo de él.

La cucharilla golpeó el plato al dejarla.

Su hija no reparó en el sonido. Continuó leyendo que una prima materna había colaborado en la identificación y después cambió de tema. Habló de los nietos, de una excursión y de lo caro que se había puesto todo.

Elena respondió cuando correspondía.

Asintió.

Incluso sonrió una vez.

Por dentro, el nombre había abierto una habitación que llevaba cerrada desde aquel verano.

Y había una segunda cosa, peor, que tampoco podía decir en voz alta porque su hija no sabía nada de nada.

En marzo, Elena había firmado la solicitud de división de la finca.

Lo hizo después de veintitantos años de no hacerlo.

Sin rencor y sin drama: había cumplido los sesenta y siete, tenía una hija y dos nietos, y quería el dinero de su padre fuera de aquella tierra antes de que la tierra la enterrase a ella también.

Su parte llevaba desde 1988 convertida en un proyecto que nunca abrió.

Antes de firmarla lo había pedido por las buenas durante dos años, y Fernando la fue toreando tres veces: una reunión aplazada, un informe de tasación que había que rehacer, un verano entero sin contestar al teléfono. Cuando comprendió que ella no iba a cansarse, buscó comprador.

Y el comprador pidió un estudio completo del terreno.

Elena bajó la vista hacia el café que se había quedado frío entre sus manos.

Ella había abierto aquel prado.

No con una pala.

Cuando su hija se marchó, Elena subió al desván.

No necesitó encender la luz para llegar al armario. Se había mudado dos veces desde 1988 y, en ambas ocasiones, transportó personalmente aquella caja. Nunca permitió que Mikel la abriera ni que nadie la confundiera con ropa para donar.

Seguía detrás de las mantas de invierno.

La caja de zapatos se había deformado en las esquinas. La funda de plástico del interior estaba amarillenta y rígida, pero el cuaderno y el sobre permanecían secos.

Elena los llevó hasta una mesa bajo la bombilla desnuda.

Abrió primero el informe.

La firma de Tomás seguía pareciendo reciente. Una línea oscura trazada por una mano que, en el momento de escribirla, todavía tenía un día de vida por delante.

Después abrió el cuaderno.

No leyó las páginas técnicas. Buscó la última anotación y la carta inacabada que había descubierto en 1988.

He firmado. No debería haberlo hecho.

Durante décadas había pensado en aquellos documentos como una protección.

Si Fernando intentaba culparla, si los Valderas negaban el dinero que ella había aportado o si alguna vez necesitaba demostrar que Severino había mentido, la caja estaría allí. Había convertido la prueba de la desesperación de un muerto en una póliza privada que nunca se atrevió a utilizar.

A veces estuvo cerca de entregarla.

Cuando murió Severino, en el noventa y nueve, bajó la caja del armario y la dejó una noche entera junto a la puerta. A la mañana siguiente volvió a esconderla. Cuando Mikel enfermó, pensó que no quería llevar aquel secreto a otra etapa de su vida. Tampoco entonces hizo nada.

Siempre encontraba una razón.

No devolvería la vida a Tomás.

Dañaría a su hija.

Reabriría una historia que nadie reclamaba.

Era demasiado tarde.

Ahora una mujer había proporcionado su ADN para darle un nombre a unos huesos. Alguien había conservado el recuerdo de Tomás desde el otro lado de la ausencia, mientras Elena conservaba las pruebas desde este.

Cerró el cuaderno.

No tomó ninguna decisión aquella noche.

Pero dejó la caja sobre la mesa en vez de devolverla al armario.

Dos días después sonó el teléfono.

—Elena —dijo Fernando—. ¿Cómo estás?

No la llamaba desde hacía meses.

—Bien.

—Me alegro. Con todo esto de Basaldea he pensado en ti.

Elena observó la caja desde la cocina. No podía verla desde allí, pero sabía exactamente dónde estaba, arriba, bajo la bombilla.

—Han identificado al arqueólogo —continuó Fernando—. Tomás Illarramendi. ¿Te acuerdas de él?

—Muy poco.

La mentira salió limpia.

—Solo estuvo unos días —dijo Fernando—. La policía quizá pregunte por aquella época. Ya sabes cómo funcionan estas cosas: cada uno recuerda una versión y al final parece que escondíamos algo.

Elena apretó el auricular.

—¿Escondíamos algo?

Al otro lado hubo una pausa mínima.

—No tergiverses mis palabras.

—Solo te he preguntado.

Fernando recuperó el tono amable.

—Quería asegurarme de que estás bien. Mikel no se ocupaba de los asuntos del proyecto y tú tampoco tenías relación con el trabajo del arqueólogo. No deberían molestarte.

No era una preocupación.

Era la versión que esperaba que ella repitiera.

—No recuerdo nada en concreto —dijo Elena.

—Mejor.

Hubo un silencio corto. Después Fernando añadió, en el mismo tono con que se comenta el tiempo:

—Si hubieras esperado un año más, Elena, nada de esto habría pasado.

Ella no contestó.

—No lo digo por reprochártelo —continuó él—. Lo digo porque es así.

—Ya.

—Cuídate.

Después de colgar, Elena permaneció junto al teléfono.

Acababa de mentirle a Fernando sobre aquel verano. No sintió alivio. Sintió que la llamada había alterado la naturaleza de los documentos.

Durante décadas los había guardado para protegerse de algo que quizá nunca ocurriera.

Ahora Fernando estaba comprobando quién recordaba qué. Y, sin levantar la voz, acababa de dejar por escrito en algún sitio de su cabeza que aquel cadáver había salido a la superficie por culpa de una mujer impaciente.

Elena subió de nuevo al desván.

No abrió la caja. La tomó entre las manos y la llevó a su dormitorio.

Todavía no estaba preparada para entregarla.

Pero ya no quiso dormir en una planta distinta de la verdad.