El roble de Basaldea Capítulo 14
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Capítulo 14

Fernando esperó dos días antes de visitar a Joaquín.

El intervalo no fue casual. Una visita inmediata habría parecido nerviosismo. Dos días permitían convertirla en un encuentro entre conocidos que llevaban demasiado tiempo sin verse.

Aparcó frente a la casa a media tarde, cuando sabía que Joaquín estaría solo en la huerta. Lo encontró arrodillado junto a un bancal de judías, retirando hojas secas de la base de las plantas.

—Joaquín. Cuánto tiempo.

Joaquín levantó la cabeza. La sorpresa duró poco y dejó paso a una cautela que no intentó disimular.

—Fernando.

Se incorporó limpiándose las manos en el pantalón.

—¿Todo bien en la finca?

—Va tirando, con lo que hay.

Fernando contempló la huerta. Las hileras estaban limpias, los tutores alineados y una manguera reparada con cinta aislante recorría el borde del terreno.

—Lo tienes muy cuidado.

—Algo hay que hacer.

Joaquín no lo invitó a entrar ni le ofreció asiento.

Hablaron de la falta de lluvia, de un vecino ingresado y de la mala cosecha de patata. Fernando preguntó por la hija de Joaquín y recordó el nombre de su nieta. No cometió el error de apresurarse.

Solo cuando la conversación parecía agotada señaló el bancal.

—Mi padre habría dicho que esas judías están demasiado juntas.

—Tu padre tenía opinión sobre las huertas de todos.

Fernando sonrió.

—Eso también es verdad.

Dio unos pasos hacia la salida. Después se detuvo, como si acabara de recordar algo sin importancia.

—Me han dicho que hablaste con la paisajista de Basaldea.

Joaquín no respondió de inmediato.

—Coincidimos en el bar.

—Claro. En Errein termina uno hablando con cualquiera.

Fernando se volvió hacia él.

—Es buena profesional. Trabajadora. Aunque a veces parece olvidar que la contrataron para estudiar un jardín, no para hacer preguntas sobre la vida de la gente.

—Ella no me obligó a contarle nada.

La frase salió demasiado rápido.

Fernando bajó la mirada hacia las manos de Joaquín.

—No he dicho que contaras nada.

El silencio cambió de peso.

Joaquín se agachó para recoger una hoja que no necesitaba recoger.

—Mi padre siempre decía que en este valle hay gente que recuerda quién estuvo cuando hizo falta y gente que prefiere olvidarlo —continuó Fernando—. Tu familia nunca fue de las segundas.

Joaquín enderezó la espalda.

—Mi padre trabajó por un jornal. No era un favor.

—No he dicho que lo fuera. Pero cuando enfermó y os quedasteis sin ingresos, Severino adelantó dinero. Después te dio trabajo en la obra.

—Y se lo devolvimos todo.

—El dinero, sí.

Fernando pronunció la última palabra sin dureza. Precisamente por eso resultó más clara.

—Y el primer contrato de tu hija lo firmó una empresa mía. En el dos mil seis, si no recuerdo mal. Con veinte años y sin experiencia.

—Trabajó bien.

—Trabajó muy bien. No estoy diciendo lo contrario.

Fernando se ajustó el puño de la camisa.

—Solo digo que eso no se devuelve. No hay manera. No existe la cifra.

—¿A qué has venido? —preguntó Joaquín.

—A nada. A recordar viejos tiempos.

—No recuerdas los mismos que yo.

La sonrisa desapareció del rostro de Fernando.

—Ese es el problema de los recuerdos. Con la edad se mezclan. Una frase oída desde lejos acaba pareciendo una conversación completa. Un disgusto de trabajo se convierte en una amenaza. Y cuando uno se lo cuenta a alguien de fuera, ya no controla lo que esa persona hace con ello.

Joaquín sintió un frío leve pese al calor de la tarde.

—No he dicho nada que no sea verdad.

—Estoy seguro.

Fernando dio un paso atrás.

—Hay una venta en marcha, Joaquín. Firmada casi. Si esto se alarga un año, se cae. Y cuando se cae una operación de este tamaño, no la paga el que la firma.

—Yo no tengo nada en esa finca.

—No. Tú tienes una hija con contrato y una nieta en el colegio de Errein.

Lo dijo en el mismo tono con el que había hablado de las judías.

—Solo piensa bien antes de seguir hablando. Por tu tranquilidad. Por la de tu hija. Nadie quiere que la policía empiece a preguntar por qué un trabajador oyó algo y decidió callarlo durante casi cuarenta años.

Ahí estaba la amenaza.

No en lo que Fernando podía hacerle, sino en la vergüenza que podía hacer recaer sobre él.

—¿Eso te preocupa? —preguntó Joaquín—. ¿Que yo quede mal?

Fernando sostuvo su mirada.

—Me preocupa que todos acabemos pagando por recuerdos que quizá no ocurrieron como creemos.

Se despidió con un gesto breve y caminó hacia el coche.

Joaquín permaneció junto al bancal hasta que dejó de oír el motor. Después miró las manos con las que llevaba toda la tarde arrancando hojas muertas.

Durante décadas se había repetido que callaba porque no sabía suficiente.

Fernando acababa de demostrarle que, para alguien, lo que sabía era suficiente como para intentar asustarlo.

Y había hecho algo más, sin darse cuenta. Había puesto precio a la única cosa de la que Joaquín estaba orgulloso: el contrato que su hija se había ganado trabajando bien.

Aquella noche no bajó al bar.

Pero buscó el número de la comisaría de la Policía Foral y lo dejó escrito junto al teléfono.