El roble de Basaldea Capítulo 13
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Capítulo 13

Leire llamó un martes a media mañana.

Miren estaba con Unai junto a los tejos de la entrada. Habían retirado una sección de corteza muerta y estudiaban si el daño alcanzaba el tejido sano cuando el teléfono vibró dentro de su chaqueta.

Leire no acostumbraba a llamarla. Hasta entonces, cada contacto había tenido una razón concreta: ampliar una declaración, solicitar una fotografía o confirmar un dato técnico. Miren se apartó unos metros antes de responder.

—Ya podemos ponerle nombre —dijo Leire—. Tomás Illarramendi. Arqueólogo. Treinta y cuatro años cuando murió.

El nombre no le resultó familiar.

Aun así, Miren miró hacia el prado norte.

—¿Es definitivo?

—El perfil biológico encaja. El ADN mitocondrial es compatible con el de una prima materna localizada a través del registro civil. El reloj, las iniciales y la documentación profesional completan la identificación.

Miren apoyó la mano libre sobre el tronco del tejo.

Hasta aquel momento había pensado en un cuerpo, unos huesos, dos letras grabadas en metal. Elementos separados que podían observarse con la distancia que permite lo desconocido.

Un nombre los reunió.

—¿Trabajaba en Basaldea?

—Sí. En el archivo de una asociación profesional aparece un encargo de 1988 para realizar un estudio de impacto patrimonial en la finca. No consta que el informe llegara a presentarse ante la administración.

—¿Nadie de esa asociación lo buscó?

—El secretario de entonces subió a la finca en marzo del ochenta y nueve y dejó constancia por escrito de lo que le contaron allí: que Illarramendi había salido de Basaldea con destino a Pamplona. Murió en el dos mil once.

Leire hizo una pausa.

—Esa nota lleva treinta y siete años en un archivador. Es la primera vez que alguien la lee entera.

—¿Desapareció justo después?

—La última actividad profesional documentada es ese encargo. No hubo denuncia formal.

Leire hizo una pausa breve, de las que preceden a un dato que ya ha decidido dar.

—En el registro de entrada de esa asociación hay una anotación de noviembre de 1988. Una mujer llamó preguntando si constaba que Illarramendi hubiera aceptado un trabajo nuevo. Dejó un teléfono de Bilbao. No hay constancia de que nadie la llamara.

—¿Quién era?

—La anotación no dice su nombre. Solo dice «una amiga».

Miren se quedó mirando la corteza muerta que tenía en la mano.

—Estamos intentando localizarla —añadió Leire—. Han pasado casi cuarenta años y un número de siete cifras con el prefijo antiguo no lleva a ninguna parte.

Miren recordó la forma en que Bittor había evitado hablar del roble. La frase incompleta de Joaquín. La reacción de Imanol cuando ella mencionó el verano de 1988.

—¿Fernando ya lo sabe?

—Lo hemos informado esta mañana. No hable con él sobre detalles del caso. Si él inicia la conversación, escuche y avíseme después. No intente obtener una confesión.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Leire colgó.

Unai seguía junto al tejo, esperando sin fingir que no tenía curiosidad.

—¿Hay novedades?

Miren guardó el teléfono.

—Han identificado a la persona del roble.

Unai miró hacia el prado.

—¿Era de aquí?

—Vino a trabajar.

La respuesta la acompañó durante el resto de la mañana.

Tomás había llegado a Basaldea para hacer un trabajo. Igual que ella. Había examinado la misma tierra, dibujado el mismo prado y dormido bajo el mismo techo. La semejanza no significaba que compartieran una historia, pero convertía la historia de Tomás en algo menos remoto.

Encontró a Fernando por la tarde, en el despacho. Había ido a entregarle una relación de trabajos que podían retomarse en la zona sur. Los documentos de la venta ocupaban la mesa en pilas exactas. Él sostenía una hoja sin leerla.

Miren dejó el informe técnico en el extremo de la mesa.

—Aquí tiene las tareas que pueden continuar mientras siga cerrado el prado norte.

Fernando levantó la vista.

—La policía me ha dicho que ya saben quién es.

Miren no respondió.

—Tomás Illarramendi —continuó él.

No titubeó al pronunciar el nombre.

Después dejó la hoja sobre la mesa.

—Vino a hacer el estudio del primer hotel. Yo tenía veintiocho años. Recordé el apellido en cuanto me lo dijeron.

Ordenó el borde de una pila que ya estaba recta.

—Hubo discrepancias sobre el alcance del trabajo. Mi padre sostuvo que había terminado. Después la financiación se vino abajo y todo quedó detenido.

Miren permaneció junto a la puerta.

Fernando añadió:

—Yo mismo lo llevé a Pamplona la última noche. Tenía que continuar viaje.

Se detuvo un instante.

—No recuerdo hacia dónde. Ha pasado mucho tiempo.

Miren no le había hecho una sola pregunta.

Le había entregado un listado de tareas de jardinería y él le había devuelto un nombre, un año, su propia edad en aquel entonces, la naturaleza del desacuerdo, la causa del abandono del proyecto y el trayecto final del hombre enterrado en su prado.

Todo en ese orden, sin una interrupción, con la fluidez de quien recita.

Y una sola laguna, colocada al final.

Fue la única frase que dijo despacio.

No había hostilidad abierta en su voz. Solo una advertencia pequeña y cuidadosamente colocada, como si la ausencia de preguntas por parte de Miren lo inquietara más que cualquier interrogatorio.

—El informe técnico queda ahí —dijo ella.

Salió del despacho sin pedir ninguna aclaración.

En el pasillo se detuvo a escribir lo que recordaba de la conversación. No interpretaciones. No sospechas. Solo palabras, gestos y el orden exacto en que habían ocurrido.

Cuando terminó, envió a Leire un mensaje:

Fernando ha iniciado una conversación sobre Tomás. Afirma que lo llevó a Pamplona la última noche y que no recuerda hacia dónde continuaba. No le he preguntado nada.

La respuesta llegó un minuto después.

Recibido. Lo último es lo importante. Si vuelve a hablar del asunto, tampoco.

Miren guardó el teléfono.

Dentro del despacho, Fernando cerró la puerta.