El roble de Basaldea Capítulo 12
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Capítulo 12

Bittor no recordaba el día por su fecha.

Nunca lo hizo. No habría sabido decir si aquello fue un martes o un jueves, ni el número que le correspondía en el calendario.

Recordaba otras cosas, y las recordaba con una exactitud que nadie le había pedido nunca: los serbales ya tenían fruto; la primera siega había terminado y el prado olía todavía a hierba seca; el roble había perdido una rama grande durante la tormenta de la semana anterior; y él tenía delante el rosal francés, el de flor pequeña y roja que Severino había traído y que nunca llegó a adaptarse al frío de Basaldea, con tres ramas enfermas que estaba decidiendo por dónde cortar.

Aquellas señales componían para él un calendario más preciso que cualquier hoja colgada de una pared.

Eso fue lo que vio, cuando levantó la cabeza, desde el otro lado del prado: dos hombres junto al roble, unos papeles en alto, unos brazos cruzados y un paso adelante.

Nada más. Ni una sílaba. El viento soplaba desde la casa hacia el monte y se llevaba las palabras en dirección contraria. Le llegaba el golpe irregular de una contraventana, el zumbido de los insectos entre las flores y el roce de sus propias tijeras.

Bittor contempló la escena unos segundos y volvió al rosal.

Los Valderas discutían a menudo por el hotel. Con el banco, con los constructores, con los proveedores y entre ellos mismos. Severino hablaba de los plazos como si las fechas fueran una forma de propiedad: algo que debía obedecerle porque había pagado por ello.

El jardinero cortó las tres ramas, las reunió en un montón y siguió trabajando.

Al cabo de un rato volvió a mirar.

Ya no había nadie junto al roble.

No pensó en aquella discusión cuando Tomás dejó de aparecer por la casa. Le dijeron que había terminado el encargo y que Fernando lo había llevado a Pamplona. Bittor aceptó la explicación con la misma facilidad con que se aceptan las noticias que no parecen incumbirnos.

Tres semanas más tarde le tocaba la segunda siega.

Subió con la máquina al prado norte por la mañana temprano, cuando la hierba ya estaba seca, y trabajó en franjas paralelas desde la linde hasta el árbol.

Al llegar al roble hizo lo que hacía siempre y lo que había hecho durante veinticinco años: apagó el motor, apartó la máquina y dejó alrededor del tronco una franja de un metro sin tocar.

Las raíces de aquel árbol salían a flor de tierra. La cuchilla las descubría y una raíz descubierta se secaba en dos semanas.

Era lo correcto.

Bittor se apoyó en el mango y miró la hierba alta que quedaba en pie, formando un anillo alrededor del tronco. Le pareció, como todos los años, un poco descuidado.

Después bajó a por agua.

Repetiría aquel gesto quince veranos más.

La memoria empezó a devolverle la otra escena mucho después. No mediante fechas: con los años, la imagen regresaba cuando trabajaba en el jardín o al despertar de una siesta. Severino inmóvil. Tomás sosteniendo los papeles. El viento llevándose las palabras.

Bittor no podía afirmar qué se dijeron.

Ni siquiera podía asegurar que la discusión estuviera relacionada con la desaparición. Solo sabía que, después de aquella mañana, dejó de ver al arqueólogo.

Durante mucho tiempo se convenció de que una imagen sin sonido no servía como testimonio.

No comprendió que también había usado esa idea para protegerse de una pregunta más difícil:

por qué, si no significaba nada, seguía recordándola con tanta claridad.