Capítulo 11
Desde aquel verano, Imanol había evitado el roble sin admitir que lo evitaba.
No necesitaba cambiar de camino ni dar rodeos evidentes.
Bastaba con dejar para otro día la revisión de una valla, enviar a alguien a comprobar una canaleta o encontrar una tarea más urgente en la parte sur.
Había convertido la distancia en una suma de decisiones pequeñas, tan razonables por separado que nadie —ni siquiera él— podía llamarlas miedo.
La cinta policial acabó con aquella posibilidad.
Su trabajo en la gestión de la finca lo obligaba a controlar los accesos, recibir a los técnicos y acompañar a quienes entraban con cámaras, bolsas y cajas de instrumental.
El hombre que había pasado media vida procurando no mirar aquel lugar tenía ahora que anotar quién se acercaba, a qué hora y durante cuánto tiempo.
Lo había intentado una sola vez, y de la única manera que se permitía a sí mismo: el primer día, delante de la paisajista, había sugerido que aquella zona podía dejarse para el final. Su tío no lo recogió. Contestó que el comprador quería el estudio completo y siguió hablando de los accesos.
Imanol no insistió. Nunca insistía.
No dormía bien.
Su mujer lo sabía, aunque él no se lo hubiera dicho. Llevaban veinticinco años casados y ella conocía el sonido de sus noches: la respiración fingidamente regular, el roce de las sábanas, los pasos hasta la cocina cuando creía que podía levantarse sin despertarla.
—¿Qué ocurre? —le preguntó una madrugada.
Imanol permaneció de espaldas.
—La policía. El papeleo. Todo esto de la finca.
—Eso explica que estés cansado. No que parezca que esperas que alguien venga a buscarte.
Él tardó demasiado en responder.
—No viene nadie a buscarme.
Su mujer no insistió. El silencio que dejó entre ambos fue peor que una pregunta.
Cada mañana, al regresar a Basaldea, Imanol encontraba el prado un poco distinto.
Un técnico había retirado otra capa de tierra.
Una caja nueva esperaba junto al perímetro.
Alguien pronunciaba «los restos» con esa neutralidad aprendida que permitía trabajar alrededor de un muerto sin convertir cada gesto en una ceremonia.
Y él volvía a tener catorce años.
La tierra oscura. El olor de las raíces cortadas. Fernando con barro en el pantalón. Un perro que nadie había visto nunca.
Y una mano en el hombro.
No había creído del todo aquella historia. Lo sabía ahora. Había elegido otra cosa: comportarse como si la creyera.
A los catorce años, esa elección podía llamarse obediencia.
Su padre murió tres años después de aquel verano, en el noventa y uno, y a partir de entonces la elección fue recibiendo otros nombres.
Gratitud cuando Fernando ayudó a su madre a no perder el piso de Iruña. Lealtad cuando pagó parte de sus estudios. Prudencia cuando le consiguió el primer trabajo. Familia cuando Imanol necesitó explicarse por qué seguía cerca de un hombre cuya voz todavía podía devolverlo a aquella mañana.
Con el tiempo había olvidado que todos esos nombres cubrían el mismo silencio.
Y había algo más, algo que no se había atrevido a poner en palabras hasta hacía relativamente poco.
Severino murió en el noventa y nueve. Un notario de Pamplona leyó en voz alta una relación de bienes en la que figuraba el nombre del padre de Imanol y, debajo, por representación, el suyo.
Aquel día se enteró de que una parte de Basaldea era legalmente suya.
Tenía veinticinco años. No dijo nada. Nadie le impidió decirlo, y esa fue la parte más eficaz de todo: no hizo falta impedírselo.
Fernando siguió gestionando la finca, siguió firmando lo que había que firmar y siguió resolviendo cosas —una entrada para el piso, un aval, un préstamo que nunca terminó de devolver del todo— con la naturalidad de quien ayuda a un sobrino que lo necesita.
Imanol tardó años en hacer la cuenta.
Cuando por fin la hizo, en una cocina de Pamplona, con una calculadora y los papeles del banco delante, comprendió que llevaba media vida cobrando a plazos algo que ya era suyo, y agradeciéndolo cada vez.
Para entonces trabajaba en Basaldea por un sueldo.
Nunca se lo contó a su mujer. Habría tenido que explicarle por qué un hombre acepta que le paguen por administrar una tierra de la que es dueño en una tercera parte, y esa explicación conducía, por el camino más corto, a una mañana de julio de 1988 y a un rectángulo de tierra removida bajo un roble.
Porque eso era lo otro. Lo que de verdad no podía decir en voz alta.
Con catorce años había sido un chico al que le mintieron.
Con cincuenta y dos era un propietario.
Se cruzó con Miren al final de la tarde. Ella estaba cerca del perímetro, revisando en el cuaderno qué trabajos podrían retomarse cuando se levantara el precinto.
—¿Alguna novedad? —preguntó Imanol.
No sabía qué respuesta temía más.
—Ninguna que Leire haya compartido conmigo —dijo Miren—. Tiene bastante claro que soy una testigo, no parte de la investigación.
—Es su trabajo.
—Sí.
Permanecieron mirando el roble. La cinta se movía con una corriente de aire que apenas alcanzaba el resto del prado.
—Estuve hablando con Joaquín Etxeberria —dijo Miren.
Imanol sintió que el cuerpo se le tensaba antes de poder impedirlo.
—¿En el bar?
—Sí. Trabajó aquí en el ochenta y ocho. Dijo que aquel verano pasaron muchas cosas.
Imanol se metió las manos en los bolsillos para que ella no viera cómo cerraba los dedos.
—El pueblo es pequeño. La gente habla de más cuando lleva tiempo sin nada nuevo que contar.
La frase le salió más seca de lo que pretendía.
Miren volvió la cabeza hacia él. No hizo ninguna pregunta, pero Imanol tuvo la sensación de que acababa de ofrecer una respuesta a algo que ella todavía no había preguntado.
—Puede ser —dijo.
Retomaron el trabajo. Hablaron de los drenajes de la zona sur y de una línea de frutales que quizá no merecía conservarse. Miren mantuvo la misma cordialidad de siempre, sin insistir ni volver a mencionar a Joaquín.
Eso lo inquietó más.
Aquella noche Imanol esperó a que su mujer se durmiera. Después se levantó, fue a la cocina y se sentó a oscuras.
Pensó en llamar a Fernando.
Pensó en llamar a Joaquín.
Pensó incluso en buscar el número que Leire había dejado para cualquier información relacionada con el caso.
No hizo ninguna de las tres cosas.
Su silencio ya no se sostenía por sí solo. Ahora necesitaba que los demás continuaran callando con él, y eso era una cosa que no se podía pedir.