Capítulo 10
Elena Ardanaz llevaba tres años casada con Mikel Valderas y, durante ese tiempo, había aprendido a distinguir los silencios de aquella familia.
Estaba el de los negocios: denso, pero tranquilo. Aparecía cuando Severino y Fernando hablaban de cifras que nunca terminaban de explicarle, aunque una parte de la herencia de su padre estuviera invertida en el hotel. En aquellas conversaciones el dinero de Elena era bienvenido. Su opinión, menos.
Estaba el silencio de Mikel, más liviano y cómodo. Su marido lo utilizaba para pasar junto a los conflictos sin tener que reconocer que los había visto.
Y estaba el otro.
El que empezó la mañana posterior a la desaparición del arqueólogo.
Elena bajó a desayunar y encontró la cocina tal como había quedado la víspera.
Nadie la había recogido en toda la noche, y aquello no ocurría nunca en aquella casa.
Sobre la mesa había tres tazas, aunque solo Severino y Fernando estaban sentados.
La tercera conservaba un resto de café seco y agrietado en el fondo, del día anterior.
Elena la apartó a un lado sin pensarlo y se sirvió.
—¿Dónde está el señor Illarramendi? —preguntó.
Fernando untaba mantequilla en una rebanada.
—Lo llevé a Pamplona anoche.
—¿A esas horas?
—Tenía que tomar un autobús temprano.
—¿Hacia dónde?
Fernando levantó la mirada.
—No me lo dijo.
Después, sin que nadie se lo pidiera, añadió que el hombre iba con prisa, que apenas había hablado durante el trayecto y que en algún momento de aquellas dos semanas le había mencionado algo de Bilbao. Una mujer, quizá. No estaba seguro.
Lo dijo como quien recuerda en voz alta.
Severino pasó una página del periódico.
—El trabajo ha terminado.
Elena observó la taza seca.
—¿Y el informe?
Llevaba semanas oyendo hablar de aquel documento como si fuera la única barrera entre ellos y la vida que les correspondía.
—Favorable —respondió Severino—. Podemos seguir adelante.
Mikel entró en la cocina en ese momento. Besó a Elena en la frente, se sirvió café y aceptó la noticia con un asentimiento satisfecho.
—Al final no era para tanto —dijo.
Elena no preguntó más.
La explicación podía ser cierta. Lo extraño fue el reparto.
Severino no añadió una sola palabra que no le hubieran pedido. Fernando añadió tres.
Días antes, Mikel había mencionado una discusión con el arqueólogo. Elena también había oído que el hallazgo podía detener las obras durante meses. De pronto, en el espacio de una noche, el informe era favorable y Tomás viajaba hacia un lugar que nadie conocía.
La inquietud no desapareció.
Se instaló.
Once días después, Elena entró en la habitación que había ocupado Tomás. La parte trasera de la casa iba a cerrarse y quería comprobar que no quedaran sábanas húmedas ni comida en los cajones. Eso se dijo a sí misma.
La habitación estaba demasiado vacía.
Habían desaparecido la ropa, las herramientas, los carretes, la mochila y los papeles de la mesa. Ni siquiera quedaba en el polvo la marca clara que suele dejar una maleta.
Elena abrió la cómoda.
Los dos primeros estaban abiertos y vacíos, con el papel de forro arrugado en el fondo, como si alguien hubiera pasado la mano por dentro sin mirar. El tercero estaba cerrado y no cedió.
Tiró una vez. Después otra.
Al hacerlo con más fuerza, el cajón salió de las guías y estuvo a punto de caerle sobre los pies. Detrás, encajados contra el tablero trasero, había un cuaderno de tapas oscuras y un sobre grande doblado por la mitad.
Elena permaneció agachada.
Oyó pasos en algún lugar de la casa.
Esperó hasta que se alejaron y cerró la puerta de la habitación antes de recogerlos.
El nombre aparecía en el sobre:
Tomás Illarramendi.
El cuaderno contenía croquis, medidas y anotaciones de campo. Elena no entendía de arqueología, pero reconoció el roble en uno de los dibujos. En otro, varias piedras formaban un círculo incompleto.
Abrió el informe.
La última página llevaba la firma de Tomás.
Leyó las conclusiones dos veces. No se habían localizado indicios arqueológicos relevantes. La zona norte había sido examinada. El proyecto podía continuar sin medidas adicionales.
Después volvió al cuaderno.
El informe llevaba fecha del veinticuatro. Cuatro jornadas antes, en las páginas correspondientes al día veinte, Tomás ya había dibujado el círculo de piedras y anotado profundidades, cenizas compactadas y un posible depósito de cremación.
Elena comparó las fechas una tercera vez.
No necesitaba entender de yacimientos para saber que el informe daba por revisada una zona antes de que las notas demostraran cuándo se había estudiado realmente.
Siguió leyendo hasta la última página escrita.
La letra había perdido firmeza.
He firmado. No debería haberlo hecho. Buscaré la forma de corregirlo antes de irme.
Volvió atrás unas hojas, buscando algo que le explicara aquello, y se detuvo en una línea corta escrita en el margen de una jornada anterior:
El padre grita. El hijo ordena la habitación mientras el padre grita.
La leyó dos veces.
Después continuó.
Dentro del cuaderno encontró una hoja doblada. Era el comienzo de una carta dirigida a Patrimonio. Terminaba en mitad de una frase.
Elena se sentó en el borde de la cama.
Tomás no había salido de Basaldea creyendo que su trabajo estuviera terminado.
Había pensado corregir algo.
Y no lo había hecho.
O no había podido.
Un ruido en el pasillo la obligó a levantarse. Introdujo el informe y la carta dentro del sobre, cerró el cuaderno y ocultó ambos bajo las sábanas limpias que llevaba en brazos.
No se los mostró a Severino.
Tampoco a Fernando.
Durante unos segundos pensó en buscar a Mikel. Imaginó su reacción: el ceño fruncido, una petición de calma, la seguridad de que debía existir una explicación y la promesa de hablar con su padre que nunca encontraría el momento adecuado para cumplirse.
No fue a buscarlo.
Guardó los documentos en una funda de plástico y los escondió en una caja de zapatos, detrás de las mantas de invierno de su dormitorio.
Parte de ella quería entregarlos.
Otra parte pensó en la herencia invertida, en las obras, en el dinero que no recuperaría si el hotel se detenía y en la facilidad con que los Valderas convertían cualquier problema en culpa de quien lo señalaba.
No conservó aquellos papeles por Tomás.
Tampoco únicamente por miedo.
Los guardó porque en una familia como aquella la verdad no protegía a quien la conocía.
Solo la posibilidad de demostrarla podía protegerla a ella.