El roble de Basaldea Capítulo 9
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Capítulo 9

Las cinco semanas posteriores al hallazgo transcurrieron con la lentitud espesa de todo lo que depende de un laboratorio.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Miren.

—Mientras tanto trabajamos con archivos, desapariciones antiguas y documentación de la finca. Usted continúa con su encargo, si puede.

—La zona más importante está precintada.

—Entonces trabaje en otra.

No lo dijo con brusquedad. Tampoco como una invitación a involucrarse.

Miren reorganizó el estudio paisajístico y siguió subiendo a Basaldea varios días por semana. Ya no dormía siempre en la casa. Prefería una habitación de la fonda de Errein, donde las tuberías hacían ruido y la dueña dejaba el desayuno preparado antes de que ella bajara.

Se decía que aún tenía trabajo: los drenajes del lado sur, los tejos, el inventario de árboles enfermos. Era cierto. También lo era que el encargo había quedado suspendido de hecho y que cualquier profesional razonable habría esperado instrucciones del comprador.

Lo que no se decía a sí misma era que abandonar Basaldea le parecía demasiado parecido a dejar una frase a medias.

La cinta policial alrededor del roble cambiaba de aspecto con el tiempo. Al principio había sido una irrupción violenta en el paisaje. Después se convirtió en parte de él: húmeda por la mañana, brillante al mediodía, casi invisible bajo la lluvia.

El día en que escribió «25 de julio» en la cabecera de una página no le pareció distinto de ningún otro. Llevaba cinco semanas anotando fechas.

En Basaldea, aquella mañana, Fernando Valderas no bajó a desayunar.

Miren no estaba allí para verlo.

Aquella tarde necesitó alejarse.

Bajó al bar de Errein sin un plan concreto. El local tenía tres mesas, un mostrador oscuro y un televisor encendido sin sonido. El mismo lugar al que Tomás había llegado casi cuarenta años antes, aunque ella no podía saberlo.

Pidió un café y se sentó en la barra.

Dos taburetes más allá, un hombre de sesenta y pocos años giraba un vaso de vino entre las manos. Llevaba una gorra apoyada sobre la rodilla y tenía restos de tierra seca en las uñas.

—Usted es la de Basaldea —dijo.

Miren lo miró.

—La paisajista —añadió él—. La que encontró los huesos.

En un pueblo pequeño, pensó, la segunda explicación nunca era necesaria.

—Sí.

El hombre le tendió la mano.

—Joaquín Etxeberria. Trabajé allí. Hace mucho.

—¿En el jardín?

—En la obra. Cuando iban a hacer el primer hotel.

Miren apoyó la taza.

—¿En qué año?

—En el ochenta y ocho.

No dijo por entonces ni hace casi cuarenta años . Pronunció la fecha con la seguridad de quien la había repetido muchas veces sin decirla en voz alta.

—Debía de ser muy joven.

—Veinticuatro.

—¿Y qué pasó con la cuadrilla cuando se paró la obra?

—A la calle. En septiembre no quedaba nadie.

Joaquín dio un trago.

—Conmigo se portaron. Me fueron buscando cosas durante años. Y a mi hija le colocaron el primer contrato. Aquí arriba, cuando una familia decide que a uno le va a ir bien, le va bien mucho tiempo.

Lo dijo sin gratitud y sin rencor, del modo en que se enuncia el clima.

Miren pensó, sin saber muy bien por qué, en un jardinero al que habían pagado quince años para segar un prado que nadie iba a ver.

—Aquel verano pasaron cosas.

Miren esperó.

El camarero secó un vaso detrás de la barra. Fuera, una furgoneta cruzó la calle y el ruido del motor se perdió enseguida.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó ella.

Joaquín miró hacia la puerta.

—¿Alguna vez ha oído una frase que no significaba nada cuando la escuchó y empezó a significarlo todo muchos años después?

—No estoy segura.

—Yo tampoco lo estaba.

Giró el vaso otra vez.

—Trabajábamos hasta tarde porque Severino quería recuperar cada día de retraso. Una noche oí hablar a alguien en la parte trasera de la casa. Había una ventana abierta. No vi quién era.

Miren no preguntó todavía qué había oído. La forma en que Joaquín sujetaba el vaso le indicó que si lo apremiaba, se marcharía.

—¿Se lo contó a la policía?

Él soltó una risa breve, sin humor.

—¿Qué iba a contar? ¿Que oí media frase sin saber quién la dijo? Entonces no había ningún muerto.

—Ahora sí.

Joaquín la miró directamente.

El miedo no estaba en sus ojos. Era algo más antiguo y más difícil de separar de la costumbre.

—¿Qué oyó? —preguntó Miren.

El hombre dejó el dinero junto al vaso.

—Hoy no.

—Joaquín.

—Otro día.

Se puso la gorra y salió sin despedirse.

Miren lo vio cruzar la calle y desaparecer detrás de una esquina. No lo siguió.

Cuando volvió a mirar la barra, descubrió que Joaquín había dejado el vino a medias.