Capítulo 8
Tomás no durmió.
Cuando los pasos se alejaron por el pasillo, no retomó la carta. La dejó a medias. Dobló la hoja, la guardó dentro del cuaderno y metió el segundo ejemplar firmado en el sobre que había recibido con la documentación del encargo.
Antes del amanecer sacó el último cajón de la cómoda.
Dejó caer el cuaderno y el sobre detrás del mueble y volvió a encajarlo.
Pensaba recuperarlos después de hablar con Severino y abandonar la finca.
Si aquella conversación terminaba mal, al menos no podrían destruir todas las pruebas con lo que encontraran en su equipaje.
Comprendió también que no podía esperar a salir de Basaldea. Si Severino presentaba primero el informe firmado, cualquier rectificación posterior parecería la reacción de un profesional arrepentido, quizá incluso la maniobra que los Valderas ya amenazaban con atribuirle.
Tenía que recuperar el ejemplar de Severino o impedir que saliera de la finca.
Encontró a Severino en el despacho después del desayuno.
El informe no estaba sobre la mesa.
—Quiero que me devuelva el documento que firmé —dijo Tomás—. Y quiero por escrito que no se ha presentado.
Severino levantó la vista de unas cuentas.
—Ayer firmó voluntariamente.
—Ayer cedí a una coacción. Hoy voy a comunicar el hallazgo y retirar mi conformidad antes de que registren nada.
—Mida bien las palabras que utiliza.
—Las estoy midiendo.
Tomás apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Voy a entregar un informe correcto. Si utilizan el otro, dejaré constancia de cómo obtuvieron la firma.
Severino se levantó.
—Le hemos pagado el viaje, la estancia y el tiempo. Le hemos permitido trabajar sin interferencias.
—Me han pedido que oculte un yacimiento.
—Le hemos pedido que no destruya un proyecto por una interpretación discutible.
—Ya no es discutible.
—Ayer no parecía tan seguro.
La frase le dolió porque contenía una parte de verdad.
Tomás había firmado.
Severino rodeó la mesa. Se movía despacio, pero la distancia entre ambos se redujo hasta obligar a Tomás a levantar la cabeza.
—Entregue el cuaderno.
—No lo tengo aquí.
—¿Dónde está?
—Fuera de su alcance.
—Las anotaciones se han realizado durante un trabajo pagado por esta familia.
—Son documentación profesional.
—Y están dentro de mi casa.
—Me marcho hoy.
—No hasta que aclaremos qué pretende hacer con nuestro informe.
—No es suyo. Lleva mi nombre.
Alzó la voz en la última frase.
Fernando apareció en el umbral.
No venía corriendo. No estaba sin aliento. Tomás lo advirtió sin darle importancia, del mismo modo en que se advierten las cosas irrelevantes en mitad de una discusión: aquel hombre no había acudido desde otra parte de la casa al oír un grito. Estaba en el pasillo.
Durante un instante ninguno de los tres habló.
Tomás miró hacia él, esperando quizá que la presencia de un tercero obligara a Severino a contenerse.
Fernando no entró ni se marchó. Alargó el brazo, empujó la puerta a su espalda y la cerró.
Nadie se lo había pedido.
Después se quedó junto a ella, con una mano todavía apoyada en el marco.
—Dígale a su padre que me deje salir —dijo Tomás.
Fernando miró las manos vacías de Tomás.
No llevaba el cuaderno. No llevaba papeles. No había dejado nada sobre la mesa ni tenía nada a su espalda.
Después miró a Severino.
Entre ese momento y el siguiente transcurrió tiempo. No mucho: el suficiente para pronunciar una frase de tres palabras, si alguno de los dos hubiera querido pronunciarla.
Lo que ocurrió a continuación quedó encerrado en aquella habitación.
Tomás no pudo contarlo. Severino moriría muchos años después sin hacerlo. Y Fernando dedicaría el resto de su vida adulta a sostener una historia en la que aquella discusión nunca había existido, y después, cuando ya no pudo sostenerla, otra en la que él había llegado tarde.
De aquella mañana no sobrevivió ninguna versión de Tomás. Solo quedaron las palabras que había escrito la noche anterior:
He firmado. No debería haberlo hecho. Buscaré la forma de corregirlo antes de irme.
Había intentado dejar a salvo lo necesario.
No tuvo tiempo de nada más.
Aquella noche la casa permaneció a oscuras mucho antes de lo habitual.
En el piso de arriba, Imanol se despertó al oír el motor de la furgoneta y unas voces apagadas bajo su ventana. Se incorporó en la cama, escuchó durante unos segundos y decidió que serían asuntos del hotel.
No intentó abrir la puerta.
No tenía ningún motivo para hacerlo.
A la mañana siguiente encontraría tierra removida junto al roble.
Para entonces, la tierra ya se habría cerrado sobre Tomás Illarramendi.