El roble de Basaldea Capítulo 7
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Capítulo 7

Durante dos días nadie volvió a mencionar el hallazgo.

La ausencia de conflicto empezó a parecerle a Tomás una forma de acuerdo.

Siguió trabajando en el prado norte, amplió las mediciones del cromlech y revisó dos veces las profundidades anotadas en el cuaderno. Severino lo saludaba durante el desayuno. Fernando le preguntó una mañana si necesitaba más carretes. Nadie volvió a sugerir que cambiara el informe.

Tomás quiso creer que habían comprendido.

La tercera noche, mientras recogía los platos de la cena, Fernando entró en la cocina y cerró la puerta.

—¿Tiene un minuto?

No esperó la respuesta. Se sentó frente a él y apartó el cenicero hacia un lado, dejando libre el centro de la mesa.

—Mi padre puede resultar brusco.

—Eso no cambia el hallazgo.

—No. Pero quizá cambia la forma de hablar de él.

Fernando no tenía la dureza inmediata de Severino. Hablaba despacio, como si concediera al otro el tiempo necesario para llegar por sí mismo a la conclusión que él ya había decidido.

—Llevamos dos años preparando el hotel —continuó—. El banco, los permisos, los proveedores. Mi cuñada ha puesto parte de su herencia. Hay personas que dependen de que esto salga adelante.

—No soy yo quien ha elegido construir el acceso encima de un yacimiento.

—Nadie sabía que estaba ahí.

—Ahora sí.

Fernando apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Un conjunto pequeño, parcialmente enterrado. Usted mismo dijo que no era espectacular.

—No tiene que ser espectacular para estar protegido.

—Tampoco tiene que desaparecer. Podría documentarse más adelante, cuando el proyecto esté en marcha y no dependa de cada plazo del banco.

Tomás lo observó.

—Quiere que firme que no hay nada y confíe en que después se hará lo correcto.

—Quiero que todos podamos salir de esto sin destruirnos.

Fernando abrió una cartera y dejó sobre la mesa un papel doblado. No era un contrato ni una cifra oficial. Solo una cantidad escrita a mano.

Superaba varias veces los honorarios acordados.

Tomás no tocó el papel.

—Me está ofreciendo dinero para que mienta.

—Le estoy ofreciendo compensación por asumir una interpretación prudente.

—No hay ninguna interpretación.

—Piénselo.

—No necesito hacerlo.

Fernando se levantó. Recogió el papel, lo dobló otra vez y lo guardó en la cartera antes de apartar la silla.

Solo entonces miró a Tomás con una expresión en la que ya no quedaba cortesía.

—Todo el mundo necesita pensar cuando hay suficiente en juego.

Cuando la puerta se cerró, Tomás se quedó sentado a la mesa vacía y reparó en algo que hasta ese momento no había sabido nombrar.

En toda la conversación, Fernando no había pronunciado ninguna cifra en voz alta.

La había escrito, se la había enseñado y se la había vuelto a llevar.

Aquella noche permaneció despierto hasta que oyó apagarse las últimas luces de la casa. Repitió mentalmente lo que diría al comunicar el hallazgo. Imaginó la llamada a Patrimonio, el informe verdadero, las fotografías reveladas y una salida temprana de Basaldea.

No pensó en aceptar el dinero.

Pensó, en cambio, en la facilidad con que los Valderas podían negar la conversación.

A la mañana siguiente, Severino fue a buscarlo al prado.

Tomás llevaba dos horas trabajando. Se había llevado el cuaderno y las hojas sueltas donde pasaba a limpio las cotas de profundidad, y las tenía en la mano cuando vio bajar a Severino por el sendero, sin chaqueta, a paso rápido.

—Venga al despacho.

—Estoy terminando las cotas del cuadrante norte.

—He dicho que venga al despacho.

Tomás no se movió. En lugar de eso levantó las hojas y las sostuvo delante de él.

—Antes quiero que vea esto. Aquí están las profundidades de las cuatro piedras que quedan en posición. Esto no es una opinión mía. Lo puede medir cualquiera, hoy o dentro de veinte años.

Señaló las hojas y después el suelo, a un par de metros, donde la hierba se interrumpía sobre la línea de cantos.

—Está ahí debajo. No se va a mover porque a usted le venga mal.

Severino no miró las hojas.

Cruzó los brazos.

—El informe ya está escrito.

—Yo no he escrito ningún informe.

—Está escrito, está mecanografiado y se va a presentar. Puede subir a leerlo o puede quedarse aquí midiendo piedras. Me da igual.

Tomás negó con la cabeza. Lo hizo despacio, tres o cuatro veces, como quien intenta apartar una idea que se le ha metido demasiado adentro.

—No pueden hacer eso.

Severino dio un paso hacia él.

Fue solo un paso. No levantó la mano ni la voz. Pero lo dio de esa manera en que un hombre acostumbrado a que las cosas ocurran acorta una distancia, y Tomás comprendió, con una claridad que le desagradó, que estaba solo en mitad de un prado que no era suyo.

—Suba a leerlo —dijo Severino—. Es lo más inteligente que puede hacer hoy.

A ochenta metros, junto a los rosales de la parte sur, un jardinero de cuarenta y cinco años levantó la cabeza.

Aquella mañana el viento soplaba desde la casa hacia el monte y no le llegó ni una palabra.

Vio dos hombres. Vio unos papeles que uno de ellos sostenía en alto y señalaba, primero las hojas y después el terreno. Vio al otro cruzar los brazos y dar un paso adelante.

Después volvió a lo suyo, porque tenía tres ramas enfermas que cortar y porque en Basaldea las discusiones entre don Severino y quien fuera no eran asunto de nadie.

Tardaría treinta y ocho años en contárselo a alguien.

Sobre la mesa del despacho había un informe mecanografiado. No era un borrador improvisado: incluía el membrete del proyecto, la descripción de la finca, referencias a las zonas prospectadas y una conclusión favorable. Al final quedaban espacios para sus datos profesionales y su firma.

Tomás pasó las páginas.

En una de ellas leyó que el prado norte había sido examinado sin localizar indicios de interés arqueológico.

—Esto está redactado como si yo lo hubiera escrito.

—Es información técnica preparada a partir de sus notas iniciales —dijo Severino—. Solo tiene que revisarla y firmar.

—Mis notas dicen lo contrario.

—Sus notas son suyas. El informe es lo que recibe la administración.

Tomás dejó las hojas sobre la mesa. Buscó con la vista la máquina de escribir. En el despacho no había ninguna. Después miró la silla vacía junto a la ventana.

—¿Dónde está su hijo?

—Ocupado.

Alguien había mecanografiado doce páginas durante la noche, y no había sido el hombre que tenía delante. Tomás lo pensó sin sacar ninguna conclusión, porque todavía creía estar discutiendo con quien mandaba.

—No voy a firmarlo.

Severino no elevó la voz.

—Entonces no cobra.

—Eso lo discutiremos por otra vía.

—Impugnaremos el trabajo. Diremos que ha exagerado cuatro piedras para ampliar el encargo y renegociar sus honorarios. Mientras se resuelve, no recibirá nada.

Tomás sintió primero indignación. Después, detrás de ella, miedo.

Trabajaba solo. No tenía una universidad, una empresa ni un organismo que enviara abogados por él. Tenía fotografías todavía sin revelar, un cuaderno de campo y su palabra frente a una familia que llevaba generaciones decidiendo qué versión de las cosas circulaba por el valle.

—No podrían demostrarlo.

—Tampoco usted podría demostrar esta conversación.

Severino empujó el informe hacia él.

—Firme, cobre y váyase. Dentro de unos años nadie recordará dónde iban a poner un aparcamiento.

Tomás miró la puerta cerrada.

Pensó en levantarse. En recoger la mochila.

En llegar a Errein a pie si era necesario.

Pensó también en las facturas acumuladas sobre la mesa de su piso, en los trabajos que dependían de una recomendación y en la facilidad con que la palabra conflictivo podía acompañar a un profesional autónomo durante años.

—Necesito una copia.

—Cuando esté firmado.

La pluma esperaba junto al informe.

Tomás escribió sus datos.

Se detuvo antes del nombre.

—Esto no va a presentarse todavía.

—En cuanto lo revise el banco.

—He dicho que no se presente todavía.

Severino sonrió apenas.

—Entonces será mejor que terminemos hoy.

Tomás firmó.

La tinta tardó unos segundos en secarse. Durante ese tiempo tuvo la impresión absurda de que aún podía borrarla con la mano.

Severino separó el segundo ejemplar mecanografiado y se lo entregó. Tomás lo guardó entre las tapas del cuaderno y regresó al prado.

Trabajó hasta que la luz empezó a caer. Completó las mediciones de profundidad que todavía faltaban y describió con más precisión el depósito de cremación.

El informe que acababa de firmar afirmaba que aquella zona ya había sido examinada sin hallar nada; el croquis del cromlech llevaba en su cuaderno cuatro días de fecha.

Esa noche escribió en el cuaderno:

He firmado. No debería haberlo hecho. Buscaré la forma de corregirlo antes de irme.

Debajo añadió la fecha.

Después arrancó una hoja en blanco, comenzó una carta dirigida a Patrimonio y la dejó a medias al oír pasos en el pasillo.

No podía saber que le quedaba un solo día.