Capítulo 6
Miren tomó dos fotografías generales sin acercarse más y llamó a la Policía Foral desde el prado. La operadora le pidió la ubicación exacta, el número de personas presentes, la profundidad aproximada y el motivo por el que creía que podía tratarse de restos humanos.
Mientras respondía, Peio cerró el paso con la cinta de señalización de la furgoneta. Era una cinta pensada para zanjas, maquinaria y ramas a punto de caer. Alrededor del roble adquirió un significado distinto.
—No muevan nada y no abandonen la finca —indicó la operadora—. Una patrulla va hacia allí.
Miren colgó.
Dejó a Unai junto al acceso y fue a buscar a Fernando.
Lo encontró en el despacho, inclinado sobre una carpeta de documentos. La habitación era pequeña y la mesa demasiado grande, como si hubiera sido diseñada para obligar a quien entraba a permanecer al otro lado.
Fernando levantó la cabeza.
—¿Ha pasado algo?
—Hemos encontrado restos en la zona del roble. Parecen humanos.
Se hizo un silencio de dos segundos.
Después Fernando preguntó:
—¿Lo ha comunicado ya?
Miren tardaría meses en entender por qué aquella pregunta se le quedó dentro. En el momento le pareció simplemente el orden equivocado: lo primero que un propietario quiere saber es qué hay en su tierra, no qué trámite se ha hecho con ello.
—Sí. He llamado a la Policía Foral. Vienen de camino.
Entonces sí ocurrió algo en su cara.
Parpadeó, se llevó una mano a la boca y se levantó a medias de la silla.
—¿Humanos?
—Eso parece.
—¿Está segura?
—Lo suficiente para detener el trabajo y llamar.
Fernando se puso de pie del todo, pero no se dirigió hacia la puerta.
—¿Quién más lo sabe?
—Unai y Peio. Y la operadora.
Hizo la cuenta. Miren lo vio hacerla, aunque en aquel momento creyó estar viendo a un hombre calcular a cuánta gente tendría que dar explicaciones.
—¿Sabe de quién pueden ser?
La pregunta llegó demasiado pronto.
Miren lo miró.
—No.
Fernando bajó la mano.
—Claro. No, claro.
La patrulla tardó cuarenta minutos. Dos agentes uniformados sustituyeron la cinta de la cuadrilla por la suya, comprobaron que nadie hubiera entrado de nuevo en la cata y tomaron los datos básicos de los tres trabajadores y del propietario.
La investigadora llegó más tarde, en un coche sin distintivos. Era una mujer menuda, de unos cincuenta años, con el cabello corto y una forma de moverse que no desperdiciaba tiempo ni atención.
Entregó una tarjeta a Miren.
—Leire Salaberria. Investigación criminal.
No miró primero los huesos. Miró el terreno alrededor: las pisadas, las herramientas abandonadas, las bolsas de muestras, la distancia hasta la casa y el recorrido que cualquiera habría tenido que hacer para llegar desde el camino.
Solo después se acercó al borde de la cata.
—¿Es usted quien dirigía los trabajos?
—Sí. Miren Etxarte. Paisajista.
—Explíqueme por qué excavaron en este punto.
—Había una anomalía en la vegetación y en el perfil del suelo. Estábamos comprobando si había un problema de drenaje, una canalización o terreno removido.
Leire anotó sin dejar de mirar la cata.
—¿Cuándo apareció el hueso?
—Esta mañana. Unai lo rozó con la paleta y paramos de inmediato.
—¿Habían encontrado algo antes?
Miren recordó el reloj en la mochila, dentro de la casa.
—Ayer apareció un reloj.
Fernando estaba a unos metros, al otro lado de la cinta, con las manos en los bolsillos y la actitud de quien espera indicaciones.
Dio un paso hacia ellas.
No dijo nada. Nadie lo llamó y nadie lo apartó. Aquella mañana había demasiadas cosas ocurriendo a la vez para que Miren se detuviera en una de ellas.
Leire levantó la vista.
—¿Dónde está?
—Guardado en una bolsa de muestras. Fotografié su posición antes de moverlo y anoté la cata y la profundidad.
—¿Lo limpió?
—Pasé el pulgar por la tapa para leer un grabado. Nada más.
Leire escribió también aquello.
—Necesito el reloj, la bolsa, las fotografías y las notas originales. No copias.
Miren regresó a la casa. Recuperó la mochila de su habitación y sostuvo la bolsa bajo la lámpara durante unos segundos.
Las iniciales seguían allí.
T. I.
Cuando volvió al prado, Leire se puso guantes nuevos antes de recibirla. Examinó el exterior de la bolsa, pidió a Miren que repitiera cuándo y cómo había manipulado el objeto y lo introdujo en otra funda de pruebas.
—T. I. —leyó.
—No sé qué significan.
—Todavía no tienen por qué significar nada.
Leire cerró la funda y anotó la hora.
—¿Y los restos? —preguntó Miren.
La investigadora miró hacia la cata. A esa hora, la sombra del roble ya alcanzaba el perímetro acordonado.
—Ahora empiezan las preguntas —respondió—. Las respuestas tardarán más.