Capítulo 5
Miren tardó cuatro días en decidirse a abrir la cata.
No era una decisión que tomara a la ligera.
Una alteración en la vegetación podía deberse a media docena de causas razonables: una tubería antigua, un desagüe olvidado, una bolsa de terreno compactado o los restos de una construcción menor.
Remover tierra sin necesidad era el tipo de error que un cliente recordaba durante más tiempo que cualquier acierto.
Pero el patrón junto al roble no dejaba de perseguirla.
Lo observó al amanecer, al mediodía y después de una noche de lluvia. Comprobó la pendiente, la retención de humedad y la dirección de las raíces superficiales. Nada explicaba por completo la forma en que la hierba cambiaba.
Al cuarto día llamó a Unai y Peio.
Llegaron desde Pamplona por la mañana, con la furgoneta cargada de herramientas de sondeo, bolsas de muestras y el café que Unai siempre compraba demasiado dulce. Miren les enseñó sus anotaciones antes de llevarlos al prado.
Fernando apareció cuando estaban descargando.
—¿Cuánto tiempo llevará? —preguntó.
—Un par de días, si no hay complicaciones.
—¿Y si las hay?
Miren cerró la puerta de la furgoneta.
—Entonces será mejor conocerlas antes de que empiecen las obras.
Fernando sostuvo su mirada unos segundos. Después se apartó sin añadir nada.
Miren empezaba a reconocer sus silencios. Aquel no era de desacuerdo, sino de cálculo.
—¿Por dónde empiezan? —preguntó, ya de espaldas.
—Por el cuadrante este. Y luego cerrando hacia el tronco.
No respondió a eso.
Trabajaron con el sol todavía bajo y la hierba húmeda de rocío. Delimitaron un cuadrante alrededor del roble y lo dividieron en secciones. Las primeras catas no mostraron nada relevante: raíces finas, piedra suelta y el suelo oscuro propio de una parcela que llevaba años sin laboreo.
En la tercera, la más próxima al tronco, el perfil cambió.
Bajo la capa compacta apareció una franja de tierra más suelta, con una textura distinta y pequeñas inclusiones que no se repetían en los laterales.
Miren pasó la paleta por el corte vertical.
—Esto se removió —dijo.
—¿Cuándo? —preguntó Peio.
—No puedo saberlo todavía.
Decidió profundizar solo en ese punto.
Poco después del mediodía, cuando habían superado los cuarenta centímetros, Peio dejó de retirar tierra.
—Aquí hay algo.
No había alarma en su voz. Solo la curiosidad de quien espera haber encontrado una pieza de tubería o una herramienta perdida.
Miren se arrodilló junto a la cata. Apartó la tierra con la paleta pequeña, despacio, hasta descubrir una superficie metálica. Era un reloj de pulsera. La correa se había deshecho casi por completo; el cristal estaba opaco y la caja, aunque cubierta de tierra, seguía entera.
Antes de moverlo fotografió la posición desde varios ángulos y anotó la profundidad y el número de la cata.
—Puede llevar ahí veinte años —dijo Unai—. Alguien trabajando en el jardín, se rompe la correa y ni se da cuenta.
—Puede.
Pero veinte años no explicaban la profundidad ni el perfil de tierra removida.
Miren no lo dijo.
Depositó el reloj sobre una lámina limpia. Retiró con el pulgar la tierra suelta de la tapa y apareció un grabado.
T. I.
Dos iniciales no significaban nada.
Aun así, volvió a mirar la cata antes de introducir el objeto en una bolsa de muestras. Escribió la fecha, la profundidad y la sección. Después guardó la bolsa junto a sus notas.
Continuaron trabajando hasta última hora. No apareció nada más.
Esa noche, en la habitación que Fernando había puesto a su disposición mientras duraran las catas, Miren sacó la bolsa de la mochila y observó el reloj bajo la lámpara.
El cristal no dejaba ver la esfera. La corona estaba torcida. En el borde de la caja quedaba adherida una costra oscura que no intentó retirar.
Pensó en enseñárselo a Fernando a la mañana siguiente. Era lo normal: informar al propietario de cualquier objeto encontrado durante el sondeo.
Sin embargo, decidió esperar hasta terminar las catas y entregarle un resumen completo. No tenía motivos para convertir un reloj perdido en algo más antes de saber qué relación guardaba con el terreno.
Volvió a cerrar la bolsa.
Tardó bastante más en apagar la luz.
A la mañana siguiente ampliaron la misma cata y siguieron la franja de tierra removida hacia el interior. A unos setenta centímetros, la paleta de Unai rozó una superficie curva y pálida.
El sonido fue leve.
Bastó para que dejara la herramienta.
—Miren.
Esta vez sí había alarma en su voz.
Ella se acercó. Entre la tierra asomaba una porción de hueso, demasiado lisa y redondeada para confundirse con una piedra.
Miren no se agachó.
—Nadie toca nada más.
Su voz sonó serena. Las manos no.
Unai dejó la paleta en el suelo y se incorporó con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera empeorar algo que llevaba décadas bajo tierra. Peio se acercó al percibir el silencio, pero Miren levantó una mano antes de que alcanzara la cata.
—Quédate ahí.
Los tres miraron el hueco.
Unai fue el primero en apartar la vista.
—¿Es humano?
—Puede serlo. Con eso basta para parar.
El bosque seguía sonando igual. Un pájaro insistía en alguna parte de la ladera. Las hojas del roble se rozaban por encima de ellos. Aquella normalidad le resultó más inquietante que el hueso.
Miren miró la hora y la anotó en el cuaderno.
Eran las doce y veinte.