Capítulo 2
Tomás Illarramendi llegó a Errein en el autobús de las once con una mochila, una caja de herramientas de topografía que pesaba más de lo que parecía y la sensación —todavía poco habitual— de que por fin alguien estaba dispuesto a pagarle bien por hacer aquello para lo que se había formado.
Tenía treinta y cuatro años y llevaba seis trabajando por su cuenta.
La mayoría de sus encargos eran pequeños: informes de impacto para ayuntamientos que necesitaban el documento más que el estudio, prospecciones urgentes antes del inicio de una obra, trabajos que terminaban cuando entregaba una carpeta y empezaban a olvidarse antes de que cobrara la última factura.
Basaldea era diferente.
Un hotel rural de categoría, un terreno amplio y un presupuesto de verdad.
Si el informe salía bien y el propietario quedaba satisfecho, podía abrirle la puerta a proyectos mayores.
Le convenía pensar en eso. En el trabajo, en las posibilidades, en cualquier cosa que no fuera el piso al que ya no regresaría al terminar el verano ni la mujer que le había pedido, dos semanas antes, que dejara de convertir cada conversación en una ausencia.
En la mochila llevaba un cuaderno de campo nuevo. Lo había estrenado esa misma mañana, durante el viaje, escribiendo la fecha en la primera página con la letra apretada y clara que reservaba para aquello que quería hacer bien.
Nadie fue a recogerlo a la parada.
Le habían indicado que preguntara en el bar, desde donde alguien lo acercaría hasta la finca.
El local tenía tres mesas, un mostrador de madera oscura y un hombre detrás de la barra que lo examinó con la curiosidad tranquila de quien lleva toda la vida viendo llegar a forasteros que rara vez vuelven.
—¿Usted es el de las piedras?
Tomás sonrió. No era la primera vez que alguien resumía así su profesión y, en el fondo, no le parecía una mala definición.
—Algo así.
—Espere fuera. Ya viene alguien a buscarlo.
Quien llegó fue Bittor Larumbe, un hombre de cuarenta y cinco años con manos grandes, uñas oscurecidas por la tierra y pocas palabras disponibles para un desconocido. Lo llevó hasta Basaldea en una furgoneta que olía a gasolina, cuerda húmeda y herramientas usadas.
Bittor no pronunció más de diez frases durante el trayecto. Bastaron para que Tomás comprendiera dos cosas: que llevaba toda la vida en aquel monte y que lo cuidaba de una forma que no podía explicarse únicamente por el salario.
Al salir de una curva apareció entre los árboles la parte alta de la casa. Más allá, en el prado, se levantaba el roble.
Bittor redujo un poco la velocidad.
—Ese árbol es más viejo que la casa.
—¿Cuánto más?
El jardinero se encogió de hombros, como si la pregunta no tuviera demasiado sentido.
—Más.
Severino Valderas recibió a Tomás en la puerta con un apretón de manos firme y una conversación breve. Era un hombre que parecía considerar la cortesía un trámite previo a los asuntos verdaderos.
Le explicó lo que esperaba: un informe que permitiera iniciar las obras del hotel antes de fin de año, sin sorpresas, sin retrasos y, sobre todo, sin complicaciones.
Después quiso saber con quién trataba. Si tenía una universidad detrás. Si trabajaba con equipo o solo. Quién más firmaba sus informes. Si dependía de algún organismo, de alguna asociación, de alguien capaz de discutir sus conclusiones.
Tomás contestó a todo, y contestó con cierto orgullo. Llevaba seis años defendiendo que un hombre solo, si trabajaba bien, no necesitaba a nadie por encima.
—Mejor —dijo Severino—. Con un gabinete de Pamplona se me convierte un verano en tres. Prefiero un hombre que responda de lo suyo y no tenga que consultar cada piedra con dos catedráticos.
Tomás lo tomó por un reconocimiento.
Era una descripción de su indefensión, dicha en voz alta. A Severino no le costó ningún esfuerzo pronunciarla, porque no creía estar señalando una debilidad.
Creía estar enumerando ventajas.
—Y el informe lo firma usted —añadió—. Usted solo. Aquí no decide nadie más que yo, y en su parte no quiero más nombres que el suyo.
—Es lo habitual.
—Esta finca lleva más de un siglo en mi familia —dijo Severino—. Aquí no hay nada que no conozcamos ya. No creo que necesite mucho tiempo.
—Nunca se sabe —respondió Tomás—. A veces la tierra guarda cosas que las familias que llevan generaciones encima no han llegado a ver.
Severino lo miró unos segundos, como si intentara decidir si aquello era una observación profesional o una insolencia.
Después le indicó dónde dormiría: una habitación pequeña en la parte trasera de la casa, cerca del almacén de herramientas. Bittor le enseñaría el terreno al día siguiente, a primera hora.
Tomás dejó la mochila sobre la cama, pero no deshizo el equipaje. Todavía quedaban varias horas de luz y prefería hacerse una primera idea de la finca antes de que nadie empezara a explicársela.
Recorrió a pie los límites con el plano que le habían entregado. Tomó notas sobre la pendiente, los afloramientos de piedra y las zonas donde la vegetación cambiaba sin una causa evidente. El terreno parecía sencillo solo desde lejos. De cerca estaba lleno de pequeñas interrupciones.
Fue en el prado norte, cuando la luz comenzaba a bajar, donde una de ellas lo obligó a detenerse.
Apenas se percibía: una elevación leve, una sucesión de piedras que podía parecer casual, una forma incompleta bajo la hierba. Un ojo sin entrenar habría seguido de largo. Tomás se arrodilló.
La tierra estaba fría a través del pantalón. Lo anotó como lo que era: retención de humedad, sombra densa, drenaje deficiente en la vaguada.
Apartó unas hojas sin remover la tierra y recorrió con la mirada la curva que formaban las piedras. Sintió esa corriente breve y exacta que precedía a los hallazgos, cuando todavía no había certezas y, sin embargo, algo ya se había vuelto imposible de ignorar.
Sacó el cuaderno.
Anotó la ubicación, dibujó un croquis y escribió debajo:
Zona norte, junto al roble grande. Revisar antes de continuar. Posible interés.
Esa noche cenó solo en la cocina. Desde otra habitación llegaban las voces de Severino y un hombre más joven, quizá su hijo. Hablaban de cifras, plazos y un dinero que debía cerrarse antes de fin de año.
Tomás apenas los escuchó.
Había pasado meses sintiendo que todas las decisiones importantes de su vida se tomaban en otro lugar.
En Basaldea, por primera vez en mucho tiempo, creyó haber llegado exactamente adonde debía.
No podía saber que le quedaban nueve días.