Capítulo 3
Bittor Larumbe vivía en una casa pequeña a la entrada de Errein. El huerto, dividido en hileras exactas y limpio incluso de las hojas que el viento había dejado aquella mañana, contrastaba casi con descaro con el abandono de los jardines de Basaldea que Miren llevaba tres días documentando.
Imanol le había dado la dirección con la misma naturalidad con la que antes le indicó el nombre del ferretero y el horario del único bar.
—Si quiere saber qué se plantó en la finca, pregúntele a Bittor. Cuidó ese jardín durante cuarenta años.
Miren llegó a media mañana con el cuaderno y una bolsa de bollos comprada en Errein.
Lo hacía más por costumbre que por estrategia.
Había visitado suficientes fincas rurales para saber que, en los pueblos pequeños, presentarse con las manos vacías era una forma de pedir que le abrieran la puerta de entrada y ninguna otra.
Bittor la recibió con una cortesía pausada, casi ceremonial. La sentó a una mesa de madera bajo un emparrado que, según dijo, había plantado treinta años atrás.
Tenía ochenta y tres años y se movía con la lentitud precisa de quien había aprendido a no desperdiciar gestos. Antes de sentarse, apartó del tablero una hoja seca que Miren ni siquiera había visto.
—Así que usted es la que va a arreglar el jardín de los Valderas.
—A estudiarlo, de momento. Todavía no sé si queda mucho que salvar o casi todo por rehacer.
Bittor sonrió. Había más melancolía que humor en el gesto.
—Casi todo por rehacer, dígales. Aquel jardín se murió mucho antes de que yo lo dejara.
—¿Y cuándo lo dejó?
—En el dos mil tres. Sesenta años. Ya no subía bien la cuesta con la máquina.
Miren hizo la cuenta sin querer hacerla.
—Entonces siguió allí quince años después de que se parara la obra.
—Quince veranos. —Bittor se sirvió café sin mirarla—. Iba a ser un hotel. Se paró y no se retomó.
—¿Por qué?
Levantó la taza, pero no bebió.
—Cosas de dinero, decían. Yo ya llevaba tiempo trabajando allí y puedo asegurarle que en Basaldea nunca faltó el dinero. Faltó otra cosa.
No explicó qué.
—¿Y qué hacía usted todos esos años, si no se invertía nada?
—Segar. Limpiar los canales. Cortar lo que se caía. —Se encogió de hombros—. Nadie plantaba. Nadie pedía. Nadie bajaba a ver el jardín. Y me pagaban igual, cada mes, como si el hotel fuera a abrir en primavera.
—¿Quién le pagaba?
—Primero don Severino. Los últimos años, Fernando.
Miren anotó la fecha por costumbre profesional y se quedó un momento mirando lo que acababa de escribir. En todos sus años de oficio no había conocido a ningún propietario que mantuviera a un jardinero durante quince años en una finca donde había dejado de gastar en todo lo demás.
Lo apuntó como una rareza contable. Los ricos rurales tenían esas cosas: dejaban caer un tejado y seguían pagando un sueldo de siempre porque cambiarlo les daba más trabajo que mantenerlo.
Miren reconocía la diferencia entre un silencio que pedía una pregunta y otro que advertía contra ella.
Extendió sobre la mesa el plano de la finca y empezó por asuntos concretos: los tejos de la entrada, un rosal desaparecido que Bittor describió pétalo por pétalo, los bancales de la parte sur y una línea antigua de frutales de la que solo quedaban dos manzanos torcidos.
A medida que hablaba del jardín, el anciano parecía olvidar la edad. No necesitaba consultar fechas. Recordaba los años por la primera helada, por una plaga de pulgón o por el verano en que los serbales dieron fruto antes de tiempo.
—¿Y el roble del prado norte? —preguntó Miren, señalándolo en el plano.
Bittor dejó pasar unos segundos.
—Siempre ha estado ahí. Es más viejo que la casa.
—Imanol me recomendó que dejara esa zona para el final.
—Imanol siempre ha sido prudente con lo que no conoce bien.
—Dice que el terreno se encharca y que las raíces están muy arriba.
—Eso es verdad.
Bittor apoyó la taza.
—Ese prado lo segué entero cada verano. Alrededor del tronco, no. Ahí dejaba un metro sin tocar, o metro y medio. Las raíces salen a flor de tierra y la cuchilla las descubre, y una raíz descubierta se seca en dos semanas.
—Es lo correcto —dijo Miren.
Era lo correcto. Cualquier manual lo recomendaba.
—El roble no necesita que nadie lo arregle. Lleva cuidándose solo más años que cualquiera de nosotros.
La respuesta era razonable. Sin embargo, apartó la vista hacia el huerto al pronunciarla. No pareció estar mirando las hileras de verduras, sino algo situado mucho más atrás.
Miren cambió de asunto.
Bittor le habló de las heladas tardías, de los brotes que había que proteger con paja y de un serbal que plantó el año en que nació su primera nieta. Todavía lo utilizaba, dijo, para saber cuándo llegaba de verdad la primavera. Era más fiable que cualquier calendario.
Miren lo escuchó con interés. Le gustaba aquella manera de medir el tiempo por lo que florece, se pudre o vuelve a brotar. En el fondo, no era tan distinta de la lógica de su propio trabajo.
Cuando se despidió, pasado el mediodía, llevaba mucha más información de la que esperaba.
Se llevó también una incomodidad que todavía no sabía formular. No procedía de una respuesta concreta, sino del cuidado con que Bittor había rodeado algunas palabras para no acercarse demasiado a otras.
Aquella tarde regresó al prado norte.
La luz descendía entre las ramas, fragmentada por las hojas.
Miren se agachó junto al roble y pasó la mano sobre la hierba.
Crecía más densa en algunos puntos y casi desaparecía en otros.
Había diferencias de color, raíces que cambiaban de dirección y una leve depresión donde el agua no parecía acumularse como debería.
Nada de aquello, por separado, resultaba extraordinario.
En conjunto, formaban un patrón.
Miren sacó el cuaderno y delimitó la franja donde la vegetación cambiaba. No dibujó un rectángulo perfecto. La tierra rara vez se comportaba con tanta cortesía.
Al terminar, apoyó la palma sobre el suelo.
Estaba más frío que el resto del prado.