El roble de Basaldea Capítulo 1
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Capítulo 1

El asfalto terminaba dos kilómetros antes de la finca. Miren Etxarte lo tomó como un buen augurio, aunque quince años de oficio le habían enseñado que un camino de tierra no significaba autenticidad, aislamiento ni belleza.

Solo significaba que nadie había necesitado arreglarlo.

El encargo importaba más de lo que ella había dejado traslucir durante la negociación.

Era el mayor desde que trabajaba por cuenta propia y, si salía bien, le permitiría mantener en nómina a Unai y Peio durante el invierno sin aceptar proyectos mal pagados para cubrir los meses flojos.

No se trataba de una gran ambición. Era algo más modesto y, para Miren, más serio: continuidad.

También la había desconcertado un poco. El pliego que Fernando le había leído por teléfono pedía un estudio del terreno, de los drenajes y del subsuelo inmediato, y aquello era, en rigor, trabajo de una ingeniería.

Ella lo había dicho en voz alta durante la negociación, porque prefería perder un encargo a firmar algo que no le correspondiera.

Fernando había respondido que precisamente por eso la quería a ella. Que las empresas mandaban a tres chicos con un dron y facturaban un informe que nadie leía, y que él prefería a alguien que pisara la tierra.

Miren lo había tomado por un cumplido.

Era la primera semana de junio y el bosque se cerraba a ambos lados conforme la carretera ganaba altura.

Primero hayas, con el verde crudo de las hojas nuevas; después, robles dispersos y claros donde el sol alcanzaba el suelo durante unos pocos metros.

El aire que entraba por la ventanilla olía a hojas húmedas, corteza y agua retenida bajo la tierra.

Era un olor denso, muy distinto del aroma domesticado de los jardines urbanos de los que venía.

Le gustó.

Siempre le gustaba el primer encuentro con un terreno, antes de que el trabajo empezara a convertirlo en pendientes, cotas, drenajes y especies que conservar o arrancar.

La casa apareció al final de una recta, más grande de lo que sugerían las fotografías que Fernando le había enviado.

Piedra oscura, tres plantas y un tejado a dos aguas que pedía una revisión desde hacía años.

A su alrededor se extendía un jardín que alguna vez había sido ambicioso y ahora era, sobre todo, superviviente: setos que habían perdido la forma, un parterre invadido por la hierba y, al fondo, dominando el prado norte, un roble enorme.

No era un árbol hermoso en el sentido fácil de la palabra. Tenía ramas desiguales, una cicatriz antigua en el tronco y una copa que parecía haber crecido discutiendo con cada invierno. Su tamaño, sin embargo, obligaba a mirarlo.

Fernando Valderas salió a recibirla antes de que terminara de aparcar. Tenía sesenta y seis años, una complexión todavía fuerte y la clase de firmeza al estrechar la mano que parecía calculada para que el otro reparara en ella.

Un segundo hombre esperaba unos pasos detrás. Era más joven que Fernando, pero llevaba los hombros ligeramente vencidos. Miren no lo reconoció y Fernando no se molestó en presentarlo hasta que ella le tendió la mano.

—Imanol.

—Miren.

La amabilidad del hombre parecía sincera, aunque había en ella un cansancio que no se correspondía con la hora de la mañana.

—Ayudo con la gestión de la finca —explicó.

—Es de la familia —añadió Fernando.

Lo dijo como si aclarara una cercanía. A Miren le sonó más bien a una forma de establecer la distancia exacta entre ambos.

—¿Ha encontrado bien el camino? —preguntó Fernando.

—El GPS se ha rendido a los dos kilómetros.

—Aquí se rinden todos.

Sonrió. Miren llevaba demasiados años tratando con propietarios para no reconocer una sonrisa que había sido utilizada muchas veces.

Fernando le enseñó el exterior de la casa con la brevedad de quien ya no puede verla como la ve un extraño.

Mientras caminaban, repitió lo hablado por teléfono: la venta estaba prácticamente cerrada; el comprador pretendía convertir Basaldea en un hotel rural de categoría alta y necesitaba, antes de firmar, un estudio completo del terreno, los drenajes y el jardín existente.

Preguntó también por ella. Cuántos años llevaba por su cuenta, si tenía estudio abierto o trabajaba desde casa, si había alguien más que firmara sus informes, si pertenecía a algún colegio profesional.

Miren respondió con naturalidad. Eran preguntas razonables en un primer encuentro: cualquier propietario quiere saber a quién contrata.

Solo mucho más tarde comprendería que Fernando no estaba averiguando a quién contrataba.

Estaba averiguando a quién no tendría enfrente.

—Llevamos años sin invertir aquí —dijo.

Ahí sí, algo en su voz sonó sin ensayar.

—Desde que el proyecto se cayó la primera vez.

—¿La primera vez?

—Hace mucho. Otra época. —Fernando apretó el paso—. Nada que tenga que ver con lo suyo.

Miren no insistió. En las fincas antiguas siempre había una reforma suspendida, una herencia mal resuelta o un dinero que no llegó. Casi nunca tenía relación con el trabajo para el que la habían contratado.

—¿A quién entrego el estudio? —preguntó—. Necesito saber quién lo aprueba.

—A mí. Y a los técnicos del comprador.

Fernando tardó un segundo más de lo necesario en añadir el resto.

—La propiedad está repartida. Mi sobrino y la viuda de mi hermano. Ella ha pedido la división. —Se ajustó el puño de la camisa—. Cuando uno de tres quiere salir, los otros dos no tienen mucho que decidir. Así que me ocupo yo.

Lo dijo sin amargura y con una precisión excesiva, como quien ha explicado eso mismo varias veces y ya no espera que le guste a nadie. Miren anotó los nombres porque siempre anotaba quién podía pedirle explicaciones más adelante.

Recorrieron primero el jardín próximo a la casa.

Fernando quería comenzar allí porque sería lo primero que verían los futuros clientes.

Miren tomó notas: orientación, zonas de escorrentía, un boj enfermo que aún podía recuperarse, la sombra de un tejo centenario que convenía respetar tal como estaba.

Al acercarse al roble del prado norte, Imanol se adelantó a la pregunta:

—Esa zona puede dejarla para el final.

Miren levantó la vista del cuaderno.

—¿Por alguna razón?

Imanol observó el suelo, no el árbol.

—Las raíces están muy arriba y el terreno se encharca. Habrá que entrar con cuidado.

—Nunca ha dado un problema —dijo Fernando.

Lo dijo con más convicción que cualquier otra cosa en toda la mañana, y Miren lo registró sin saber qué hacer con ello: un propietario que llevaba una hora enumerando desperfectos con resignación acababa de defender un metro de prado como si le hubieran puesto en duda algo suyo.

—En cualquier caso, tendrá que revisarlo —añadió—. El acceso nuevo y el aparcamiento van ahí. Es la única parte llana y es la que el comprador quiere medida. Si dejo un anexo fuera del estudio tengo que justificarlo por escrito y firmarlo yo.

—Claro.

Fernando retomó la explicación sobre los accesos y, al pasar junto al tronco, apoyó la mano en la corteza. Fue un gesto distraído, de los que se hacen sin decidirlos. Después la retiró y siguió andando.

De los tres, pensó Miren, era el único que parecía cómodo allí. Imanol se había quedado dos pasos atrás, mirando la hierba.

No le concedió más importancia de la que daba a cualquier detalle de una primera visita. Aun así, escribió en el cuaderno:

Roble norte. Revisar aparte.

Cuando lo cerró, Imanol seguía mirando el suelo.

Miren los siguió hacia la casa.

A su espalda, las hojas del roble rozaron unas con otras.