El roble de Basaldea
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Prólogo
Imanol supo que habían cavado durante la noche porque la tierra junto al roble estaba más oscura que el resto.
No fue lo primero que vio. Lo primero fue el olor: tierra de abajo, húmeda y fría, de esa que normalmente nunca sale a la superficie, mezclada con el aroma áspero de las raíces recién cortadas.
Después distinguió el rectángulo irregular, más oscuro y más suelto que el prado que lo rodeaba, como si alguien hubiera abierto la tierra y la hubiera cerrado sin tiempo para devolverle el orden.
Tenía catorce años y llevaba dos semanas en Basaldea.
Su padre era el hijo mayor de Severino Valderas y no había sacado de aquella casa más que el apellido y la costumbre de pronunciarlo en voz baja.
Sus padres habían decidido que a Imanol le vendría bien salir de Iruña, ver mundo y hacerse fuerte trabajando con las manos.
Eso decían. Imanol sospechaba que lo que de verdad querían era pasar un verano sin él en casa.
Le habían puesto a ayudar a Bittor con el riego y con cualquier tarea que surgiera.
No le importaba. Basaldea era más grande que todos los lugares que conocía, y el tío Fernando, cuando se acordaba de que existía, podía ser generoso de un modo que desentonaba con la seriedad del resto de la familia: una moneda para bajar al pueblo, una gaseosa fría, una palmada en el hombro que hacía sentir a Imanol menos invitado y un poco más Valderas.
Aquella mañana se había despertado antes de la hora.
El calor se había quedado atrapado en la habitación pese a la ventana abierta, y bajó descalzo a la cocina en busca de agua.
Desde la ventana trasera vio que alguien había trabajado durante la noche en la parte del monte donde el roble extendía su sombra sobre casi todo el prado.
No le pareció raro. Pensó que tendría relación con el proyecto del hotel, del que todos hablaban sin explicarle nada: que iba a cambiarlo todo, que traería dinero, que por fin Basaldea se convertiría en lo que siempre había debido ser.
Se acercó porque tenía curiosidad, no porque sospechara nada.
A los catorce años no se sospecha. Se mira.
Entonces vio la tierra oscura, una pala apoyada contra el tronco y algo más —un trozo de tela, quizá— medio hundido en uno de los bordes, como si quien había tapado el rectángulo no hubiera reparado en él o hubiera estado demasiado cansado para volver atrás.
No llegó a acercarse del todo.
—Imanol.
La voz de su tío Fernando no sonó como siempre. No quedaba en ella rastro de aquella generosidad ocasional. Imanol se giró.
Fernando estaba a unos metros, con la ropa de la noche anterior todavía puesta y barro seco en los bajos del pantalón.
No miró la tierra.
Miró los pies descalzos de su sobrino. Después el sendero que bajaba hacia la casa. Después otra vez los pies.
—¿Hay alguien más levantado?
—No lo sé.
Solo entonces Fernando avanzó hasta el borde del rectángulo. No se agachó. Apoyó la bota sobre el trozo de tela y lo hundió en la tierra suelta, despacio, con el peso exacto, sin dejar de mirar a Imanol mientras lo hacía.
—¿Qué es eso? —preguntó el muchacho, señalando el suelo.
—Nada —respondió Fernando—. Un perro. Se murió un perro y lo enterramos.
Imanol no recordaba haber visto ningún perro en Basaldea durante aquellas dos semanas.
Miró la pala.
Después miró otra vez a su tío.
Fernando no alzó la voz ni dio un paso hacia él. No le hizo falta.
Tenía una expresión que el muchacho no supo interpretar entonces. Solo muchos años después podría ponerle nombre, y el nombre le daría más miedo que todo lo demás de aquella mañana: la de un hombre que acababa de descubrir que aquello se le daba bien.
—Eso no se lo cuentas a nadie —dijo—. Ni a tu madre ni a nadie. ¿Entendido?
No era una petición.
Imanol dijo que sí.
Entonces Fernando cruzó la distancia que los separaba y le puso la mano en el hombro.
Fue la misma palmada de siempre. La de la moneda y la gaseosa fría. La que lo hacía sentirse un poco más Valderas.
El gesto había cambiado de significado sin cambiar de forma. Desde aquella mañana, el afecto y el precio le llegarían siempre juntos y en la misma mano.
Recordaría aquella mañana el resto de su vida de la misma forma en que uno recuerda las cosas que eligió no entender: como una imagen inmóvil, sin antes ni después.
La tierra oscura. El olor. El barro seco en el pantalón de Fernando.
La palabra nada , pronunciada de un modo que ya entonces, aunque no pudiera explicar por qué, le sonó a mentira.
Nunca volvió a ver ningún perro en Basaldea.
Nunca preguntó por él.
Y durante treinta y ocho años, cada vez que alguien mencionaba el roble, Imanol Valderas apartaba la mirada un instante antes de responder.
Al principio sabía que lo hacía.
Después dejó de darse cuenta.