DESPUÉS
Soojin había terminado de empaquetar la ropa de su hermana cuando su padre llegó a la habitación. La puerta estaba completamente abierta. Entró y se sentó al borde de su cama desordenada.
—¿Cómo lo llevas? ¿Necesitas ayuda? —preguntó con su estilo habitual, lanzando una red amplia con las palabras.
La habitación de Soojin parecía el resultado de un tornado.
Había cajas abiertas por todas partes, en diferentes niveles del proceso de llenado.
La ropa que ya no le servía yacía en montones en el suelo, destinada al contenedor de donaciones.
Sería fácil asumir que su padre ofrecía ayuda para empaquetar, pero, conociéndolo, no era eso lo que realmente quería decir.
Solo quedaba una cama en la habitación. Un día antes, su padre había desmontado la de Mirae para quitarle la pintura al marco y enviar la madera a reciclar.
Había sido un tipo diferente de soledad volver a su habitación y ver esa ausencia física.
Pero no tenía sentido llevar la cama al nuevo apartamento para que permaneciera en un rincón, sola, esperando a una ocupante que nunca volvería.
En pocos días se mudarían a Bragg Hills, donde Soojin terminaría su último año. Su nuevo hogar era pequeño. No podían llevarlo todo, así que la mitad de las cajas se quedarían almacenadas en el garaje de su tío.
—Estoy bien, papá —respondió, aunque no siempre era cierto. A veces, la pérdida de su hermana la golpeaba como si fuera algo físico. Había días en que el dolor la alcanzaba sin avisar, en la escuela o frente al fregadero, mientras enjuagaba los platos entre sollozos.
Aun así, había otros días en los que vivía impermeable al duelo al recorrer el lugar despidiéndose de las playas que había amado de niña.
Despidiéndose de su pintoresco centro de la ciudad y de la heladería decorada con jacintos de plástico en viejos botes de leche.
Hubo largas noches con Mark, conduciendo sin rumbo por los caminos rurales, escuchando música y dejando que un silencio cómodo los acompañara.
Días en que ella y su padre se ensuciaban las manos en la freiduría junto a la cala, comiendo tiras de abulón rebozadas en cerveza servidas en bandejas de papel.
Y se reían, preparando el corazón para partir.
Mientras Soojin pudiera encontrar un equilibrio entre estos dos tipos de días, sentía que podrían sobrevivir: su padre y ella.
Podrían construir una vida de alegría y dolor.
Sacó un cajón del escritorio y revisó su contenido, encontrando peluches de personajes de un viaje infantil a Seúl, gomas de borrar duras con forma de fruta y recibos.
Tiró la mayoría de las cosas, pero entre ellas encontró una foto de Mirae, sonriendo, con un vestido veraniego.
Soojin repasó con un dedo la línea del rostro de su hermana antes de colocar cuidadosamente la foto en una caja que la acompañaría a su nuevo hogar.
Su padre se arrodilló a su lado y le apoyó una mano ajada sobre el pelo.
—Te voy a alejar de todo lo que conoces.
Soojin negó con la cabeza mientras pegaba cinta sobre las solapas de la caja.
—Nunca me di la oportunidad de conocer realmente este pueblo fuera del contexto de nuestra familia. —Apartó la caja—. Tú eres todo lo que conozco.
Aunque él no respondió, sostuvo su mano como diciendo: «Haremos que esto funcione».
Soojin se la apretó brevemente, luego se volvió hacia la jaula de Milkis.
No había tenido el valor de desmontarla durante todo ese tiempo, lo había pospuesto todo lo posible.
Comenzó a trabajar las barras de la gran jaula, colapsando los travesaños y desenganchando las hamacas en las que todavía podía imaginar a su querida rata pasándose el pequeño hocico blanco por las patitas.
Presionó el suave fieltro gastado contra la nariz.
Olía a almizcle de animal y restos de fruta y, cuando finalmente se lo apartó de la cara, notó que estaba húmedo.
Las lágrimas le habían corrido silenciosas por las mejillas sin que se diera cuenta.
Se las secó con la manga y luego plegó las hamacas para guardarlas.
Soojin terminó de desmontar la jaula y, así, la evidencia de dos de los antiguos habitantes de la habitación desapareció.
Ahora estaba sola, y pronto su padre cargaría todo en la furgoneta que habían alquilado para la mudanza y ella también se iría.
Un nuevo grupo de personas ocuparía la casa y la llenaría de aromas diferentes.
Nuevas fotografías de vidas completamente ajenas a la suya decorarían estas paredes.
Y, pronto, la lealtad de la casa cambiaría.
Su padre se acercó por detrás y le quitó una rampa de metal de las manos. Ella se quedó mirando la pared detrás de donde había estado la jaula. El sol había desteñido sobre el papel pintado el contorno fantasmal de la jaula, inmóvil durante años.
—¿Me estás ignorando? —preguntó él.
—No. Sigo aquí.
—Bien. Toma esto —dijo su padre mientras le ponía una enorme sudadera gris en los brazos—. La encontré en el suelo, debajo de la cómoda de la cabaña, así que la he lavado. Deberías devolvérsela.
Ella desplegó la sudadera. Se le había perdido el cordón y los puños estaban deshilachados.
—Volveré antes de cenar —dijo Soojin atándose la sudadera alrededor de la cintura.
Su padre la relevó con las cajas y cerró las que contenían las cosas que se llevaría a su nuevo hogar.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
Cuando llegó a Patitas en Paz, el mundo tenía la cualidad fría y limpia del inicio del invierno.
Los árboles estaban desnudos, salvo los pinos, que se aferraban obstinadamente a sus agujas, impregnando el pueblo con su perfume mentolado.
Mark Moon estaba en el jardín, arreglando un parterre de crisantemos blancos.
Flores de funeral, de renovación. Su pelo despeinado era lo bastante largo como para atarlo en algo parecido a una coleta.
Llevaba gafas oscuras a pesar del tímido sol de diciembre.
Oyó a Soojin antes de que ella se anunciara.
Si le sorprendió verla, no lo mostró.
—¡Hola! —dijo de forma torpe pero cálida. Se puso en pie—. ¿Has venido a cremar algo? Mi madre está en la oficina, así que quizá tengas que venir más tarde.
Surgió un sentimiento incipiente, un calor que se reunía. Ella negó con la cabeza.
—No, solo quería ver cómo estabas. —Por un momento hubo una incomodidad inusual, hasta que lo señaló y preguntó—: ¿ Look nuevo?
Él se sonrojó y se quitó las gafas de sol haciendo una mueca.
—Oh, ¿esto? No… Es que todavía tengo algo de contusión. La luz me molesta en los ojos. —Eso explicaba por qué, en las últimas semanas, solo lo había visto por la noche—. Pero estoy bien —añadió rápidamente—. El médico dice que se curará pronto.
Se sentaron en un banco conmemorativo de piedra a la sombra de un sauce.
Estaba en una colina con vistas al pequeño valle donde se agrupaban las parcelas del cementerio.
A pesar del frío, había visitantes colocando flores y coronas de huesos de perro sobre las tumbas.
Le sorprendió un poco el hecho de que nada impidiera el avance de las cosas.
Como hormigas, la gente sorteaba cualquier dolor que obstaculizara sus caminos y forjaba futuros nuevos. Soojin tenía que hacer lo mismo.
Una brisa ascendente llevó las voces de los visitantes hacia ellos en murmullos fragmentados. Una familia intentaba alejar a un cachorro curioso que olisqueaba una lápida. Oyó: «¡Buena chica, Nana!», aunque a ella le sonó como «Sana».
—En realidad, he venido a darte esto —dijo desatándose la sudadera que llevaba alrededor de la cintura—. Pensé que debería devolvértela antes de mudarme.
Decir estas palabras le costó un poco. Hacía tiempo que sabía que la casa se había vendido, pero aún no se lo había contado.
Soojin todavía oscilaba salvajemente entre el deseo de dejar atrás este lugar con sus recuerdos maravillosos y dolorosos y el deseo de postrarse en su tierra familiar y quedarse.
Cuando se permitió ser honesta, se dio cuenta de que Mark tenía un gran peso en este último deseo.
Él le tomó la sudadera de las manos y sus dedos rozaron los de ella.
—He estado buscándola —dijo mientras se la ponía y metía las manos en el amplio bolsillo—. Entonces, te vas de verdad.
—Sí —respondió ella.
Sacó una pelusa del bolsillo, y el silencio creció entre ellos. Un mechón de pelo negro se desprendió con ella. Lo miró un momento antes de dejar que el viento se lo llevara.
—El pueblo está cambiando —sentenció finalmente.
Soojin asintió. El pueblo, efectivamente, estaba cambiando.
Tras una serie de muertes inexplicables, lógicamente nunca volvería a ser el mismo.
Cuando Christopher Porter fue encontrado muerto en su estanque de carpas con marcas de dedos en descomposición alrededor del cuello, el terror se apoderó de Jade Acre.
No había manera de explicarlo, especialmente después de lo que había pasado con los Silas.
«Fantasmas», coincidían los habitantes. «Maldito».
Paranoicos, muchos residentes de toda la vida estaban poniendo a la venta sus queridas casas heredadas.
El sector turístico también se vería afectado.
Soojin ya podía verlo adaptarse para atraer a turistas que visitaban pueblos como Salem, lugares de misterio, de lo sobrenatural y supuestos fantasmas.
Una nueva atmósfera de intriga envolvía su pequeño pueblo y, por primera vez, estaba lleno de visitantes, fuera de temporada, que corrían de un lado para otro con sus medidores de campos electromagnéticos, molestando a los lugareños.
Pero Jade Acre también estaba cambiando de otras formas.
Poco después de que su padre fuera enterrado, Bentley Porter sorprendió al pueblo acusando a su progenitor de sobornar al fallecido jefe de policía.
Admitió haber empujado accidentalmente a Mirae desde el puente del tren y contó cómo Silas y su padre habían mantenido su implicación en secreto.