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—Pero no es demasiado tarde —añadió Mirae, con la voz nuevamente firme—. Aún puedes arreglar esto. —Abrió la boca. A Soojin le llevó un momento entender lo que esperaba de ella, pero, cuando lo hizo, lo único que pudo hacer fue retroceder.
—¿Así que me dejarías en el río para siempre? —preguntó Mirae acariciando la mejilla de Soojin—. Solo te tengo a ti para esto.
Mirae abrió la boca de nuevo e inclinó la cabeza hacia atrás para que Soojin pudiera ver el molar inusualmente puntiagudo en su boca, el que había enterrado hacía tanto tiempo en la tierra. La llave ósea para devolverla a la vida, ahora la llave ósea para liberarla.
¿Cómo podía Mirae seguir confiando en ella después de todo lo que había hecho?
La visión de Soojin tembló. En su cabeza había una letanía de recuerdos: imágenes de su hermana y ella riendo mientras corrían por el patio de la escuela.
Buscando juntas cristal marino en la playa.
Contándose historias durante las noches sin dormir tras la muerte de su madre, con las manos entrelazadas a la vez que la noche cedía a la luz pálida más allá de la ventana.
Pero el pasado se había ido. Se había ido y Mirae aflojó el agarre y liberó una de las manos de Soojin para hacer lo que debían. El agua las separó momentáneamente, para luego volver a juntarlas. No podía dejar a Mirae allí, en esas aguas crueles. Por mucho que doliera, tenía que liberarla.
—Está bien —dijo Soojin, asintiendo, y tragó saliva mientras sentía un nudo en la garganta. No iba a llorar. Le debía eso a Mirae—. Está bien. Unnie, ¿estás lista?
Soojin metió la mano en la boca de su hermana y palpó hasta sentir los bordes afilados del diente. Era mucho más pequeño que los demás y más frío al tacto. Lo sostuvo entre los dedos. Estaba flojo, con raíces débiles y maleables. Lo empujó hasta sentir cómo se soltaba de la encía y se desprendía.
Fue tan simple, tan fácil. Y, sin embargo, cuando Soojin retiró la mano con el diente de leche reluciente y ensangrentado en la raíz, se sintió herida. Aun así, las dos hermanas sonrieron, sosteniéndose la una a la otra cuando ya la coronilla les rozaba el techo y el agua les llegaba a la barbilla.
—Te quiero —dijo Soojin mientras el pelo se le enroscaba alrededor de los tobillos—.
Te quiero, así que ahora te voy a dejar ir.
—Intentó desenredar sus pequeñas manos, pero Mirae la sujetó con más fuerza.
Las estrellas fluorescentes se habían despegado del techo y ahora giraban a su alrededor, parpadeando como constelaciones empapadas. Las bañaba una tenue luz verde.
—No recuerdo qué deseé entonces con mamá y papá —dijo Mirae.
Su voz tenía un eco extraño en la pequeña bolsa de aire que les quedaba—.
Pero si pido un nuevo deseo, ¿crees que se cumplirá?
—A su alrededor, el agua se agitaba furiosa.
Las olas las empujaban contra el techo con tanta fuerza que unas aperturas de luz blanca cruzaban la visión de Soojin.
Una corriente lanzó una estrella de plástico en una parábola rápida frente a sus cuerpos, ¿y qué era eso sino una estrella fugaz?
Soojin hizo lo posible por sonreír.
—No tienes nada que perder. Pide tu deseo.
Mirae la abrazó mientras el agua las rodeaba. Su cuerpo había adquirido una lucidez inusual y empezaba a desvanecerse como un recuerdo. Soojin podía ver los dibujos de la pared a través de su brillo tenue. Un cuerpo que se volvía imaginario.
—Nuestra familia ya no necesita este poder. Deseo que salga de nuestra sangre, para que aprendamos a sanar —dijo Mirae sonriendo—. Y deseo que tú y papá seáis felices sin mí.
El agua les inundó la boca y la nariz. Les sumergió la visión y llenó cada rincón de su habitación de infancia. El mundo se convirtió en un sueño azul. No podía respirar, ni hablar, pero pensó: «Lo lograremos. Lo prometo».
Mirae ya estaba desapareciendo. Sus manos fueron lo último en irse.
Manos de magia y creación. De posesión y espinas.
Manos capaces de milagros de renacimiento y destrucción.
Pero, sobre todo, manos de niña, translúcidas y desencarnadas, que se aferraban a las de Soojin.
Allí un instante y luego desapareciendo, definitivamente, en el pasado.
La maldición dejó el pueblo con la misma rapidez con la que lo había encadenado.
Mientras Mark arrastraba a Bentley a la orilla y luego le presionaba el pecho hasta que tosió el agua, el río comenzaba a hervir tras ellos.
Se cerró sobre la cabeza de Soojin arrastrándola hacia abajo, y Mirae desapareció tras ella.
El señor Han gritó llamándolas, se sumergió bajo la superficie turbulenta en su busca y salió solo.
Mirae nunca haría daño a su hermana. Mark todavía lo creía. También creía que esa cosa de agua no era la Mirae que habían conocido, no realmente. Solo las partes más melancólicas y solitarias de ella. ¿Quién no sería capaz de cualquier cosa en ese estado?
Su cuerpo todavía no le pertenecía del todo cuando se deslizó por las riberas húmedas.
Gritó hasta que un silencio sin aliento descendió sobre el barranco y calmó el agua para dejarla con un brillo cristalino.
Un cuerpo flotó de vuelta a la superficie, con el rostro pálido vuelto hacia el cielo.
La chica flotaba como un loto, con la falda blanca del vestido desplegándose debajo.
En la oscuridad, Mark no podía distinguir los rasgos de su cara.
Solo que su piel parecía perlada y tirante, como la de los ahogados.
¿Qué llevaba puesto Soojin? Solo tuvo un instante para entrar en pánico antes de que todo pensamiento fuera interrumpido por una explosión de luz.
Se protegió los ojos y, cuando la luz bajó lo suficiente como para mirar, la chica flotante había desaparecido.
En su lugar, una nube de tierra se dispersaba rápidamente y extendía sus alas oscuras río abajo.
Un cuadrado de papel flotaba lentamente tras ella.
Si lo hubiera recogido del agua, habría visto que era una hoja con el nombre 미래 escrito con la caligrafía perezosa de Soojin, pero decidió no tocarla.
El papel navegó un poco más antes de ser envuelto en llamas azules.
El nombre, un barco en llamas sobre el agua, se llevó a sí mismo hacia un final elegido por él.
Soojin lo escuchó gritar y abrió los ojos.
El agua ondulaba sobre ella, oscurecida por el limo que era su hermana y que se alejaba de ella para siempre.
Su corazón podía haberse roto en ese momento.
¿Para qué había servido todo? Entonces llegó un estruendo que disipó la quietud antinatural del mundo bajo el río.
Su padre nadaba hacia ella, cortando la oscuridad con brazos desesperados.
La estrechó contra sí y la llevó al aire, donde tosió un puñado de agua.
—Te tengo —jadeó mientras luchaban juntos hacia la orilla. Mark los esperaba al borde del agua, la tomó por el otro brazo y la ayudó a subir a la ribera pedregosa. Soojin no podía dejar de temblar. Su padre confundió esto con una lesión y la examinó frenéticamente—. ¿Estás bien?
Intentó asentir, pero el cuerpo la desobedecía. En su lugar, sacudió la cabeza.
—¿Qué ha pasado? —Su padre le frotaba la muñeca con círculos cálidos.
Mark le apartó el pelo de los ojos y, en la esquina de su visión, vio a Bentley observando su pequeña unidad con algo que rozaba la añoranza, antes de darse la vuelta y desaparecer entre los árboles. Sobre ellos, el amanecer desplegaba su vela lila contra el cielo.
—¿Cariño? —insistió su padre suavemente.
Soojin aflojó el puño que tenía contra el pecho. Un diminuto molar descansaba en su palma.
—La he mandado de vuelta, papá —logró decir—. Lo siento mucho.
Vio cómo el rostro de su padre se relajaba aliviado antes de tensarse de nuevo.
¿Cuántas veces tendría que llorar por Mirae?
¿Y ella? Siempre, comprendió Soojin. Comenzaba a sospechar que sanar era un mito.
Solo existía la torcida flecha de la pérdida que avanzaba por su turbulento camino hasta que llegabas a poder convivir con ella y observarla, aunque todavía temblara a voluntad.
Un dolor domesticado. Tal vez eso era todo lo que había.
—Lo conseguiremos, papá. Juntos —dijo, aunque él solo pudo inclinar la cabeza, confundido. ¡Tenía tantas cosas que decirle!, pero un peso grande la arrastraba hacia la inconsciencia. Su padre la sostuvo mientras ella se desmayaba.
Al cerrar los ojos, su mente le ofreció imágenes fragmentadas.
Las pequeñas manos de una niña aferradas a unas plumas blancas de gallina.
Un hueso de ala en la tierra. Una legión de siluetas, todas mujeres, que la liberaban.
Los tres, Mark, Soojin y Mirae, caminando por el oscuro pasillo de la escuela.
Las figuras se alejaban, riendo de algún chiste inaudible antes de que ella y Mark se detuvieran.
Solo el ágil cuerpo de Mirae continuaba adelante.
Llegó a la puerta del pasillo, giró el pomo y dejó entrar un rayo de luz dorada.
Antes de cruzar el umbral, Mirae miró atrás apenas un instante, pero no se detuvo.
Como si fuera una demostración para su hermana, giró hacia adelante y se dejó ir.