35 #2
—Sé que puedes —dijo Soojin. La cama se hundió mientras se sentaba detrás de su hermana—. Por favor, sé que puedes hacerlo todo sola. Pero, por una vez en tu vida, déjame.
Tras una larga pausa, Mirae cedió. Cerró los ojos y permitió que Soojin le pasara el peine por la longitud del pelo.
Soojin se tomó su tiempo, a pesar de que el cristal se fragmentaba más y el río se precipitaba y se acumulaba al pie de la ventana, empezando a extenderse por el suelo de madera.
Desenredó cada nudo hasta que las hebras negras quedaron lisas sobre la espalda de su hermana.
Cuando terminó, los tobillos de ambas estaban sumergidos y Mirae lloraba.
—Mi mamá solía peinarme —dijo. No había bañera en la que ocultarse.
Apartó la cara y se secó las mejillas con las pequeñas manos arrugadas.
Al otro lado de la habitación, la ventana finalmente se rompió.
Los fragmentos de cristal les flotaban alrededor de los tobillos, provocándoles cortes.
Mirae no parecía notarlo, aunque las heridas de ambas teñían el agua de rosa.
—¿De verdad? La mía también lo hacía —dijo Soojin. «Y tú también lo hiciste una vez».
La habitación se llenaba rápidamente de agua. Desde fuera de la casa, llegaba la voz furiosa de una niña, amortiguada por los rápidos. Allí no estaban a salvo.
—Listo. ¿Estás preparada? —No especificó para qué, ni ella misma lo sabía. Pero Mirae no preguntó nada. Confiada, entrelazó una mano pequeña con la de Soojin y ambas salieron del dormitorio de sus padres.
El resto de la casa no estaba mejor. El agua entraba por la chimenea y arrastraba las zapatillas de los estantes.
Alcanzó la cintura de las hermanas a la vez que atravesaban los pasillos oscuros de su hogar.
Pasaron por la cocina, y escucharon el suave llanto del padre y los platos cayendo de las estanterías; pasaron por la sala de estar, donde la televisión flotaba boca arriba en el agua, iluminando la habitación con una luz azul fría mientras un anuncio de Zoloft enumeraba sus efectos secundarios.
Luego, finalmente, por la escalera, que se había convertido en un estrecho arroyo descendente.
Cuando llegaron a su dormitorio, Soojin cerró la puerta con llave.
Un gesto inútil. El espectro estaba allí.
Era su hermana y, como el agua, no podía mantenerse fuera por mucho tiempo.
Afortunadamente, la ventana del dormitorio aún no se había roto, pero gemía como si fuera a estallar en cualquier momento.
—¿Soo? —llamó Mirae desde atrás. Por primera vez, hubo reconocimiento.
Al volverse, Soojin se sorprendió al encontrar a su hermana, que hasta ahora había parecido tan pequeña, a la altura de los ojos.
Soojin miró hacia abajo, tocó su propio cuerpo, incrédula.
De repente llevaba pijamas mullidos, que había dejado de usar hacía años, con hámsteres de dibujos animados que colgaban guirnaldas en árboles de Navidad.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Mirae.
Soojin dirigió la vista más allá de la cabeza de Mirae, hacia el espejo de la pared, esperando volver a ver los cuerpos sin rostro, pero solo se vio a sí misma.
Tenía diez años y estaba asustada, llevaba el pelo cortado por debajo del mentón.
Soojin no sabía qué tipo de hechizo era ese, pero volvía a ser una niña.
Observó el dormitorio, suspendido para siempre tal y como estaba en el mes de la muerte de su madre.
Las flores marchitándose en la mesita. En el suelo, los juguetes que Mirae pronto guardaría y no volvería a tocar.
—Así que es aquí donde te he encerrado —dijo Soojin, con la voz apenas audible sobre el sonido del agua contra el cristal.
—¿Qué? —Mirae inclinó la cabeza. No la había oído, pero algo en el rostro de Soojin debió de preocuparle, porque caminó hacia ella y apoyó una mano pequeña en la frente de Soojin—. ¿Soo? ¿Estás bien? Pareces un poco enferma.
Soojin pudo ver el cambio en la actitud de su hermana. Había desaparecido la niña vulnerable de la bañera. La máscara de compostura había vuelto. Soojin, una vez más, la había forzado a ponérsela y eso era insoportable.
Soojin apartó la mano de Mirae.
—No estamos bien. Tú y yo nos estamos ahogando —dijo—. Nos estamos ahogando la una a la otra. —Vio una agitación de espuma al otro lado de la ventana. Una mano blanca presionó contra el cristal y luego se retiró.
—Eh, bueno. ¿Por qué no te sientas un poco?
—propuso Mirae tirando de ella hacia la cama, pero Soojin voló a su escritorio y sacó todo el cajón para revisar su contenido.
Tiró bolígrafos, hojas sueltas de origami, exámenes escondidos con un «Suspenso» en tinta roja y fotos escolares del tamaño de un pulgar.
Mirae se acercó lentamente por detrás—. ¿Qué buscas?
La ventana del dormitorio estalló. El agua se derramó a través de ella como en un acuario roto.
Ramitas y algas arrastradas por la corriente se les enredaban en los tobillos.
Largas y continuas hebras de pelo negro se extendían por la habitación, desplegándose en el agua como serpientes negras curiosas. Mirae no prestó atención a nada de eso.
Soojin finalmente lo encontró. Triunfante, sacó el diente en su bolsa de plástico gastada del fondo del cajón.
—Unnie, ¿qué deseaste aquel día, cuando se te cayeron los dientes de leche y papá y mamá te hicieron lanzarlos al cielo?
Mirae contempló su diente balanceándose dentro del plástico transparente y levantó las manos como para contener a Soojin, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—¿Qué te pasa de repente?
El agua les llegaba ya a los muslos y subía rápidamente. Unos peluches y un despertador chillón flotaban a su lado. Soojin los apartó y avanzó entre el agua.
—¿Qué deseaste? Porque no podía ser esto —continuó, señalando la habitación destruida: el papel pintado despegándose, los cristales, una paleta de acuarelas liberando remolinos de pintura en el agua. Mirae la observó en silencio, ajena a la destrucción a su alrededor.
Soojin sacudió el diente y presionó sus surcos en forma de media luna contra la palma de Mirae.
—Necesito que mires —dijo—. Mira lo que nos he hecho.
La confusión desapareció del rostro de su hermana en cuanto Soojin se lo puso en la mano. Un estremecimiento recorrió a Mirae al ver el futuro contenido en ese diente que su yo espectral portaría.
Soojin imaginó lo que su hermana veía, un cielo oscuro revolviéndose mientras ella caía al río y era arrastrada vorazmente a su interior.
El ventilador de techo de la cabaña girando lentamente.
Unos ojos azules asustados. Lluvia. El propio rostro estúpido de Soojin mirando hacia abajo a la vez que hundía las manos en el suelo, tan ansiosa y esperanzada, pensando solo en sí misma.
—¡Ah! —Mirae se estremeció violentamente y el diente de leche se le cayó en el agua, donde desapareció al instante como una gota de lluvia que se aplasta sobre la superficie de un lago.
Se llevó la mano a la mejilla, cerró los ojos con fuerza y, tras un momento, se inclinó hacia delante para escupir saliva teñida de sangre en las aguas turbulentas.
Soojin entendió inmediatamente lo que había pasado: la encía de su hermana pequeña se había abierto al volver a salir el diente.
Mirae observó con ojos muy abiertos la destrucción que finalmente podía ver. «Oh, Dios», vocalizó sin sonido antes de volver a centrar los párpados con intensidad.
—No deberías estar aquí. Es peligroso.
Incluso en ese momento, con el agua cercándolas por todos lados, Mirae seguía pensando primero en Soojin.
—Tú tampoco —dijo—. Y sin embargo aquí estás. Por mi culpa.
Algo se deslizó por los tobillos de Soojin. Chilló, lo apartó de una patada y cuando vio qué era, el corazón se le aceleró. El agua se retorcía con gruesos mechones de pelo negro.
Sus pies ya no tocaban el suelo y las dos flotaban, pues el agua les había subido por encima de la cintura.
Extendió la mano y Mirae la tomó. Así, las dos se aferraron al bote salvavidas que era el cuerpo de la otra, mientras las estrellas de origami de la mesilla flotaban alrededor de ellas como escamas de pez.
—Te merecías algo mejor que esto —jadeó Soojin con la boca llena de agua—.
Si hubiera sido otro tipo de hermana, si me hubiera dado cuenta de que estabas luchando y hubiera intentado ayudarte, no habría pasado nada de esto.
—Soojin lo decía en todos los sentidos. La resurrección, sí, pero la corrupción había comenzado mucho antes.
Si Mirae hubiera confiado en ella lo suficiente, ¿le habría contado el secreto entre su madre y los Porter?
Si lo hubieran enfrentado juntas, ¿se habría encontrado sola en el río con Bentley y habría muerto como lo hizo?
A medida que subía el nivel del agua, el techo iba quedando lo suficientemente cerca como para tocarlo.
Pateaban furiosamente para mantenerse a flote.
El aire era escaso y, más importante aún, también el tiempo.
Soojin no sabía qué le estaba pasando a su cuerpo fuera de esta casa imaginaria.
Podría haberse ahogado ya. Pero si eso le daba tiempo para decirle a Mirae lo que debería haberle dicho mientras vivía, realmente no le importaba ese «después».
—Lo siento —dijo.
—No pas… —empezó Mirae de manera reflexiva antes de que su voz se apagase.
Soojin sabía lo que Mirae estaba a punto de decir: «No pasa nada. Estoy bien», como había asegurado a todos a su alrededor una y otra vez. Pero no estaba bien. No lo estaba y ya no podía obligarse a mentir. Los ojos de Mirae se suavizaron, se llenaron de humedad.
—Gracias —eligió decir, en su lugar, Mirae. Lo dijo con voz débil, pero con un alivio tan genuino que Soojin comprendió lo que esas palabras implicaban. «Gracias por verte por fin a ti misma. Gracias por verme a mí».