35
Soojin abrió los ojos a una opresiva luz dorada.
Cuando aspiró con un jadeo entrecortado, no le entró agua en los pulmones.
Tenía los pies mojados. Estaba descalza sobre el azulejo blanco y brillante del baño de sus padres.
Todo era falsa alegría: juegos de toallas amarillas y un difusor de aceite de rosa vacío.
En la esquina, la cortina estaba corrida alrededor de la bañera con patas de garra y, tras ella, se escuchaba un llanto contenido.
Soojin ya había visto esa escena antes, cuando Milkis la había guiado en sueños la noche del jesa .
Aquella visión tenía la dolorosa claridad de una pesadilla.
Pero esta vez era diferente. Ahora el baño tenía la palidez de un recuerdo que se desvanecía rápidamente.
Unas motas de luz flotaban sobre su visión como para iluminar la escena, para ayudarla a ver lo que antes se le había escapado.
Se acercó a la bañera y se inclinó para retomar una caja húmeda que estaba volcada sobre la alfombra. Tampones esparcidos por el suelo en sus pequeños envoltorios de colores. Algunos estaban abiertos y desechados sin usar, con el algodón hinchado por el agua del baño derramada.
—Unnie —llamó Soojin, sujetando el borde de la cortina de la ducha. El agua no corría. Podía oír su suave chapoteo al golpear los lados de la bañera. El goteo residual del grifo—. Unnie, voy a abrir esto, ¿vale?
Silencio.
Tiró de la cortina y se quedó paralizada. Su hermana estaba allí, como esperaba, sumergida hasta el cuello con la espalda vuelta hacia ella.
Pero era una niña.
El pelo le caía en enredos desordenados delante del rostro, extendiéndose debajo de ella como una cortina negra. El agua tenía la cualidad lechosa de la espuma disuelta y el olor de burbujas de baño con aroma a chicle resultaba empalagoso.
Soojin rodeó lentamente la bañera, preparándose antes de arrodillarse. Mirae levantó la vista. Tenía los enormes ojos oscuros de un cervatillo de un año.
—Hola —dijo Soojin en voz baja. Estaba preparada para una hermana de casi dieciocho y monstruosa; no para una niña. No sabía qué hacer.
—No sé qué hacer —dijo Mirae. Soojin se sobresaltó.
Por un momento pensó que su hermana niña le había leído la mente, pero Mirae señalaba más allá de ella, gesticulando torpemente hacia la alfombra de baño sobre la que Soojin estaba agachada.
Los tampones. Cuando volvió la atención a Mirae, su hermana se había llevado el pelo mojado ante los ojos como si corriera una cortina—.
Lo intenté, pero me acobardé. Tengo miedo.
Soojin miró el agua. Su hermana debía de llevar mucho tiempo allí sentada; no se levantaba ningún vapor de la superficie lechosa. Un delgado hilo de sangre se enroscaba y se dispersaba como humo de incienso sobre la superficie opaca.
—Está bien. Puede dar mucho miedo —dijo Soojin extendiendo una mano para apartarle el pelo del rostro a su hermana. Mirae se separó de ella y se negó a mirarla. Soojin retiró la mano. Tras una pausa, Mirae suspiró y se apartó el pelo del rostro, una invitación a mirar. A hablar.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Soojin suavemente.
—Once —respondió Mirae. Y once significaba…
—¿Dónde está tu mamá, Mirae?
Su hermana pareció colapsar hacia dentro. Ya pequeña para su edad, se hizo aún más pequeña mientras se le deslomaban los hombros.
—Ya no tengo ninguna.
—¿Y tu otra familia? ¿No puede ayudarte? —preguntó Soojin, aunque ya lo sabía.
Mirae pareció querer decir algo, pero se detuvo, con los ojos húmedos.
Hizo un vaivén con la garganta al tragar rápido y, sin previo aviso, sumergió el rostro en el agua.
Las burbujas rasgaron la superficie cuando su hermana-niña exhalaba.
Permaneció quieta el tiempo suficiente para que Soojin se pusiera nerviosa, pero justo antes de que fuera a obligarla a salir, Mirae volvió a la superficie.
Se secó furiosamente el agua del rostro y se encogió de hombros.
Tenía los ojos enrojecidos y lejanos, pero su voz era firme.
—No sé.
De niña, Mirae siempre había sido inusualmente contenida. Incluso después de la muerte de su madre, rara vez perdía el control, como sí hacían Soojin y su padre. Pero ahora Soojin entendía que se había equivocado. Romperse en privado no era menos real.
—Debes de haberte sentido sola —dijo Soojin. La breve inmersión había pegado el pelo desordenadamente contra la frente de Mirae, y Soojin se lo apartó. Esta vez su hermana niña lo permitió y se recogió los mechones mojados detrás de las orejas—. Lo siento.
En los campos lejanos, Soojin le había dicho a Mark que, entre él y su hermana, siempre elegiría a su hermana.
Eso había sido una mentira. Ahora se daba cuenta.
Mark nunca había contado para nada. Esta era la verdad: entre ella y su hermana, Soojin siempre se elegiría a sí misma.
Sus deseos, su soledad. Mirae había dedicado toda su corta vida a ella y, a cambio, Soojin había hecho que la muerte de su hermana también girara en torno a ella.
—Lo siento —dijo de nuevo.
El labio de Mirae tembló. Intentó esconder el rostro otra vez en el agua, pero Soojin la detuvo y le secó las lágrimas con la manga cuando cayeron.
Metió la mano en el agua perlada, buscó el tapón y tiró de él.
El agua fría bajó por el desagüe y dejó a su hermana temblando contra el esmalte.
Soojin tomó una toalla mullida del perchero y se la puso a Mirae alrededor de los hombros—.
Vamos —dijo. La ayudó a ponerse en pie, la sostuvo mientras salía de la bañera y luego hizo que su hermana se sentara en el borde.
Soojin se arrodilló frente a la caja de tampones, todavía volcada de lado. La enderezó, colocó los paquetes sin abrir dentro y cerró la tapa.
—Estos son un poco intensos para la primera regla —dijo Soojin guardando la caja en el mueble de debajo del lavabo.
Revisó el familiar caos dejado por su madre: un rizador de pelo y un secador con sus cables enredados irremediablemente, las mascarillas compradas a granel en un viaje a Corea, una caja de maquillaje antiguo que había usado hasta el fondo y que, por alguna razón, nunca había tirado.
Y entonces Soojin finalmente lo encontró, una única compresa acumulando polvo en el fondo.
—¡Aquí está! —dijo Soojin y levantó, triunfante, el paquete rosa a la vez que cogía la ropa interior doblada del mostrador—. Esto te hará sentir mucho menos miedo.
Desenvolvió el protector y se sentó frente a su hermana niña.
—Se usa así —dijo Soojin y desplegó las alas y retiró el papel que cubría las tiras adhesivas.
Presionó el protector sobre la longitud de la prenda interior y dobló las alas alrededor—.
Así se queda en su sitio. ¿Ves? Es fácil.
Pero hay que asegurarse de que esté bien colocada —indicó, igual que Mirae había hecho, años atrás, durante el primer ciclo de Soojin, cuando había llegado a casa llorando, con un suéter atado a la cintura para ocultar la mancha roja que se expandía por la parte trasera de sus pantalones.
La voz de Mirae en su memoria: «No llores —le decía—, le pasa a todo el mundo. Ahora mírame, Soo. ¡Es fácil! Solo fíjate en no ponerla demasiado delante, o podrías manchar. Ya está».
—Ya está —dijo Soojin secándose rápidamente los ojos con la manga, antes de levantar a Mirae con la compresa correctamente colocada.
Mirae asintió, pero tenía el rostro flojo y agotado. Resultaba extraño ver tanta tristeza contenida en una cara tan infantil.
—¿Estás lista? —preguntó Soojin.
Su hermana se dejó guiar hasta el dormitorio de sus padres.
La disposición de los crisantemos blancos marchitos le indicó a Soojin que el funeral debía de haber pasado, pero el padre aún no había podido guardar nada.
La ropa de su madre continuaba colgada en las sillas como llevaba desde la noche del accidente.
Su maquillaje seguía esparcido sobre el tocador, junto a una pequeña legión de horquillas y un cepillo con pelo aún enredado entre las cerdas.
Soojin sentó a Mirae en la cama y fue a rebuscar entre la ropa de su madre en la cómoda.
Encontró un pijama blanco con unos cordones que se podían ajustar lo suficiente para la pequeña figura de Mirae.
Su hermana se perdía en esa ropa. En el espejo del tocador, junto a la cama, innumerables cuerpos blancos la miraban en silencio, con los rostros despojados de toda característica.
Más allá, las ventanas que deberían dar a los rosales trepadores mostraban solo corrientes bravas, como si la casa estuviera sumergida en un cuerpo violento que presionaba sus manos frías y azules contra el cristal, buscando una entrada.
Soojin cerró los ojos. Los abrió. Debía mantenerse calmada.
Se volvió y tomó el cepillo de su madre del tocador intentando controlar el temblor de las manos.
Metió los dedos entre los pelos compactados atrapados en las cerdas y tiró.
Los mechones salieron enredados como un nido negro de gorrión y ella permaneció sobre la papelera, incapaz de soltarlos. Absurdo. Y sin embargo así estaba.
Se oyó un pequeño sonido como una campana lejana.
Las figuras en el espejo señalaron algo detrás de ella.
Soojin se giró. Unas pequeñas grietas se habían formado en la ventana del dormitorio.
La presión insistente del río estaba resquebrajando el cristal.
Las astillas blancas se desplazaban por la ventana y unas pocas gotas se filtraban a través de las minúsculas aberturas y descendían por las paredes, oscureciendo la pintura de manera similar a la tinta.
No tenía tiempo para eso. Abrió la mano y la redecilla del pelo de su madre cayó sobre servilletas y recibos arrugados.
—Te voy a peinar, ¿vale? —preguntó Soojin al volverse hacia Mirae.
Cuando presionó las cerdas sobre el cuero cabelludo de Mirae, su hermana se retiró.
—Puedo hacerlo yo —dijo Mirae, no con antagonismo, sino con una obstinación nacida de una autosuficiencia casi patológica.