34 #2
—¿Has visto la cantidad de polvo que hay aquí?
¿Te parece que ha estado alguien en los últimos años?
Ni siquiera la sirvienta. Solo tú y yo, y solo ahora.
Vamos. Nadie lo sabrá —dijo Bentley—. Para cuando él baje aquí, dentro de varios años, los dos habremos dejado esta ciudad de mierda.
—Lo que no dijo era que, a veces, en sus momentos más tontos, se atrevía a imaginarse que eso lo harían juntos.
Los dos, en otro lugar. Empezando de nuevo.
Le puso la mano en la mejilla y le pasó un pulgar distraído por el lateral de la boca.
Nunca la había tocado así antes, de manera siquiera cercana a la ternura.
Mirae no se inclinó hacia su contacto, no reaccionó en absoluto—.
No hay ninguna razón en este mundo para que tengas miedo ahora.
Ella miró el ciervo de cristal en sus manos, con la incertidumbre marcada en el rostro.
«No va a hacerlo», pensó él. Pero luego la determinación apareció en su expresión y Bentley observó extasiado cómo lo levantaba.
«Eso es», pensó cuando se detuvo y lo sostuvo en alto como si fuera una ofrenda.
Continuó y aflojó el agarre para que el ciervo de cristal se hiciera añicos a sus pies.
—Joder —jadeó—. Joder. Tendría que trabajar como treinta horas para pagarlo. —Tenía las mejillas sonrojadas. Había acertado al traerla aquí. El brillo de sus ojos lo hizo sentirse digno. Era justo lo que había querido.
—¿Ha sido lo suficientemente malo? —preguntó Bentley levantando la figura de mármol de la mujer embarazada hacia ella. Eso sí que era realmente caro. Si su padre se enteraba, estaría muerto. Ya se preocuparía por eso mañana—. ¿Ya eres lo bastante mala?
¿Había visto un desafío en los ojos de él?
Tomó la estatua de mármol y la lanzó al suelo, pero no con suficiente fuerza como para que se hiciera añicos.
En su lugar, se partió en tres secciones distintas: la cabeza de la sonámbula, la falda plisada y el vientre abultado.
Él recogió solo la parte del embarazo y agitó el ombligo fracturado ante sus ojos desconcertados.
—¡Eso ha sido una mierda! —gritó, sintiéndose fuera de control—. Toda tu vida has sido buena, no sabes cómo ser de otra manera. Te queda mucho por recorrer.
Mirae permaneció en silencio mientras la luz fallaba y los sumía en una oscuridad total.
Cuando volvió, ella le había arrebatado el vientre blanco de las manos.
Lo palpó como si fuera un pomelo, evaluando tamaño y peso con desapego clínico antes de lanzarlo hacia abajo con todas sus fuerzas, con una expresión incandescentemente concentrada.
Un estallido blanco. El vientre se rompió en fragmentos, sin dar a luz nada.
Se quedaron paralizados, sin aliento, hasta que sus ojos se encontraron sobre el desorden.
Y entonces comenzó el frenesí. Los dos se pusieron manos a la obra en el sótano, cogiendo antigüedades de las estanterías y estrellándolas contra el suelo.
Platos. Porcelana. Bustos de mármol de santos que ninguno sabía identificar.
Qué más daba. A su alrededor se levantaban nubes de polvo.
El cristal les cortaba los tobillos, aunque estaban demasiado absortos para notar cómo la sangre les convertía los calcetines en cilindros rojos y húmedos.
Miles de dólares perdidos. Celadón, cristal, porcelana, jade.
Cuando finalmente se cansaron, con una galaxia a sus pies, estaban cubiertos por una fina capa de brillo. Ambos luminosos, malos y perfectos.
Jadeaban juntos en esa neblina hasta que Mirae logró hablar.
—Estoy sola —admitió, pero reía. Lloraba.
Estaba desolada y cubierta de vestigios de riqueza.
Todo podía ser cierto. Las lágrimas le surcaban el rostro con líneas limpias—.
¡Estoy tan jodidamente sola todo el tiempo!
¿Me he hecho esto a mí misma? Es como si fuera un fantasma en mi propia casa. Nadie me ve realmente. No sé quién soy.
Bentley sabía lo que venía después. Esa era la noche que más recordaría, después de todo.
La tomó entre los brazos y la sostuvo hasta que se vació.
Luego subieron al piso de arriba, a la cocina, donde bebieron a escondidas tragos de whisky de los armarios de su padre hasta que les ardieron los rostros.
Nada tenía sentido y terminaron encontrando el camino a su habitación de grandes ventanas.
Las cortinas se hinchaban y se movían con esfuerzo mientras yacían en la cama, pero no se tocaban.
—No sé dónde poner tu soledad —murmuró él, con un codo sobre los ojos para mantener apartada la luz de la luna. Estaba cálido, borracho y despreocupado de la destrucción que habían causado.
—Solo llévala por mí esta noche, Ben —murmuró ella y su raro uso del nombre preferido de él le apretó el corazón y luego lo soltó.
Solo su madre lo llamaba a veces así; su padre siempre favorecía la formalidad del nombre entero.
Cuando su madre murió, pensó que nunca dejaría que nadie volviera a llamarlo de ese modo.
Que nadie sería lo suficientemente cercano a él para merecerlo.
Mirae sí lo era. Quiso decírselo, pero estaba agotado.
Las palabras de ella sonaron redondas y arrastradas cuando volvió a hablar—: Prometo que mañana me la llevaré conmigo.
A la mañana siguiente, ella se había ido y dejado una fina capa de polvo de porcelana sobre las sábanas.
Cuando la vio en la escuela, intercambiaron asentimientos clandestinos y fingieron que la noche anterior nunca había ocurrido, a pesar de las vendas que ambos llevaban alrededor de los tobillos destrozados.
Pero Mirae era una mentirosa; le había dejado parte de su soledad.
Dos meses después de aquella noche, cuando la vio inclinarse sobre el puente, él se envolvió esa soledad como un chal y destruyó lo que habían dejado intacto en aquel sótano, sintiéndose no malo, sino miserable hasta lo más profundo.
«De verdad que quería ser mejor», pensó Bentley mientras el agua le cubría la cabeza.
«Bueno, qué se le va a hacer». La chica que tanto conocía como desconocía lo arrastraba hacia abajo; sus manos frías le agarraban la garganta.
«Pero supongo que finalmente lo estamos haciendo».
Perdió el aliento. Salió de él en una nube que se elevó a la superficie del río como un vientre hinchado.
Lo vio estallar contra la superficie y aplanarse.
«Lo estamos haciendo, Mirae», pensó, con la mente hecha un jarrón en añicos. «Nuestra cosa mala».
Soojin se lanzó al agua tras ellos. Durante los primeros segundos, el shock del frío la dejó indispuesta e incapaz de luchar contra la corriente.
Perdió el equilibrio y su rostro se sumergió bajo la superficie.
Emergió tosiendo y agitando los brazos, habiendo olvidado su motivo para entrar.
Pero entonces vio a su hermana lo bastante cerca como para tocarla.
Soojin alcanzó las profundidades negras y tanteó a ciegas hasta dar con sus manos frías.
—¡Mirae, para!
Su hermana no respondió, apenas parecía percibirla.
Estaba pálida y azulada bajo la luz fantasmal.
El rostro, desprovisto de los amables ojos marrones, no revelaba nada más que una ira animal y muda.
Soojin quiso cerrar los ojos ante ese ser irreconocible y nadar de vuelta a la orilla, pero la devoción la mantuvo firme en su lugar.
Separó los dedos de Mirae del cuello de Bentley justo el tiempo suficiente para que la corriente lo arrastrara fuera de su alcance, antes de que su hermana se lanzara sobre él de nuevo.
En algún lugar detrás de ella, su padre luchaba contra los rápidos e intentaba alcanzarlos.
—¡Soojin! —gritó Mark desde la orilla.
—¡Ayúdalo! —gritó ella señalando el cuerpo de Bentley, que flotaba rápidamente río abajo.
Mark dividió la atención entre las hermanas y Bentley como si estuviera desgarrado; luego salió a toda prisa para interceptar al chico.
Soojin apenas tuvo tiempo de preguntarse si seguiría vivo antes de que algo se le enroscara en la muñeca y la empujara a las profundidades.
Bajo la superficie, el río estaba tranquilo.
La presión se acumuló en los oídos de Soojin hasta que ya no pudo oír el zumbido de la lluvia ni el aullido del viento.
Todos los sonidos del mundo vivo se amortiguaban como si los oyera a través de un límite similar a un útero.
Mark gritándole frenéticamente su nombre, su padre batiendo el agua con los pies. Todo sonaba increíblemente lejano.
Debajo de ella, el lecho del río se convulsionaba con una masa negra que se retorcía y que casi confundió con las ramas de un sauce.
Pero era pelo. Montones y montones de sedoso pelo negro.
Brotaba por las grietas de las rocas y se extendía por el sedimento como un ser vivo y consciente.
El pelo se le había enroscado en las muñecas y los tobillos para arrastrarla hacia abajo, y ahora la mantenía allí, sumergida, mientras el aire presionaba contra los pulmones, la garganta, desesperado por abandonarla.
«Lo siento», pensó Soojin mientras los restos de su hermana se alzaban frente a ella, con los ojos oscuros y las manos pálidas que la arañaban como si cualquier venganza sirviera.
No se parecía en nada a Mirae. Si había algún reconocimiento, ya no importaba.
El cuerpo de Soojin le decía que luchara, que intentara librarse del pelo que le envolvía las extremidades, como si forcejear sirviera de algo.
Pero si este era el final, no condenaría a Mirae a la maldición de haberla asesinado.
A medida que la visión se le tornaba blanca, Soojin eligió su única otra opción. Abrazó a su hermana.