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Su experimento de amistad no había consistido solo en entierros y cremaciones.
Hubo días en los que Bentley y Mirae disfrutaron tranquilamente de la compañía del otro, en los que la verdadera ternura amenazaba con irrumpir.
Poco antes de que Mirae enterrara un hueso y finalmente oyera la voz de su madre suplicándole a Christopher Porter que la dejara en paz, tuvo lugar una de esas noches.
—Sigue hablando de San Diego. De que va a presentar la solicitud y podremos vivir juntas y…
—Mirae suspiró y se dio con la mano la cabeza.
Un movimiento inconsciente que Bentley supo interpretar como frustración.
Estaban sentados en el puente del tren en una templada noche de verano, observando a las luciérnagas parpadear los globos brillantes de sus cuerpos.
—Pensaba que querías a tu hermana —dijo Bentley, con un leve amargor en la voz que no supo contener.
Soojin era la razón por la que Mirae insistía en que su amistad fuera secreta, como si Bentley pudiera controlar lo que su padre hacía contra la Pensión Han.
Una luciérnaga pasó junto a él y la apartó de un manotazo.
No pudo comprender por qué lo había hecho y, al observar cómo la luz fallida descendía en arco, se sorprendió de su propia crueldad.
—Sí que la quiero. La quiero más que a nada. Es solo que, si me sigue, ¿no es mi vida más de lo mismo? Tener que seguir aparentando, de cara a ella y a mi padre. Yo solo… Yo realmente quería algo distinto.
—Entonces, díselo —dijo Bentley. No entendía a qué venía tanto alboroto—. Dile que no. Dile que solicite en cualquier sitio salvo donde tú vayas a ir.
—Nunca has tenido que preocuparte por nadie, ¿verdad?
No lo entiendes. —Se soltó el pelo de la coleta y dejó que le cayera en ondas desordenadas alrededor del rostro—.
Si la rechazara así, le rompería el corazón.
No sabes lo que es ser la hija mayor en una familia como la mía.
Tengo que ser todo para todos. Tengo que ser perfecta.
—Se estremeció como si la palabra le enviara un rayo de desagrado—.
¿Sabes?, mis familiares siempre me llamaban así: «perfecta».
Solía pensar que era un cumplido, pero ahora entiendo lo que significa en realidad.
«Perfecta», para las hijas, quiere decir ser humilde.
Ser perfecta significa borrar tus propias necesidades en favor de las del otro.
Ser perfecta me ha dejado jodidamente cansada.
Mirae tomó una piedra de las vías y la lanzó. La perdió de vista por un momento hasta que cayó al agua. La onda se expandió lentamente bajo ellos como un ojo que se dilata.
—Quiero salir de aquí, Bentley —continuó, rompiendo el silencio de él—.
Quiero estar sola para hacer cada cosa imprudente y egoísta que se me ocurra, y no tener que cumplir las expectativas de nadie.
No quiero que nadie me admire ni dependa de mí.
Quiero tomar un millón de decisiones estúpidas y horribles hasta pudrirme del todo, solo porque puedo hacerlo.
Quiero llenarme de errores para que, cuando vuelva a ser buena, sea porque yo lo he elegido.
Una vez que terminó de hablar, la respiración le empezó a salir en bocanadas cortas, espasmódicas, entre la ira y el alivio.
Durante un rato, Bentley solo pudo mirarla.
Nunca la había visto tan alterada, pero ahora podía ver las pequeñas fracturas bajo su impecable fachada.
Ese resentimiento bajo y constante que llevaba consigo y reprimía hasta que podía confundirse con compostura.
En aquel momento, su catarsis la hacía demasiado radiante, tenía los ojos tan salvajes que lo dejó boquiabierto.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Qué pasa? ¿Por una vez no tienes nada que decir?
Bentley notó los labios secos. Se los humedeció. Cuando habló, la voz sonó como arrastrada por el viento.
—¿Por qué tienes que irte de la ciudad para eso? Puedes empezar aquí, ¿no? ¿Quieres hacer algo malo conmigo esta noche?
Ella resopló, mirando al río debajo de ellos.
—¿De verdad? Eres increíble. —Ella pensó que se trataba de una proposición sexual, pero no lo era, en absoluto.
—Vamos —dijo él sin más explicación y le ofreció la mano.
Mirae dudó, pero la tomó y él la condujo de vuelta a su coche.
Se subió en silencio y, cuando se dio cuenta de que la llevaba a su casa, un lugar en el que nunca había estado, no hizo ningún intento de protestar, y así él supo que iba en serio.
Quería tomar malas decisiones, quería la libertad de destrozarse como otros jóvenes.
A él lo veía como una fuerza de destrucción y estaba dejando que la guiara.
—¿Tu padre no está en casa? —preguntó. Tenía las manos entrelazadas en el regazo.
—Está fuera de la ciudad. Viaje de negocios —respondió Bentley, ante lo que ella no dijo nada.
En cuanto entraron en la finca y cerró la puerta tras ellos, Mirae lo empotró contra la puerta.
Con su cuerpo pegado al de él, le recorrió con los labios la línea del cuello mientras le desabrochaba la chaqueta y lo obligaba a quitársela.
Cayó al suelo con un golpe sordo. Cada centímetro de piel que tocaba la boca de ella le ardía y le mandaba descargas a lo largo de la columna.
Mirae olía al río por el que habían caminado antes y, en el pliegue del cuello, a jabón Ivory.
La mano de él se hallaba tras la cabeza de ella y quería enredarse en su pelo negro para inclinarle el cuello hacia atrás. Quería…
Pero eso no había sido su intención cuando la llevó a casa.
Aun así, ¿no lo había imaginado durante un año?
Esa chica, atrapada entre una pared y su cuerpo, sus largas hectáreas de historia familiar y daños, muy atrás.
Podía hacerlo, podía ver que ella lo seguiría.
Podía presionar sus labios contra los suyos y empujarla por el pasillo hasta su habitación con amplias ventanas.
Podía aplastarla contra la cama y pensar «mía».
Pero la manera en que las manos de Mirae se movían para desabrocharle el cinturón era mecánica y, cuando él apartó el rostro sonrojado de su clavícula, los ojos de ella estaban distantes. No lo estaba viendo en absoluto. En su desesperación por escapar, lo había borrado.
Así no iba a ser.
La movió para apartársela del pecho y lo miró interrogante.
—¿No es esto lo que querías? ¿Nuestro acto prohibido?
—No, estúpida —jadeó él. El pelo le había caído sobre los ojos y se lo apartó; se llevó una mano a la boca intentando recomponerse. Se giró para volver a abrocharse el cinturón—. Joder, y tú me acusas de ser un pervertido.
Mirae se dejó caer hacia atrás, humillada.
—Lo siento. Lo entendí mal…
—Ya me pedirás disculpas después. Vamos.
—La tomó del brazo y la condujo a través del lujoso vestíbulo vacío de su casa.
Bajaron a un sótano tan amplio que bien podría haber sido un apartamento propio.
Cuando Bentley encendió las luces, el descuido se hizo evidente por la forma en la que el polvo flotaba en el aire como un velo brillante.
Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de cosas: cristalería, estatuas, jarrones de porcelana verde con garzas grabadas en los bordes...
Mirae caminó delante de él y pasó el dedo por una gruesa capa de suciedad de una estatua de mármol blanco, la representación de una mujer embarazada que se sostenía el vientre con expresión somnolienta, como si un día se hubiera despertado con un hijo dentro y aún creyera estar soñando.
Bentley se acercó por detrás, estiró la mano por encima de su hombro y tocó el vientre abultado de mármol.
A su padre le desagradaba esa estatua y la había guardado ahí junto con otros regalos que consideraba demasiado llamativos para exhibir, pero demasiado valiosos para tirar.
Todo en ese sótano valía cientos, si no miles, de dólares.
Algún día sería la venta de bienes más ostentosa de la historia.
Pero, por ahora, solo era la basura de un hombre rico.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Mirae.
Bentley tomó una figurita de cristal Swarovski brillante, un ciervo translúcido con grandes astas, y se la entregó. Luego agarró un jarrón de porcelana para él.
—Pensé que habías dicho que querías hacer algo prohibido esta noche —dijo antes de levantar el jarrón por encima de su cabeza.
—¡Bentley! —jadeó ella, pero ya era demasiado tarde. Lo lanzó contra el suelo. Vio los ojos de Mirae abrirse antes del estallido. La porcelana blanca y azul voló por todas partes.
—¡Joder! ¿Qué…? ¿Has perdido la cabeza? —gritó ella.
Él tomó otro jarrón de la estantería.
—Has dicho que querías hacer algo malo. Esto cuesta un huevo.
Destruirlo está mal. Esto sí que es hacer algo malo.
Haz esto malo conmigo. —Lanzó el jarrón al suelo y estalló en una explosión de jade.
«No puedo creer que haya hecho eso», pensó el chico.
«No puedo creer que esté haciendo esto».
Le temblaba la visión, como si mirara a través de un gran calor, y luego se estaba riendo a carcajadas.
—Estás loco —dijo Mirae, con voz insegura y temblorosa. Él apenas podía oírla entre las risas—. Tu padre te va a matar.