33 #2
Ella pensó en la hermana que había conocido durante su vida.
La chica que barría arañas bajo un vaso para dejarlas fuera cuando el primer instinto de Soojin siempre era aplastarlas.
La que besaba a su rata entre las orejas antes de devolverla a la jaula por la noche.
Luego Soojin pensó en el sueño que había tenido la noche en que su hermana desapareció: su rata fantasmagóricamente blanca guiándola por el paisaje hasta que encontró a Mirae en la bañera de sus padres, su cuerpo tan ahogado y horrible que no pudo mirarla.
—No —dijo Soojin—. No lo creo.
Porque al final de la venganza, ¿qué quedaba? Cuando todos aquellos a los que odiaba se habían ahogado, cuando los restos de la chica que ya no podía recordar su propio nombre se habían metamorfoseado más allá de todo reconocimiento, ¿adónde más se podía ir? ¿Qué cielo o infierno la acogería?
Se escurrió la sangre de la herida de Mark de la manga y luego miró más allá de él. Por la ventanilla del conductor, vio algo con un brillo blanco entre los árboles. Se frotó los ojos y se inclinó hacia adelante. No había desaparecido. Había un parpadeo. Una pálida luz fantasmal en la oscuridad.
—¿Qué? —preguntó Mark.
Ella salió del coche tambaleándose en lugar de responderle. A lo lejos, escuchó el gemido de una sirena que empezaba a romper el silencio de la noche profunda y rural.
Mark la siguió, más firme sobre los pies de lo que ella había creído posible.
—Tu padre dijo que te quedaras —le recordó.
—Pero, Mark, mira. —Soojin señaló hacia los árboles, donde Milkis estaba acicalándose el pelaje blanco y resplandeciente.
Había una cualidad luminosa en el animal.
Brillaba como una luna pálida. Mark entrecerró los ojos en la oscuridad, luego miró a Soojin como si se hubiera vuelto loca.
Pero ella no estaba imaginando cosas. Milkis quedaba lo bastante cerca como para tocarla.
—Yo también voy —dijo él, aunque se encontraba débil. Se apoyaron el uno en el otro para sostenerse mientras se abrían camino entre los árboles. El sonido de las sirenas se acercaba cada vez más. La rata muerta salió corriendo hacia el bosque.
Soojin no supo cuánto tiempo estuvieron siguiendo a Milkis por una pendiente tan embarrada que se pasaron gran parte del tiempo tropezando.
Las linternas de los móviles apenas disipaban la oscuridad lechosa y antinatural de la noche.
Veía, sobre todo gracias a la lámpara del cuerpo de la rata muerta pero no muerta, que avanzaba a toda velocidad entre la maleza.
El tiempo se volvía esquivo, como si estuviera soñando.
Cuando surgieron de repente en un claro entre los árboles, Soojin se sintió desorientada, como si la hubieran sacudido para despertarla mientras caminaba dormida.
—¿Dónde está Milkis? —susurró hacia la noche.
—La hemos incinerado, Soo —dijo Mark, aturdido y preocupado—. ¿No lo recuerdas?
La lluvia le caía en los ojos y el río Black Pine se extendía ante su vista como una serpiente hinchada.
Sobre ella se alzaba la arquitectura sombría del puente del tren abandonado, pero no había luna.
Su rata había desaparecido, integrada en el paisaje como si nunca hubiera existido.
Pero sí que había existido. Había llevado a Soojin hasta allí, si no para arreglar las cosas, al menos para intentarlo.
—Soojin, mira —susurró Mark señalando hacia el agua oscura.
Su padre estaba en la orilla rocosa, detenido, como hipnotizado por lo que veía.
Había un punto en el río que brillaba con un azul helado, el azul del fuego frío que había envuelto la cabaña la noche del jesa , y su hermana estaba de pie en el agua, bañada por esa luz enfermiza de cadmio.
Las mangas largas y sueltas de su vestido arrastraban sobre la corriente y extendía un brazo delgado hacia la orilla.
Era tan hermosa, su sonrisa tan acogedora que los pies de Soojin se movieron inconscientemente unos pasos hacia ella.
Pero había otro cuerpo a lo lejos entre ellas. Eso la detuvo.
A Soojin le costó un momento identificar la forma como Bentley, escondido en la sombra. Pero cuando él se acercó lo suficiente al agua como para que le mojara los zapatos, el resplandor iluminó su expresión vacía.
—Bentley —dijo Soojin, aunque principalmente para sí misma.
Su voz se ahogó en el constante sonido blanco de la lluvia golpeando el barro, el río, a ella.
Observó a los dos, a Mirae y al chico, atrapados en su mundo privado de traición y cuidados.
Él dio su primer paso dentro del agua. Su rostro mostraba la devoción vacía de un animal dirigida a lo primero que ve vivo.
Otro paso. Otro. El agua le llegaba a las rodillas.
A los muslos. Soojin estaba clavada en el sitio, con la mano temblando en la de Mark.
—Vuelve —dijo su padre. Su voz sonaba pequeña, como si hubiera olvidado por qué estaba en el río. Ella no supo a quién iban dirigidas esas palabras, a su hija o al chico que, por propia voluntad, caminaba para unirse a ella.
Cuando el río le llegó a Bentley a la cintura, Soojin se preguntó, casi con desapego, si estaría asustado, si pensaba en algo mientras Mirae le tocaba las mejillas y luego bajaba las manos hasta su garganta, suavemente, como una amante, y la rodeaba con los dedos.
El hechizo ilusorio que había tejido la noche se rompió.
La cara plácida de su hermana se convirtió en algo horrendo.
Unas dendritas azul oscuro pulsaban por su cuerpo como arterias de agua vistas desde arriba.
Los sacó a todos de su ensimismamiento. Ahora su padre gritaba, como si hubiera vuelto en sí.
El agarre de Mark se apretó tanto que pareció aplastarla.
Mark se había equivocado. Matar a Bentley no mitigaría el rencor de Mirae, solo lo alimentaría.
Soojin imaginó a su hermana encadenada al río mucho después de que todos los que la conocían se hubieran ido.
Y sería culpa de ella, por haberla resucitado para su propio consuelo. No podía permitir que eso ocurriera.
Se liberó de la mano de Mark y corrió hacia la orilla.
Bentley emitió un ruido lastimero cuando Mirae apretó con más fuerza, pero solo como consecuencia de seguir vivo.
Su rostro no mostró miedo cuando ella le hundió el cuerpo entero bajo el agua y lo mantuvo allí.
La espuma de su respiración bajo la superficie se agitó y luego quedó quieta.