33
Mark casi había llegado hasta la residencia de los Han.
Soojin y su padre encontraron su coche a menos de ocho minutos de la carretera que llevaba a la entrada de la casa.
Les recordó a un animal enorme en la oscuridad, con la herida tan reciente y caliente que echaba vapor cuando el aire nocturno la golpeaba.
Tan pronto como el accidente apareció ante sus ojos, Soojin abrió la puerta antes de que su padre redujera siquiera la velocidad.
Él le gritó que esperara, pero ella no pudo.
Saltó del coche en marcha. El impulso la hizo caer, raspándose las rodillas contra la grava, y luego ya estaba corriendo.
Sus pies golpeaban el asfalto en dirección a los ojos rojos de los pilotos traseros que parpadeaban en la oscuridad.
Mientras corría, la visión se le estrechó.
Todo desapareció. Los enebros azotados por el viento, la larga carretera iluminada por los faros, incluso la voz de su padre.
De repente, le pareció que su mundo comenzaba y terminaba con aquel coche destrozado que echaba su vapor a la noche como un caballo herido.
El capó aplastado como una lata de aluminio.
El parabrisas hecho una tela de araña por el impacto. No podía respirar.
Mark estaba allí dentro. Venía a por ella cuando todo esto ocurrió.
«Soy una maldición». El pensamiento la atravesó. «Soy una maldición. Nada que esté cerca de mí sale indemne».
Recordó el rostro de Mark en la cámara de cremación cuando le había dicho eso. El rugido metálico de su rata mascota al convertirse en cenizas. El leve temblor de su cabeza bajo la luz moribunda de la cámara. A pesar de todo, él no estuvo de acuerdo con ella. Debería haberlo estado.
Soojin llegó al coche. La puerta del acompañante estaba abierta y dejaba entrar la lluvia. Se acercó a la ventanilla del conductor mientras su padre frenaba y bajaba del coche.
—Mark —llamó. No hubo movimiento al otro lado del cristal. Estaba manchado de rojo.
Su padre apareció detrás e intentó impedirle que abriera la puerta, como si se temiera algo malo y no quisiera que ella lo viera. Pero no había forma de detenerla.
El pulso le retumbaba en los oídos cuando abrió la puerta.
Allí estaba.
—Soojin, no lo toques —ordenó su padre.
Pero ella ya lo había hecho. Le recorrió el rostro con dedos temblorosos.
La mejilla pálida, los ojos cerrados. Luego, sin aliento por el miedo, le apartó el pelo de la sien izquierda, donde la sangre era más abundante.
A Soojin se le escapó un ruido ahogado. Había un corte, pero verlo la hizo soltar un suspiro de alivio.
Era más pequeño de lo esperado a raíz de la cantidad de sangre que le manchaba la mejilla y se acumulaba en el hueco de la oreja.
Quizá no fuera tan grave como temía. Y respiraba.
Ese sonido bastó para que le entraran ganas de llorar.
Metió el dedo en la carne desgarrada de la herida. Su padre le agarró la muñeca y la apartó.
—Te dije que no… —empezó, pero se quedó paralizado al notar que Mark gemía con el contacto y fruncía el ceño al registrar el dolor. Sus pestañas se movieron en el esfuerzo por despertar.
—Voy a llamar a una ambulancia —dijo su padre saliendo de su estupor. Corrió hacia el coche a por el teléfono.
—Mark —dijo Soojin al apoyarse en él. Le desabrochó el cinturón de seguridad. Se le había clavado en el cuello y dejado una raya morada sobre el pecho. Presionó con fuerza sobre la herida—. Despierta.
Lo hizo. Fue como si aterrizara de golpe en sí mismo.
Sus ojos se abrieron de par en par y se incorporó de su posición encorvada con un jadeo.
La velocidad del movimiento sobresaltó a Soojin, que cayó sobre el asfalto mojado con un alarido.
En el coche, Mark se giró hacia el asiento del acompañante y, al encontrarlo vacío, buscó frenéticamente hasta que finalmente sus ojos se posaron en Soojin y en su padre.
—Ella se lo ha llevado —fue lo primero que dijo al recuperar la voz. Solo entonces Soojin recordó a Bentley y su ausencia se le extendió bajo la piel como capilares de hielo.
—¿Dónde han ido? —preguntó el padre de Soojin.
—No lo sé —dijo Mark. Frunció el ceño y buscó un vaso de café vacío en el portavasos para expulsar un escupitajo rojizo y turbio.
—El puente del tren —se dijo Soojin a sí misma. Todo había empezado en el puente del tren, cuando Mirae había caído de él hacía un año, y allí sería donde terminaría. Más alto, añadió—: Lo ha llevado al río bajo el puente del tren.
Mark fijó la vista en un punto más allá de ella.
—Los fantasmas del agua están ligados al lugar donde se ahogaron —pensó en voz alta.
Había tantas cosas que el padre no sabía, pero la determinación por encontrar a su hija lo mantenía firme sobre sus pies. Metió la mano en el bolsillo y le entregó el teléfono móvil a Soojin.
—Los servicios de emergencia están en camino. Soojin, quédate con él. Te recogeré más tarde en el hospital —dijo antes de dirigirse a su coche.
—¡Papá, espera! —gritó ella, pero no fue capaz de dejar a Mark. Su padre arrancó bajo la lluvia y el rojo de los pilotos traseros bañó la carretera con una luz infernal.
Cuando la imagen del coche de su padre desapareció en el paisaje, Soojin y Mark permanecieron en un silencio aturdido mientras la lluvia golpeaba el parabrisas fracturado.
Varios pedazos de cristal se habían derrumbado sobre el salpicadero y Soojin extendió la mano, fascinada por su lustre fragmentado.
Un pinchazo agudo y a destiempo. La sangre brotó donde se había pinchado.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Mark débilmente, sacando una servilleta de la guantera.
Ella lo observó mientras la atendía. Con qué cuidado le limpió la sangre del dedo antes de doblar la servilleta en una tira fina para atársela alrededor.
Volvió a surgir el recuerdo de la última vez que lo había visto.
Los campos, la manera en que le reprochó haberla abandonado cuando eran niños.
Sus ojos parecían devastados cuando le dejó en el coche aquel día.
Pero eso no le impidió ir a por ella ni estar curándole la herida cuando la suya propia todavía sangraba.
—Te he mentido —susurró él terminando de atenderla. El dedo herido ahora estaba bien vendado.
—¿Qué?
—En el campo. Te mentí. Que nuestra amistad se rompiera no fue culpa tuya.
—Sí que lo fue, Soo. Te evité cuando me necesitabas. —Su voz sonaba muy cansada, como si le costara concentrarse—. No debería haber hecho eso.
—No —dijo ella despacio. Porque esta era la verdad que convenientemente había ignorado.
Mark trató de arreglar las cosas años atrás.
Un mes, quizás dos, después de que su madre falleciera, había intentado acercarse a ella en el colegio, con expresión culpable.
Ella se había negado a escucharlo, eligiendo ignorarlo en cada intento.
Aunque Mark la había herido primero, fue Soojin quien trazó la barrera entre ellos.
—Lo intentaste. Yo sé que sí —dijo. Anticipando lo que estaba a punto de confesar, los ojos comenzaron a arderle. Mark la había visto llorar muchas veces en los últimos meses, pero de repente se sentía humillada. Se volvió hacia la ventanilla del acompañante.
—Fue más fácil no dejarte volver a mi vida —dijo, con la voz apenas audible entre la lluvia que golpeaba el capó—.
Te envidiaba. Tu vida parecía tan perfecta comparada con la mía...
Tus padres vivos y tan parlanchines y… Era insoportable.
Estaba triste y tu felicidad era irritante.
No podía soportarla. Creo que incluso te llegué a odiar un poco.
Mark permaneció absolutamente quieto junto a ella. Se sentía tan avergonzada... Esa era la parte más fea de ella, la que siempre había tratado de ocultar, incluso a sí misma. Pero ya no tenía sentido hacerlo. Ya lo había perdido todo.
—Dios, soy una mierda. —Aún no podía obligarse a mirarlo. Su aliento empañaba las ventanas y veía su propio fantasma pálido reflejado en el cristal—. ¿Qué dice eso de mí, Mark? ¿Que pueda amar a alguien y aun así desearle dolor, únicamente para no quedarme sola con el mío?
Un suave roce a su lado y una mano le acarició la mejilla.
—Que eres humana —contestó él, girándole el rostro para que le mirara—. Dice que eres humana.
Sus ojos castaños parecían muy amables bajo la luz tenue del interior. Ofrecían una compasión que Soojin no estaba segura de merecer y eso le rompió el corazón. Cuando las lágrimas llegaron de verdad, no hubo nada que pudiera hacer para detenerlas.
—Lo siento, Mark —sollozó. Y de verdad lo sentía.
Por todo. Porque ¿no era todo culpa suya?
Cada desgracia ocurrida en su ciudad durante estos últimos meses: su padre conduciendo sin rumbo bajo la lluvia, buscando al fantasma de su hija; Mark y su herida; los Silas en sus tumbas.
Pero, sobre todo, su hermana resucitada contra su voluntad.
Soojin había provocado todo con su egoísmo e incapacidad de ver más allá de sus propios deseos, y no estaba segura de que no fuera demasiado tarde para enmendarlo—. ¡Lo siento tanto por todo!
Mark se inclinó y se abrazaron. Él temblaba involuntariamente mientras la adrenalina del accidente descendía poco a poco. Ella le enterró el rostro en el cuello.
—Va a matarlo, ¿verdad? —dijo Soojin cuando las lágrimas disminuyeron—. A Bentley.
—Imagino que lo intentará, si tu padre no la encuentra primero, supongo —dijo Mark—. Oye, ¿crees que…? —Tragó saliva—. ¿Crees que está bien intentar detenerla?
Soojin miró el rostro de Mark. La sangre se había secado casi por completo en una costra marrón rojizo a lo largo del lateral izquierdo de la cara.
Sumergió la manga en la lluvia acumulada en el bolsillo de la puerta y la apoyó contra su mejilla hasta que el rojo cedió lo suficiente para limpiarlo. Luego le enjugó la sangre del oído.
—Si todo lo que ha dicho Bentley es cierto, tanto tu hermana como tu madre fueron perjudicadas por los Porter. Quizá esto sea justicia. Quizá Mirae necesite esto para seguir adelante.