32 #2
—Lo entiendo. —Luego siguió observando cómo el fuego consumía el resto del ave.
La brillante antorcha del pico, las alas listas para arder.
Hacía meses, eso podía haber sido ligeramente traumático para él, pero, después de tantas noches con Mirae recogiendo animales atropellados en las carreteras secundarias, estaba desensibilizado—. No eres la única sin madre, ¿sabes?
En el recuerdo, la chica vio algo parecido a la culpa coserse sobre su propio rostro.
—Lo siento —dijo—. No quería…
—No importa —respondió Bentley. Las plumas ya se habían carbonizado y el ave era un bulto orgánico que se ennegrecía hasta volverse nada.
A medida que las llamas alcanzaban las vísceras, el olor se volvía realmente fétido—.
Aunque tuviera tus poderes y pudiera enterrar algún pedazo de animal para escuchar a mi madre hablarme, no lo haría.
—¿Por qué no?
—Probablemente me maldeciría —exhaló, entre un bufido y una risa—. La maté.
—Bentley, tu madre murió de problemas del corazón.
—Sí —dijo él, que ahora arrojaba cosas al fuego.
Un palo, una hoja verde que echaba humo negro, una piedra fría y húmeda que chisporroteaba con el calor—.
Problemas del corazón que desarrolló por estar embarazada de mí.
Mi padre decía que, antes de que yo apareciera, estaba en forma como una atleta. Así que…
Dejó de hablar y la chica se vio a sí misma mirándolo, evaluándolo.
Incluso ahora recordaba lo que había pensado.
«Antes de que yo apareciera», una forma tan sombría de hablar sobre la propia concepción como un clima desafortunado o un diagnóstico terminal.
Pero Bentley no parecía querer seguir hablando de eso.
Necesitaba una distracción. Así que lo empujó suavemente, señalando hacia el cielo, que se llenaba de tantas estrellas que los hacía olvidarse de sí mismos por un rato.
—Mira —dijo mientras trazaba un gran cuadrado en el firmamento—. ¿Ves esos cúmulos de estrellas que parecen una figura humana sin cabeza cayendo?
Bentley puso una mueca como de «otra vez no», pero la complació.
—Claro —dijo.
—Esa es la constelación Virgo. Una de las estrellas de esa constelación simboliza a una chica, ¿sabes?
Se llama Erígone. El dios griego Dionisio le dio algo de vino a su padre y este, luego, lo compartió con los pastores.
Los pastores confundieron su embriaguez con envenenamiento y colgaron a su padre de un árbol.
Erígone encontró su cuerpo y se suicidó colgándose de la misma rama donde había muerto su padre.
—Vaya —dijo Bentley secamente—. Eso fue fatal para ella.
—Sí —continuó imperturbable—. He estado pensando mucho en eso últimamente. Cómo, incluso en estos viejos mitos, los padres tienen sus historias de daño y superación y los hijos son solo daños colaterales. Los niños sufren o mueren por ellos. Como lecciones o precio que pagar o lo que sea.
—¿Entonces ese es el final de la historia? ¿Simplemente muere? —preguntó Bentley—. Pues vaya mierda.
—En realidad, no —dijo ella—. Un dios vio la muerte de Erígone, se apiadó de ella y la elevó a ser una estrella en el sistema solar. Se llama catasterismo , colocación entre las estrellas. Un cuerpo humano que se convierte en cuerpo celestial.
Su mirada volvió a la tierra, al chico que a veces parecía hermoso cuando bajaba la guardia y al animal que se carbonizaba entre ellos.
—Pero ¿no suena bonito, Bentley? Poder dejar todo lo que cargas y que te lleven al cielo así. Podrías observar todo lo que sucede debajo, imparcial, porque las estrellas no sienten nada. Ni siquiera su propio ardor.
El recuerdo la hizo consciente de la confusión de Bentley, de cómo había dicho el primer pensamiento coherente que le vino:
—Sabes que suenas como una loca, ¿verdad?
Ella se rio.
—Bueno, lógico. Si no lo estoy, ¿qué hacemos aquí tú y yo? —preguntó levantando la garra cercenada en su mortaja de cierre hermético, con la sangre manchando el plástico por dentro.
Un largo silencio. El ave era ahora un bulto amorfo en el barril mientras el fuego ardía lentamente hasta el silencio.
—¿Por qué me has contado eso? —preguntó Bentley en voz baja.
En el recuerdo, ella se alejó del barril y caminó hacia el agua, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—No tienes que ser como Erígone, castigarte por algo que no hiciste —dijo ella, eligiendo cuidadosamente las palabras—.
Solo porque tu padre decida hacerse daño a sí mismo al no aceptar la muerte de tu madre, no significa que tú tengas que hacer lo mismo.
Lo que le pasó a ella no fue culpa tuya, Bentley.
Y, sinceramente, que le jodan a tu padre por hacerte creer alguna vez que sí lo fue.
—El viento se levantó en la cala, silbó entre su pelo e impulsó una ráfaga de brasas al caluroso aire de verano—. Deberías dejar de cargar ese peso.
No se había vuelto para ver su expresión, pero vio ahora cómo los ojos de Bentley se llenaban de lágrimas, brillantes como febriles bajo la luz del fuego, antes de que la memoria empezara a desvanecerse. En su presente, él se estaba alejando y se llevaba consigo el sabor del verano.
Lluvia otra vez. Las nubes se cerraban sobre las constelaciones y sus tontas mitologías, que ya no le importaban. Bentley se apartó y dejó que su mano se retirara de la garganta de ella.
—Ven conmigo —dijo la chica—. Vámonos. No tenemos que estar tan jodidamente solos.
—Con lo que quería decir: «No me dejes sola».
Esto era lo más parecido a una súplica que él le había escuchado.
Cuando entrara al río esta vez, sería para siempre.
No quería ir sola. Y quién mejor para seguirla que este chico, su espejo oscuro, la única persona a la que le dejaría ver las partes más feas de sí misma.
Incluso si finalmente había sido un traidor, ¿no significaba eso algo?
«Ven». Por su temor a la soledad más que a la muerte, no lo haría, no lo dejaría ir. «Ven», un horrible sonido retumbaba en el oído de la chica. Como un cuerpo arrastrado sobre sedimento de río.
Miró hacia el coche abierto. El interior se estaba empapando.
La lluvia se acumulaba en el compartimento.
Mark estaba tan quieto en el lado del conductor que una chispa de preocupación cruzó los rasgos de Bentley.
La chica extendió la mano y giró su rostro hacia ella para obligarlo a concentrarse.
A seguirla. Su mirada volvió a caer en la inconsciencia.
Se apoyó en el soporte que le ofrecía y dejó que le guiara.