32
—Está aquí —dijo Bentley.
—Calla. —Mark barrió la carretera con la mirada.
No vio nada más que el pequeño radio de luz que abrían las cuchilladas blancas de sus faros y los árboles agitados por el clima.
Aceleró sobre un bache y todo el coche se levantó y flotó por un momento, antes de volver a tocar el suelo.
El chasis vibró. No redujo la velocidad.
Mark no podía llegar lo suficientemente rápido a la casa de los Han.
Tenía esta idea salvaje e improbable de que llegar allí significaría estar a salvo.
Bentley no le ayudaba a calmar los nervios con la forma en que su respiración se entrecortó al decir:
—Está aquí. La he visto. —Su rostro se volvió marfil pálido.
—Bentley, ¿puedes calmarte de una vez? Me estás asustando —exclamó Mark antes de volver la atención hacia la carretera vacía.
Y entonces lo vio también. A través del parabrisas, algo blanco apareció en la oscuridad.
Era una mano, suspendida en el aire, como flotando sin cuerpo.
Apartó la agitación vertical de la lluvia, como si fuera un telón, y algo pálido y alargado asomó detrás de la cortina imposible.
Un rostro lo miró con ojos como manchas de tinta antes de que la mano se apartara y la distorsión del agua cayera.
La cara de la chica desapareció detrás de la lluvia.
Mark maldijo mientras giraba para evitar el lugar donde acababa de estar el rostro y, antes de entender lo que había pasado, perdió el control.
El chirrido de los neumáticos llenó la noche.
El pecho se proyectó contra el cinturón de seguridad con una fuerza dolorosa, y fue zarandeado hacia un lado.
Una franja roja le cruzó la visión. Todos los pensamientos quedaron evacuados.
El sonido del metal retorciéndose le llenó los oídos cuando el coche se estrelló contra un árbol.
El airbag se desplegó y le golpeó en el rostro con tanta fuerza que su visión estalló en fosfenos de luz.
Las agujas de pino llovieron sobre el parabrisas y, tan rápido como empezó, terminó.
La noche se asentó sobre el coche siseante y todo lo que Mark podía oír era el sonido de su propia respiración agitada y el golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas.
Un calor le recorría el lado izquierdo del rostro.
Le resultaba extraño moverse, le costaba, como si los músculos se le hubieran endurecido tanto ante el impacto que se hubieran quedado bloqueados.
Giró la cabeza para mirar su ventanilla y vio que el cristal estaba manchado de sangre.
Era una herida que debía doler, pero aún no lo hacía.
Más apremiantes eran el mareo, las náuseas agudas y el sabor a hierro en la boca.
En el asiento del pasajero, Bentley estaba milagrosamente ileso, pero atónito, y miraba más allá del parabrisas aplastado con ojos de presa.
Mark quería preguntarle si estaba bien, pero la lengua le fallaba.
Le costaba hablar. Sus pensamientos eran pegajosos y fragmentados.
La adrenalina que se le escapaba rápidamente del cuerpo lo dejaba exhausto y desolado.
Veía todo doble: dos volantes, dos lunas, dos Bentleys, formas fantasmales flotando paralelas entre sí.
«Esto no es bueno». Un fragmento de oscuridad se agrupó hasta tomar la forma de una chica detrás de la ventanilla del lado del pasajero. La silueta de una mano pequeña se presionaba contra el cristal y, como un sonámbulo, Bentley extendió la suya y la puso encima. Estaba sollozando.
«Esto no es bueno», insistió la mente de Mark, antes de que un silencio rugiente se precipitara sobre él.
El coche silbaba en la oscuridad con el capó arrugado, como papel, contra el tronco del pino con el que había chocado.
La chica y Bentley se miraban, separados solo por una delgada barrera de cristal.
Las líneas de la palma del chico dejaron su impresión en la ventanilla empañada: la línea de la vida, la de la familia, ambas tan cortas, tan torcidas.
Sus manos eran solitarias, estaban condenadas.
—Sal —dijo ella, y la lluvia le hizo eco.
«Sal. Sal». Impelido, abrió la puerta. Retrocedió un poco mientras él obedecía.
El coche retumbaba en la interminable humedad, los faros encendían la lluvia en agitaciones blancas.
Dijo su nombre. Ella no lo identificó, pero el tono de su voz al decirlo la afectó.
Calor, culpa y deseo. La hizo sentir hambre.
Ella le puso una mano en el brazo y sintió el pulso de la sangre bajo la piel corriendo por las cámaras del corazón.
Tuvo una visión de los dos esperando a que pasara la lluvia bajo el alero de un cobertizo, seguida de un cúmulo de otros recuerdos.
Llamadas telefónicas mantenidas en secreto una vez que su hermana se había dormido, y noches despegando animales de la carretera juntos, todo por sus intentos de escuchar la voz de su madre.
Pero aún no había terminado. Vio su última discusión, en el puente del tren al que tantas veces se habían escapado para estar a solas.
—¡Lo sabías! —había dicho ella—. Todo este tiempo, has sabido esto.
A lo que Bentley solo había respondido:
—Sí.
—Tienes que contar lo de tu padre y ese maldito policía —susurró ella, con el rostro enrojecido por el alcohol y la rabia.
—¿Y eso en qué situación me dejaría, Mirae? Al menos tú tienes a uno de tus padres vivo. Sin mi padre, no tengo a nadie.
—¡Solo tengo a uno de mis padres vivo porque el tuyo dejó morir al otro!
—gritó ella—. Y, todo este tiempo, lo sabías.
¿Acaso te estás riendo de mí? —Cuando él no respondió, ella le dio un manotazo en el pecho.
Él se tambaleó—. Bien, lo haré yo misma.
—Se giró para irse. El río rugía fuerte bajo ellos.
—Nadie te creerá. Mi padre tiene al departamento de policía envuelto en dinero —dijo Bentley con amargura. Cuando ella no se giró, la agarró del hombro y la hizo volverse.
Lo que pasó después fue un accidente. Ella intentó zafarse de su agarre; le empujó el pecho para separarse, pero su propia fuerza la impulsó hacia atrás.
Tropezó y no pudo sostenerse. Cayó al río.
El agua la atrapó antes de que Bentley terminara sus últimas palabras para ella, que, ahora, supo al fin: «Mirae, por favor». Ella ni siquiera gritó.
Lo vio sollozar en la parte trasera del coche patrulla de Silas, suplicándole que la buscara, «llama a un equipo de rescate, por favor, por favor», mientras lo llevaban a la entrada de la propiedad Porter.
—Estaba equivocado en aquel momento —dijo Bentley, con voz vacía, en el presente—. Pensé que mi padre era todo lo que tenía, pero no era cierto. Te tenía a ti, ¿no?
Y entonces hizo algo que ella no se esperaba. La tocó. Con los ojos aún aturdidos, le puso una mano en el lateral de la garganta, donde le latiría el pulso, si aún lo tuviera, antes de inclinarse y rozarle los labios con los suyos.
Él sabía a sal y en esa sal familiar habitaba otro de sus recuerdos, que se hundía en ella y se expandía para envolverlos a ambos.
De repente, era verano y los vio otra vez. En una de las calas remotas donde Bentley y ella solían preparar sus improvisadas piras funerarias. Él gruñía sosteniendo una bolsa de brasas con las que fue llenando un barril metálico antes de rociar el interior con un eliminador de tocones.
—Está listo —llamó y encendió un fósforo mientras ella se acercaba.
Podía sentirlo contemplándola, admirando cómo las llamas le proyectaban sombras danzantes sobre el rostro.
Ahora entendió que él la encontraba hermosa.
Ella sostenía un cuerpo dentro de una bolsa de cierre hermético.
Esta vez no era un animal atropellado, sino un gorrión que había chocado contra la ventana de su habitación.
Una pata, la había guardado para enterrar.
Pero eso sería después. Primero tenían que quemar el resto del ave.
—La pira funeraria es toda tuya —dijo Bentley haciendo un gesto grandilocuente hacia el barril en llamas, y la chica se vio a sí misma avanzar y tirar el ave al fuego sin ceremonias.
Observaron las plumas que empezaban a arder, en silencio.
Detrás de ellos, la marea rompía sobre la playa de guijarros y luego se retiraba hacia la luna.
En esa calma, observó a Bentley deliberar sobre algo, antes de que finalmente dijera, casi con timidez:
—Huele mal.
No olía mal, exactamente. La chica se rascó la nariz.
—Huele a morirse —replicó ella, aunque no lo sabía aún, no se había muerto todavía.
Luego Bentley reunió finalmente el valor para decir lo que realmente quería. Su mano se cerró con fuerza, después se relajó.
—¿De verdad tienes que llegar tan lejos?
—Haría cualquier cosa por una oportunidad de escuchar su voz —dijo ella mientras se calentaba junto a la llama.
No esperaba que Bentley supiera lo que era ser el pilar emocional de una familia.
Ella tenía miedo de que, si mostraba su vulnerabilidad a su padre o a Soojin, los asustaría.
Solo en los momentos robados, cuando enterraba huesos mientras la voz de su madre pasaba como el viento entre su pelo, se sentía como lo que era, una chica.
Cansada hasta la médula y sobrecargada de responsabilidad, pero una niña, al fin y al cabo.
—No tienes que entender —dijo, con más aspereza de la que había pretendido.
El final de su frase resonó en la cala. Por su parte, él no parecía sorprendido por su tono y fue entonces cuando ella se dio cuenta de lo a menudo que estallaba con él, algo que rara vez hacía con nadie más.
¿Cuándo se había convertido este chico en el único pararrayos de su temperamento?
El silencio creció entre ellos antes de que él murmurara en voz baja: