El río sabe tu nombre 31
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Mark encontró a Bentley Porter tambaleándose por el arcén, aunque no lo reconoció de inmediato.

Todo el cuidado meticuloso que Bentley solía poner en su aspecto había desaparecido.

Llevaba solo una camiseta fina de dormir y un pantalón de chándal.

Sin zapatos. Su rostro pálido, iluminado por los faros, tenía un aire tan aturdido que Mark redujo la velocidad hasta casi detenerse.

No le caía bien. Pero al fijarse mejor, el pelo chorreando, los ojos de muñeco, Mark no pudo evitar bajar la ventanilla y soltar:

—Tío, ¿qué coño te ha pasado?

Bentley no registró su presencia hasta que Mark se inclinó más hacia la ventanilla del copiloto y gritó «¡Porter!» con más fuerza de la necesaria. Bentley se estremeció, frotándose las manos tan asustado que a Mark se le disipó de golpe la antipatía de años.

—¿Estás bien? —preguntó con más suavidad.

Una pregunta estúpida. Estaba claro que no.

Los ojos del chico saltaban de un lado a otro en la oscuridad, como si temiera que alguien fuera a atacarle.

Si había alguien a quien atacar en aquel adormilado pueblo turístico lleno de trabajadores precarios que apenas sobrevivían de temporada en temporada, ese era Bentley. Mark desbloqueó la puerta del copiloto.

—Sube. Te llevo.

Bentley abrió la puerta, pero dudó y miró por encima del hombro. No había nada que ver más allá de la lluvia.

—Súbete, gilipollas, que está entrando el agua —soltó Mark, aun sabiendo de sobra que se iba a mojar igual en cuanto Bentley dejara caer dentro su cuerpo empapado. El chico reaccionó por fin, se deslizó en el asiento y cerró la puerta tras de sí.

Reanudaron la marcha, avanzando despacio por las carreteras mojadas. Mark miró de reojo a Bentley, que estaba calado y tiritando, y puso la calefacción al máximo antes de bajar el volumen de la radio.

—¿Qué ha pasado?

Bentley tomó una botella de agua vacía del portavasos y empezó a juguetear con ella. A Mark le ponía de los nervios y deseó que parase.

—He caminado dormido —dijo Bentley tras un largo silencio.

—¿Hasta aquí? Eso sí que es un sueño profundo.

—No. Cuando me desperté, estaba en el jardín.

Estaba bajo la lluvia y sentí que tenía que marcharme, así que lo hice.

—Cada sonido parecía amplificado, el tictac constante del intermitente, el chirrido furioso de los limpiaparabrisas contra el cristal—.

Creo que ella vino a verme en sueños. El interior de mi casa estaba todo empapado.

«Ella». La palabra golpeó en la cabeza de Mark con el peso de lo físico. «Ella». Los Silas y su casa, anegada un instante y, al siguiente, intacta. La rata muerta que él había pulverizado y dejado al viento. Desollada.

Se hizo a un lado y detuvo el coche.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Mark, con un nudo de miedo en el estómago, porque en el fondo ya lo sabía.

Bentley estrujó la botella vacía de agua.

El chasquido hizo que Mark pisara de más el pedal y el motor rugió.

Un coche pasó por la carretera, bañándolos a los dos en una luz blanca cegadora.

Cuando las luces se alejaron y la sombra volvió a cubrirlos, el rostro de Bentley era pura miseria.

—Mark, ¿tú crees en fantasmas? —preguntó—. ¿Cuánto sabes en realidad de las hermanas Han?

Cuando Mark la llamó, Soojin estaba bajando a hurtadillas la escalera.

Ella y su padre habían pasado varias horas buscando a su hermana, y él se había desplomado de agotamiento en el sofá.

Su plan era colarse en su habitación y recuperar la llave de su propio coche para seguir la búsqueda sola, pero el móvil empezó a sonar alegremente en el bolsillo.

Maldijo corriendo de nuevo a la seguridad de su cuarto antes de que el sonido despertara a su padre.

Cerró la puerta tras de sí mientras veía el nombre de Mark brillar en la pantalla. No hablaban desde su discusión en los campos de muhly , aunque había estado pensando en llamarlo para decirle que tenía razón. Pero, como siempre, él se le había adelantado en tender la rama de olivo.

Al descolgar, sin embargo, y por primera vez que ella recordase, él le habló por encima, sin perder tiempo en cortesías.

—¿Estás en casa? —preguntó. Soojin oyó los clics de un intermitente y luego un silencio. Parecía que conducía a toda velocidad.

—¿Sí?

—¿Has encontrado a Mirae?

Solo escuchar el nombre le provocó una punzada dolorosa.

Miró hacia la jaula vacía de la rata, en el rincón, que ni ella ni su padre se habían atrevido a desmontar.

Aún había salpicaduras mates en el papel pintado de al lado.

Se preguntó qué habría hecho Mark con las cenizas de Milkis que ella nunca había ido a recoger.

—No —dijo.

—Escucha, Soo. Voy hacia tu casa ahora mismo con Bentley. Tiene algo que… —Unos murmullos furiosos en el otro extremo, algún forcejeo físico. Y entonces otra voz atravesó el zumbido.

—Soojin. —Era la voz de Bentley.

Se quedó tan sorprendida de que estuvieran juntos que lo único que consiguió decir fue:

—¿Qué quieres?

—Quiero encontrar a tu hermana —respondió.

Las palabras no significaron nada durante un largo rato, pero cuando le calaron, se levantó tan apresurada que se golpeó la rodilla contra la cómoda. Cuando el dolor remitió lo suficiente para poder pensar, siseó al auricular:

—¿Qué?

—Sé que has resucitado a tu hermana —dijo él—. Sé cómo lo hiciste. Y quiero ayudarte a encontrarla.

—No entiendo —dijo ella—. ¿Cómo? ¿Cómo lo sabes?

Y entonces se lo contó. La historia entre sus padres, su amistad. La resurrección que su madre se había negado a conceder cuando Bentley y su padre se mudaron a Jade Acre, ocho años atrás. Un año después, la madre de Soojin estaba muerta.

—¿Tu…? —Le daba miedo preguntarlo—. ¿Tu padre mató a mi madre?

Hubo un largo silencio al otro lado. El corazón de Soojin latía tan fuerte que le dolía. Se llevó la mano al pecho. Una respiración larga y, por fin, Bentley empezó a hablar:

—No sé si era esa su intención. Pero se pelearon.

Tu madre se subió al coche para irse a casa a toda velocidad y mi padre la persiguió.

Ella perdió el control y el coche cayó al barranco.

Pero, Soojin…, la noche del accidente, Silas apareció y yo los escuché.

—Ella le oyó tragar saliva con fuerza. Mark estaba completamente callado, de fondo—.

Después de caer, tu madre aún estaba viva.

Logró abrir la puerta y gritó pidiendo ayuda, pero cuando Silas llegó al lugar e intentó comunicarlo por radio, mi padre no le permitió llamar a una ambulancia.

Lo sobornó y se fueron; la dejaron allí. Lo siento.

Unas manchas negras le surgieron en la visión.

Escuchó el sonido fantasmal de alguien pidiendo ayuda, pero había crujidos y zumbidos, como si se escuchara por la radio de un policía.

Pensó en el coche boca arriba en ese barranco, con su madre todavía consciente dentro.

La ira, blanca y abrasadora, le emborronó la visión.

—Mirae lo sabía.

—Sí. Lo escuchó mientras resucitaba algo, tu madre suplicándole que dejara en paz a vuestra familia.

—¿Qué era mi hermana para ti? —preguntó ella. Todos sus recuerdos de Bentley eran malos, llenos de un desprecio latente. Un resentimiento que Mirae nunca pareció compartir del todo.

—Era una amiga, supongo. Una amiga secreta, para que tú no lo supieras —dijo él, con voz muy lejana.

—¿Y luego? —insistió ella.

—Y luego se enteró. La evité todo el tiempo que pude, pero, al final, simplemente…

ya no quería seguir escondiéndome. Pensé que le debía algo más que eso.

La noche de la fiesta en la casa, le envié un mensaje para quedar en el puente del terraplén.

Sé que les dijo a sus amigas que se iba andando a casa, pero no lo hizo.

Fue en otra dirección. Vino a encontrarse conmigo.

—Hubo una pausa larga y pesada, como si sus palabras lo lastimaran.

Cuando volvió a hablar, le temblaba la voz—.

Quería que le contara la verdad sobre mi padre y el jefe de policía.

Discutimos y entonces… —Parecía que estaba llorando ahora—. Joder. ¡Lo siento tanto!

El puente del tren. Al que Mirae hizo que su padre la llevara cuando la encontraron quemándose en la cabaña.

Así que allí fue donde había muerto. El pensamiento hizo que Soojin se sintiera como si cayera en picado.

El puente estaba construido sobre un barranco.

Una caída desde esa altura… No era de extrañar que su espalda estuviera tan magullada cuando finalmente la encontraron.

¿Qué pasó por su mente en esos breves segundos previos a golpear el río?

¿Pensó algo, o su mente se borró mientras la velocidad aumentaba, como última misericordia del cuerpo antes de que el río la arrastrara?

—Yo quería…, joder…, te lo juro, Soojin, habría ido tras ella, pero ya se había ido.

Todo pasó muy rápido. Así que corrí hacia el pueblo.

El primer coche que vi, me lancé frente a él y lo detuve.

Era el jefe Silas. Cuando le conté lo que acababa de pasar, pensé que iniciaría una búsqueda, pero me llevó a casa con mi padre.

Hablaron sobre borrar mi teléfono. Me pidieron que no dijera nada.

—Un largo silencio. Zumbidos—. Así que no lo hice.

Hubo un extraño sollozo húmedo al otro lado de la línea. Una forma de llorar que sonaba casi como una hiperventilación. Decía «lo siento» y «yo no quería». A Soojin no le importó.

Siempre había creído que su hermana y su madre habían muerto de manera prosaica.

Un ahogamiento, un accidente de coche en un camino secundario…

, pero habían muerto de una manera aún más común.

Habían muerto a manos de hombres. Su madre, por negarse a uno.

Su hermana, por intentar hacer que otro respondiera.

No podía respirar. Imaginó la cara de Bentley y lo que sentiría aplastándola con los pies, hundiéndola en el suelo.

El deseo de venganza era tan seductor y animal…

No era de extrañar que Mirae hubiera ido a buscar la suya.

—Dios mío, mi hermana —jadeó. Su hermana, que había matado. Su hermana, solo parcialmente ella misma y despojada de su nombre. Su rencor era todo lo que quedaba de ella ahora. ¿Qué había hecho Soojin?

La voz de Mark volvió al teléfono después de la estática aplastante.

—Soojin, voy a por ti. Buscaremos a Mirae juntos, ¿de acuerdo?

Afuera, la lluvia constante se convirtió en un aguacero.

Soojin no podía colgar. Se arrastró hasta la ventana.

Más allá de ella, todo estaba velado por la lluvia que surcaba el cristal con regueros brutales mientras ella esperaba los faros de Mark.

Los dos chicos seguían hablando, aunque la recepción solo le daba fragmentos y sumergía el resto en un zumbido bajo.

—Mira —murmuró Bentley a través del crujido y chisporroteo de la estática.

—¿Qué…? —La voz de Mark, cubierta por ruido blanco, y luego más baja: —Maldición.

—Está aquí —dijo Bentley. Eso fue lo último que Soojin oyó antes de que un chirrido metálico le llenara el oído, tan agudo y penetrante que sonaba como un grito. Y luego no escuchó nada.