30
La chica apartó la cortina de lluvia y entró.
Una oscuridad. El suelo se volvió incorpóreo bajo sus pies.
Oyó un zumbido de habla a baja frecuencia, incomprensible, como moscas en los oídos.
Y entonces emergió al otro lado. La lluvia la escupió en el ridículo jardín de los Porter, donde un mapache gordo estaba encaramado sobre las rocas de un estanque de carpas y devoraba lentamente un carísimo koi calicó que todavía se agitaba en las zarpas humanoides del animal.
Dirigió la atención a las amplias ventanas de la casa.
Bentley dormía en el piso superior. Podía oír su respiración inquieta y, cuando deseó que el agua se colara por una grieta en el yeso para formar una pupila húmeda en el techo de su habitación, pudo verlo también.
El agua se acumuló en la abertura y luego goteó sobre su frente.
El chico se estremeció por el frío brillante, pero no se despertó.
La gota le resbaló por la sien, trazando un arco plateado hasta el borde cerrado del ojo derecho.
Suspiró y las pestañas se agitaron en un sueño.
La gota se le deslizó por la rendija de los párpados, extendió las alas húmedas sobre la córnea y entonces la chica accedió.
Deseó que se levantara y él obedeció. Aún dormido, salió de la habitación y recorrió las arterias de pasillos blancos. Lo llevó como una marioneta a través del atrio hermosamente desnudo y de las paredes sin fotos, hasta donde ella esperaba en el umbral, lista para que la dejara entrar.
Los ojos de Bentley estaban vidriosos y no vieron cuando la puerta se abrió. Su camisa gris se oscureció de inmediato por la lluvia. No percibió su entrada. De momento, él había dejado de serle útil. Lo dejó inmóvil en el porche bajo la lluvia implacable y entró en la casa.
Christopher Porter estaba en su habitación, durmiendo más profundamente de lo que merecía. Al menos hasta que un fragmento de luz que entró con ella le impactó en el ojo. Gimió apartándose de la frente el pelo castaño claro.
—¿Bentley? —murmuró en la oscuridad.
—Está durmiendo.
La voz desconocida le provocó una alerta inmediata. Se incorporó buscando a tientas la lámpara.
—¿Quién está ahí? —llamó, autoritario incluso recién despertado. Su mano encontró el interruptor y un estallido de blanco llenó la habitación. Los ojos de Porter tardaron un momento en ajustarse, pero cuando finalmente enfocó la figura, no reaccionó de inmediato.
Una torpeza desorientada se reflejaba en sus rasgos.
—¿Sunny? —Exhaló, como si al instante estuviera convencido de que aún soñaba.
La boca de la chica se contrajo. Se escurrió la lluvia del pelo y avanzó hacia el círculo tembloroso de luz ámbar de la lámpara.
A su paso, se formaron charcos. No se molestó en contestarle.
Dejó que la viera. La incredulidad le hinchó las pupilas y eclipsó por completo los iris gris pizarra.
Reflejada en la perfección negra de aquellos ojos, la chica se vio sonriendo.
—No. Eres la hija —murmuró levantándose lentamente de la cama—. La ahogada.
—Sí —dijo ella, continuando su lento avance mientras él retrocedía hacia la cómoda donde cargaba el teléfono.
Y entonces él la sorprendió. Se rio. Una exhalación cruel y rápida.
—Parece, entonces, que tu madre era una mentirosa —dijo. Su voz estaba firme, pero el latido de su corazón sonaba fuerte en el oído de la chica, irregular y entrecortado.
Ella inclinó la cabeza, como si le implorara continuar. Sabía que estaba intentando ganar tiempo.
—Decía que el don nunca debía usarse para revivir personas. Que podría llevar a algo horrible. Pero mírate. Tan entera. Tan viva.
—¿Tan viva? —preguntó ella. Pensó en el jesa .
Cómo había gateado llorando mientras se embutía la fruta ceremonial en la boca, impulsada por la creencia animal de que, si lograba saciarse, también podría salvarse.
Cómo su padre se había desplomado en dolor renovado al verla.
El talismán con su nombre en el fuego, su cuerpo como cosa que debía ser quemada.
No estaba viva. Eso no les pasaba a los vivos.
Sobre ellos, la lluvia comenzó a caer con fuerza inusual.
Se quedaron paralizados, mirando el tragaluz, donde unas bolitas blancas se acumulaban en el cristal.
¿Granizo? No. Dientes. Imaginarios o no, llovían dientes.
Ella no supo por qué le pareció gracioso, pero se rio.
El vacío de la casa llevó lejos su voz, rápidamente.
La boca le supo a un borrón de limo de río y sangre.
Porter perdió la compostura. Se tambaleó hacia el teléfono y logró marcar el 911 antes de que ella acortara la distancia entre ambos.
Lo empujó con fuerza contra la cómoda y cayeron juntos al suelo provocando una lluvia de objetos desparramándose alrededor.
El teléfono. La cartera. Una foto de su esposa, la inconsciente catalizadora que los había llevado allí.
A ese pueblo rural y empapado. A ese momento. Al río del que nunca se iría.
—¿Cuál es su emergencia? —preguntó alguien desde el móvil que había caído a su lado.
Él se estremeció cuando ella le rodeó el cuello con las manos, casi con delicadeza, antes de presionar con fuerza aplastante.
Al principio, el shock fue tal que no hubo lucha y, para cuando el hombre comenzó a forcejear, ya había perdido demasiado tiempo.
Sus ojos estaban desorbitados por la incredulidad mientras se retorcía debajo de ella.
No hubo gritos. Apenas ruido, salvo el golpeteo frenético de los pies contra la pata de la cama y los sonidos estrangulados de una tráquea que colapsaba lentamente.
Las manos de ella se hundieron en el pilar de su garganta y formaron pequeñas depresiones alrededor de cada dedo.
Unos estuarios de venas sobresalieron en las sienes del hombre.
Era una violencia cometida en un silencio casi completo.
Su piel se volvió gris y arrugada bajo las manos de la chica.
«No lo siento», escuchó ella en su cabeza cuando comenzaba a hundir su conciencia en Porter. Sonaba como si fueran las voces de ambos. Cerró los ojos. Los recuerdos del hombre se abrieron ante ella mientras moría.
El operador del 911 intuyó una crisis en su falta de respuesta.
—Manténgase en línea. Quédese conmigo. La ayuda está en camino —lo tranquilizaron. No llegarían a tiempo.
La chica abrió los ojos a la oscuridad. En ese recuerdo era de noche y estaban en el paseo marítimo.
La luna derramaba un largo sendero tembloroso sobre el agua.
Christopher Porter estaba con su madre; los dos contemplaban el mar.
Pero la amistad fácil y despreocupada que habían compartido en recuerdos anteriores había desaparecido.
Ahora eran mayores. Mucho mayores, y estaban en medio de una feroz discusión susurrada.
Su madre estaba tal y como ella la recordaba siempre, con el pelo rozándole los omóplatos y las primeras arrugas insinuándose en las comisuras de los ojos. Así que no podía faltar mucho para el accidente de coche. Ni Sunny ni Christopher sonreían.
—Por última vez, no puedo —siseó Sunny dándose la vuelta para marcharse. Christopher le agarró el brazo y la obligó a enfrentarse a él.
—¿Por qué no?
Ella lo apartó de un empujón, con los ojos en llamas, como si lo desafiara a tocarla de nuevo.
—Que no puedo, ¿vale? No se juega así con las vidas.
—¿Por qué no? Llevamos años jugando con cosas muertas —dijo Christopher gesticulando con vehemencia hacia el suelo al recordar todos aquellos veranos en Jade Acre en los que se escapaban para enterrar cosas en el bosque.
—Animales, Chris. No personas.
—¿Qué diferencia hay? Todos tenemos huesos, joder. —Se le quebró la voz. La antigua efervescencia juvenil había desaparecido. Sacó un pañuelo del bolsillo. Sobre la tela descansaba una muela del juicio, blanco marfil. La alzó para que ella la viera.
El diente había sido arrancado hacía menos de un mes.
Después de que su mujer muriera por complicaciones cardíacas, medio enloquecido, había usado unos alicates para extraerle las piezas dentales.
La incineró en silencio, sin ceremonia, y se llevó a su hijo de nueve años a Jade Acre.
No había ido allí a escapar. Estaba obsesionado con una figura de su pasado lejano.
Una chica que veía en los veranos en aquel adormilado pueblo costero en el que a sus padres tanto les gustaba veranear.
Una chica capaz de revertir la pérdida con sus manos milagrosas, dadoras de vida.
Había depositado todo su futuro en ella.
—Por favor, Sun. —Resultaba impactante oírlo suplicar—. No sabes lo que ha supuesto su muerte para mí. Pero tú eres la respuesta. Eres un milagro, ¿no? ¿No lo he dicho siempre? Puedes ayudarme. Sé que puedes.
Sunny pareció a punto de ceder mientras contemplaba sus oscuras imágenes reflejadas danzando en el agua. Aun así, negó con la cabeza.
—Lo siento.
—No te estoy pidiendo que lo hagas gratis, ¿sabes? —dijo Christopher, con un brillo de determinación en los ojos. Aquél era un método que él entendía—. ¿Cuánto quieres?
—No quiero tu dinero.
—Pero lo necesitas. Sé que lo necesitas. Tu pequeña pensión no puede ir bien con tanta construcción nueva.
—Gracias a tus agresivos negocios —murmuró ella antes de quedarse quieta—. Lo has hecho a propósito. Estás intentando acorralarme.
—La que se está acorralando eres tú, Sunny.
—Esto no es un juego, ¿no te das cuenta? Estamos hablando de una vida humana. ¿Cómo sabes que no la estarías condenando a algo peor, Chris? —preguntó Sunny.
—Si ocurre eso, no será problema tuyo. Tendrás un cheque lo bastante grande como para pagar la universidad de tus dos hijas, y tu papel habrá terminado. No tienes nada que perder.
—Estás loco.
—¿Es una locura querer recuperar mi vida? —preguntó Christopher. Su entereza se resquebrajó por fin. Una lágrima involuntaria le recorrió la cara en un surco cálido. La secó con rabia—. Tú y yo éramos amigos.
—Ojalá pudiera ayudarte. De verdad. —El tono de su madre no dejaba lugar a réplica.
Christopher la conocía lo bastante bien como para entender que esa batalla en particular estaba perdida.
El cambio en su expresión fue inmediato.
El rostro, vibrante, un instante antes, de desesperación y ruegos, se heló en una frialdad clínica.
Un silencio largo creció entre ellos, roto solo por el susurro del mar arrastrado de un lado a otro por las mareas. Al fin habló:
—Ese es el problema. Podrías, pero no quieres —dijo. Su voz rezumaba veneno y un dolor mal encauzado que se convertía en algo más feo—. Resucitarías a un animal atropellado, pero no a la persona que necesito. Animales. Jodidos pájaros sarnosos. ¿Vale ella menos que eso?
—Me voy. Lo siento —dijo Sunny alejándose del paseo marítimo, con el brazo en alto como para protegerse. Pero Christopher no se lanzó a por ella. Se irguió. La locura que un instante antes le ardía en los ojos había desaparecido, aplastada.
—Las cosas van a ponerse peor para tu familia, ¿sabes?
—dijo con calma. Una amenaza que no necesitaba más explicación.
Pasó los meses siguientes devorando las costas vírgenes con hoteles de diseño que asfixiaban su negocio familiar con la esperanza de que ella cediera.
Como un espectro, la persiguió hasta el día en que se precipitó por el barranco y, como castigo, decidió no salvarla.
El recuerdo tembló, fundiéndose poco a poco con el presente.
El paseo y el agua negra y brillante se disolvieron.
Solo quedaron la habitación, las paredes desnudas y la respiración de la chica, entrecortada y furiosa.
Allí estaba Christopher Porter, mirando fijamente al tragaluz, donde los dientes que llovían con tanta furia habían desaparecido.
Con los ojos abiertos de par en par, sin ver nada.
Los servicios de emergencia fueron sorprendentemente rápidos.
En menos de veinte minutos, la fastuosa finca de los Porter se iluminó con coches patrulla y ambulancias.
Fue un reconocimiento silencioso. Sin sirenas, sin luces girando sobre la escena, porque era evidente para todos: allí no había nadie a quien salvar.
Aunque la puerta principal estaba abierta de par en par y oscilaba, no se veían señales de que hubieran forzado la cerradura.
Un rastro de huellas húmedas marcaba el camino desde el vestíbulo hasta el dormitorio principal, donde las mantas colgaban de la cama.
El móvil desde el que se había llamado al 112 apareció en el suelo, junto a una cómoda, aunque quien llamó estaba en otro lugar.
Encontraron a Christopher Porter muerto en el estanque ornamental del jardín, sumergido en agua estancada.
La hierba marina y la cola de caballo que antes crecían exuberantes se habían ennegrecido.
Un único loto blanco que flotaba en el cuenco de sus hojas era la única planta que había sobrevivido a lo que fuera que hubiese sucedido en esas aguas.
Una carpa koi había sido devorada y solo quedaba la cabeza, la espina y un destello de escamas doradas.
Flotaban y se aferraban como motas de luz al pelo del hombre muerto.
Los peces que habían sobrevivido picoteaban ambos cadáveres con bocas curiosas.
El asesinato era, al mismo tiempo, evidente e inexplicable.
Lo evidente: Porter había sido estrangulado hasta que la tráquea colapsó.
Lo inexplicable: el anillo de marcas de dedos que ceñía su cuello se estaba descomponiendo rápidamente.
No tenía sentido. El cuerpo estaba fresco, muerto hacía menos de una hora.
Y, sin embargo, como si el agua hubiera acelerado la podredumbre, esa zona aislada se corrompía y apestaba tanto a carroña que un enjambre de tábanos se arremolinaba en torno a su cuello como una corbata negra y aceitosa.
Y el hijo adolescente no aparecía por ninguna parte. Lo había dejado todo atrás, el móvil, la cartera, la llave del coche. Los equipos de emergencia lanzaron una alerta para dar con él antes de volver a centrar su atención en el cadáver.